Fascinados por el espectáculo del espectáculo: de 'Hacks' a 'Superestar'
Lo que nos atrapa de estas series no es el brillo, ni siquiera el cinismo, sino la lucha de quienes creen que merece la pena subirse al escenario a sabiendas de que el público ya ha visto cómo se montan los focos.

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A comienzos de siglo, una mujer se subió al escenario y cantó No cambié mientras todo un país se preguntaba si aquello era un acto performativo, una provocación involuntaria o un simple accidente. Tamara —más tarde Ámbar, finalmente Yurena— protagonizó un momento fundacional de la cultura del zapeo y el escarnio, trascendiendo la anécdota televisiva para suscitar un síntoma colectivo. Más de dos décadas después, ha regresado con Superestar, una serie que plasma su leyenda con ironía, ternura y una lucidez inesperada. ¿Redención, parodia, ajuste de cuentas? Probablemente, todo a la vez. Lo que está claro es que seguimos fascinados tanto por el espectáculo como por el espectáculo del espectáculo.
Creada por Nacho Vigalondo, Superestar ofrece pocas respuestas, en parte porque inventa mucho de lo que cuenta, pero reabre preguntas incómodas. ¿Quién fue realmente Yurena? ¿Qué papel jugaron los medios, la industria y el público en su construcción y demolición? ¿Qué ocurre cuando una persona se adelanta al concepto del meme? La serie se mueve entre la comedia absurda, el melodrama camp y el retrato existencial, pero nunca olvida el material con el que trabaja: una figura pop convertida en chivo expiatorio y, luego, en símbolo de algo que no terminamos de comprender. Ella nos dio la oportunidad de burlarnos sin culpa. Y ahora, desde la ficción, rodeada de los suyos, nos devuelve la mirada.
Este gesto de reescritura no es nuevo. En la última década han proliferado las producciones que, no conformes con adentrarse en los bastidores del mundo del espectáculo, aspiran a desmontar sus mecanismos, exhibir sus costuras y evidenciar las contradicciones de la fábrica de ídolos. Mitificar y desmitificar al mismo tiempo. Veneno, la serie de los Javis, arriesgó mucho en este sentido: más que contar la vida de Cristina Ortiz, cuestionó cómo se había contado, qué imágenes habían primado y cuáles habían sido silenciadas. No era una simple biografía, sino una crítica al aparato mediático que convirtió a una mujer trans en icono a través del morbo, la risa y el desdén. Superestar recoge esa estela con un tono distinto, menos trágico, más disparatado. Pero la intención es similar: recuperar al sujeto que la sociedad convirtió en objeto.
Este creciente interés por la industria del entretenimiento como campo de batalla también ha generado joyas internacionales. En Hacks, la comedia de Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statsky, una monologuista veterana y una joven guionista cancelada luchan por reinventarse en un contexto que castiga la constancia y premia lo efímero. Aquí el humor no opera como evasión, sino como defensa: una forma de contener el daño emocional que produce ese ecosistema de inseguridad. La multipremiada serie disecciona con precisión quirúrgica los egos, las dinámicas de poder y las heridas mal cerradas de una profesión donde la autenticidad se reivindica sin llegar a ponerse en práctica.
Con The Studio, creada por Seth Rogen, Alex Gregory y Peter Huyck, y colmada de cameos estelares, nos adentramos en el corazón de un gran estudio de Hollywood que no sabe si apostar por el arte, la diversidad o lo que diga el algoritmo. La serie convierte la burocracia cultural en un teatro del absurdo: ejecutivos que no entienden los proyectos que aprueban, creativos que temen ofender a públicos que apenas conocen y discursos de inclusión que suenan a estrategia de marketing. Todo ello envuelto en un estilo contenido que, paradójicamente, acentúa el caos. Porque el desconcierto no nace de lo extraordinario, sino de lo burocrático.
Más cálida, aunque igual de incisiva, es la francesa Call My Agent!, con su agencia de talentos al borde del colapso. En la simpática serie de Fanny Herrero no importa tanto conseguir los papeles como lo que se revela durante el proceso: hasta dónde está dispuesto a llegar un intérprete para ser tomado en serio, qué concesiones hace un productor para no arriesgar demasiado y qué se negocia realmente con cada sonrisa fingida. Las estrellas se interpretan a sí mismas en un juego de espejos entre el cinismo y la ternura que desmonta la idea de naturalidad en el panorama audiovisual. La supervivencia es una constante actuación y la línea entre persona y personaje se difumina peligrosamente. En ese sentido, Call My Agent! es una sátira del espectáculo que nos recuerda que, detrás de la fama y los focos, todos hacen su papel para mantener el mundillo en marcha.
Lo que une estas ficciones, más allá del género o el tono, es una sospecha compartida: en la era de la exposición permanente, ya no existe una diferencia clara entre lo real y lo representado. Si queremos colarnos entre bambalinas, no es por desmitificar, sino por seguir alimentando el mito desde un nuevo ángulo. Sabemos que todo está producido, editado y coreografiado, pero seguimos a la espera de que la emoción se descontrole.
Ahí reside, precisamente, la fuerza de Superestar. Porque no solo nos cuenta la historia de una artista machacada por el sistema, sino que nos recuerda que dicho sistema funcionaba con nuestra complicidad. No bastaron los programas sensacionalistas, ni los presentadores zafios, ni los directivos cobardes: fuimos también nosotros, los que mirábamos. Los que reíamos. Los que comentábamos con sorna mientras cambiábamos de canal. Esta serie no intenta moralizar, pero sí incomodar. Y lo hace desde un dispositivo que, paradójicamente, es pura ficción. Porque a veces, la única forma de rozar la certeza es admitir que nunca hay una sola versión: como afirma uno de sus personajes, “para contestar a estas preguntas… tendremos que mentir”.
¿Y el espectador? El espectador ya no quiere ingenuidad. Sabe que lo que ve está elaborado, pero también intuye que, en ese artificio, se cuela algo genuino: una sensación, una duda, una incomodidad que el espectáculo no puede disimular del todo. En Hacks, las confesiones más duras llegan entre chistes; en Veneno, la honestidad brota justo cuando se abraza el exceso. Y, en Superestar, la reconstrucción imposible de una carrera revela más de una época que cualquier hemeroteca.
Pero esto no va de nostalgia, sino de nuestro presente saturado, donde todo se convierte en contenido, cada emoción es monetizable y cada caída tiene su clip viral. En un mundo en el que hasta lo íntimo se escenifica, el espectáculo del espectáculo ya no es solo un tema de guionistas ingeniosos, sino la materia prima de la vida pública. Quizá por eso la metaficción conecta tanto con el espectador: porque mira a la industria del entretenimiento y, de paso, nos mira a los ojos. No para absolvernos ni para juzgarnos, sino para recordarnos que, en el fondo, todos formamos parte de la función.
Al final, lo que nos atrapa de estas series no es el brillo, ni siquiera el cinismo, sino la lucha de quienes creen que merece la pena subirse al escenario, a sabiendas de que el público ya ha visto cómo se montan los focos. Lo que nos emociona no es la perfección del espectáculo, sino esa grieta por la que asoma, de vez en cuando, algo parecido a la verdad.

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