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Una íntima convicción Juzgar sin impartir justicia

Antoine Raimbault debuta con 'Una íntima convicción', un impactante thriller judicial inspirado en un caso real con el que provoca gran inquietud y la incredulidad de una sociedad que hasta ahora tenía una fe ciega en la justicia.

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Media: 5
Votos: 4

Olivier Gourmet, en una escena de la película

En el universo de las noticias falsas y los rumores intencionados, en este mundo infectado por la patología de la mentira, la justicia debiera tener la última, definitiva y veraz palabra. Pero la justicia hoy, al menos una parte de ella, sufre una alarmante disfunción. Es un trastorno que deja un rastro de falsos culpables, que arruina la presunción de inocencia, que nos condena a la incertidumbre y que intenta por todos los medios enterrar la verdad. Y ahí, la manipulación de la poderosísima opinión pública es la baza de oro.

De todo ello y, especialmente, de esas hondas certezas instaladas –a menudo tras campañas calumniosas en la prensa y al margen de la verdad- en cada individuo, habla el debutante Antoine Raimbault en Una íntima convicciónInspirada en el caso real de Jacques Viguier, esta película es uno de los mejores thrillers judiciales de los últimos años. En la realidad, la historia sacudió a toda Francia. En la ficción y en lo que ésta contiene de reflexión filosófica, recuerda a Europa que todavía no hemos superado el célebre caso Dreyfus.

La convicción sobre la razón 

Acusado del asesinato de su esposa en mayo de 2000, Jacques Viguier fue absuelto en un juicio en abril de 2009. El fiscal apeló (en Francia la fiscalía puede apelar una absolución para volver a comenzar un proceso). Un año después se celebró el juicio definitivo. Que los espectadores españoles ignoren la resolución de éste juega a favor de la tensión y el suspense, que los franceses la conozcan no le resta impacto a la película. Una íntima convicción es una obra sobre el poder de la convicción sobre la razón.

Protagonizada por el siempre efectivo y brillante Olivier Gourmet, en el papel del abogado Dupond-Moretti, que defendió a Viguier en el juicio en apelación que se celebró en Tarn, y por Marina Foïs, que interpreta al único personaje ficticio de esta historia, la ópera prima de Antoine Raimbault conmociona sin necesidad de elementos inventados. "La película respeta escrupulosamente lo que se dijo en las audiencias y en las escuchas telefónicas. En este sentido, no necesitamos inventar nada, todo es real –escribe el director en las notas de producción. A falta de pruebas, la verdad judicial se basó esencialmente en rumores y calumnias".

Una íntima convicción

Los desarreglos de la justicia francesa 

"El caso Viguier es un símbolo de los desarreglos de la justicia francesa", afirma el director y guionista, que trabajó los diálogos y la adaptación a ficción de los documentos del juicio junto a Isabelle Lazar. La única creación, la del personaje de Nora, es la herramienta que se ha permitido Raimbault para que su película se transforme en una pregunta crucial para el espectador. Mientras Dupond-Moretti lucha contra la injusticia en un proceso sostenido exclusivamente por la íntima convicción de un comisario de policía y una campaña de falsos rumores orquestada por el amante de la mujer desaparecida, Nora se obsesiona por la verdad y termina construyéndose su propia y profunda convicción.

"No les importa nada la verdad", se lamenta la mujer cuando el juicio está a punto de terminar. Aplastada por el asombro de que un tribunal de justicia ponga en peligro la libertad y dignidad de un hombre sin una sola prueba, alentado solo con calumnias y certezas, Nora transmite al espectador la incredulidad de una sociedad de la que se había conseguido, por encima de cualquier otra cosa, una fe ciega en la justicia.

No querer ser engañado 

El artículo 353 del Código de Procedimiento Penal de Francia dice: "La ley no exige que el jurado considere los medios por los cuales está convencido [...]. Exige que se cuestionen en silencio y en meditación y que busquen en la sinceridad de su conciencia qué impresión han causado en su razón las pruebas denunciadas contra los acusados y los medios de su defensa". "En resumen, descubro nuestro procedimiento inquisitorial, que exige a los jurados una convicción íntima, fórmula simétrica y opuesta a la duda razonable requerida en los países anglosajones", sentencia Antoine Raimbault.

La verdad es la gran víctima tras el chasco judicial. La decepción y desconfianza en la justicia es la inquietante consecuencia. Y la incomodísima pregunta que plantea el cineasta es la de cuántas de nuestras íntimas convicciones se sostendrían sobre la verdad. Aunque no fueron, como se ha dicho, palabras de Goebbels, el Gran Mentiroso de la Historia, la realidad del "miente, miente, repite una mentira hasta que se convierta en verdad" sigue ganando puntos. La clave hoy está, por supuesto, en no querer ser engañados. La verdad vence a todo, han dicho filósofos, escritores y pensadores a lo largo de la historia de la humanidad. Si no, miremos solo unos años atrás cuando José María Aznar llamó a directores de todos los medios de comunicación para informarles de que los salvajes atentados del 11-M en Madrid habían sido obra de ETA. Repetida y repetida la inmunda mentira por sus ministros, la verdad, terrible, les arrolló.