Alergia a la leche e intolerancia a la lactosa: no es lo mismo

Dr. Luis Castrillo
Nutricionista en el Centro Médico Quirónsalud Tres Cantos y en el Centro Médico Quirónsalud Valdebebas
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En consulta es habitual que se confundan dos condiciones distintas: la alergia a la leche y la intolerancia a la lactosa. Aunque ambas pueden provocar molestias tras consumir productos lácteos, tienen causas, síntomas y tratamientos muy diferentes. Esta confusión puede llevar a diagnósticos erróneos o a restricciones alimentarias innecesarias, con el consiguiente impacto en la calidad de vida y en la nutrición del paciente.
Alergia a la leche: una respuesta inmunológica
La alergia a la leche es una reacción del sistema inmunitario frente a determinadas proteínas presentes en la leche, como la caseína y la alfa-lactoalbúmina. El organismo las identifica erróneamente como agentes peligrosos y responde con una liberación de histamina y otras sustancias inflamatorias que generan diversos síntomas.
Estos síntomas pueden variar en intensidad y aparecer de forma inmediata o unas horas después de la ingesta. Los más frecuentes son: urticaria, eccema, vómitos, diarrea, congestión nasal, tos o incluso dificultad para respirar. En casos más graves, puede producirse una anafilaxia, una reacción sistémica que requiere atención médica urgente.
Esta alergia es más común durante la infancia y, en muchos casos, se supera con el tiempo. Sin embargo, no siempre desaparece, y algunas personas deben mantener la eliminación de la leche durante toda su vida (se considera factor de riesgo si los síntomas persisten a los 5 años de edad). El tratamiento principal consiste en una dieta estricta sin leche ni derivados, y es fundamental aprender a identificar posibles trazas de leche en alimentos procesados, medicamentos y otros productos.
Además, quienes han presentado reacciones graves deben llevar consigo un autoinyector de adrenalina como medida de seguridad ante posibles exposiciones accidentales.
Intolerancia a la lactosa: una cuestión enzimática
La intolerancia a la lactosa, por su parte, no es una alergia, sino una alteración en el proceso digestivo. Se produce cuando el cuerpo no fabrica suficiente cantidad de lactasa, la enzima encargada de descomponer la lactosa, que es el azúcar natural de la leche, en dos moléculas simples y más sencillas de absorber (glucosa y galactosa).
Cuando la lactosa no se digiere correctamente en el intestino delgado, pasa al colon, donde las bacterias intestinales la fermentan, generando gases, hinchazón, dolor abdominal, diarrea y, en algunos casos, náuseas o sensación de malestar general. A diferencia de la alergia, los síntomas suelen limitarse al aparato digestivo y no representan un riesgo vital.
La intolerancia puede ser primaria (es decir, hereditaria y progresiva con la edad), secundaria (tras infecciones intestinales, enfermedades que dañan la mucosa intestinal como la celiaquía y la enfermedad de Crohn o por tratamientos farmacológicos) o congénita (muy poco común). Afortunadamente, muchas personas con intolerancia pueden seguir consumiendo ciertos productos lácteos, como yogures, quesos curados o leche sin lactosa, sin experimentar síntomas. En el caso de los yogures y los quesos, es debido a que las bacterias durante el proceso de fermentación reducen el contenido de lactosa para generar el característico sabor ácido de estos alimentos.
Cómo diferenciarlas y por qué es importante
Aunque ambas condiciones se manifiestan tras la ingesta de productos lácteos, las diferencias son fundamentales. La alergia a la leche implica una respuesta del sistema inmunológico, mientras que la intolerancia a la lactosa es un problema digestivo. Esto no solo cambia el enfoque del tratamiento, sino también el nivel de precaución necesario.
Un diagnóstico acertado requiere una evaluación profesional. Para la alergia se emplean pruebas cutáneas, análisis de inmunoglobulina E (IgE) específica y, en algunos casos, pruebas de provocación controlada. En el caso de la intolerancia, las herramientas más utilizadas son el test del hidrógeno espirado, la prueba de tolerancia a la lactosa o, en ciertos casos, un análisis genético.
Identificar bien el problema permite diseñar una estrategia nutricional adecuada, que evite deficiencias innecesarias (especialmente de calcio y vitamina D) y, al mismo tiempo, minimice el riesgo de reacciones. En ambos casos, el acompañamiento de un nutricionista resulta clave para establecer una dieta equilibrada, segura y adaptada a las necesidades y estilo de vida del paciente.

