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Juan Luis Galiardo, un gran pecador

El actor, premiado con un Goya en 2000 por 'Adiós con el corazón', no sólo fue profundamente liberal en su vida pública, si no también en la privada

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Fue capaz de sobrevivir al landismo y a las depresiones, vivió ocho vidas en siete y no se le caían los anillos en escena por intercalar autores jóvenes entre sus versiones de Sófocles o Moliére. Juan Luis Galiardo seguía siendo un potro libre y salvaje a sus setenta y tantos, con una larga memoria personal que le llevaba desde el caserón familiar de San Roque, en Cádiz, donde el Ayuntamiento ha decretado tres días de luto oficial por el obito de su hijo predilecto, hasta Extremadura donde transcurrió su juventud y en donde comprobó que iba a tener de por vida una larga cuenta pendiente, casi freudiana, con su padre.

Tras abandonar sus estudios de Ingeniería y de Económicas y desembarcar en la heroica Escuela de Cine de Madrid, se convirtió en el galán de los sesenta, a través de versiones de célebres zarzuelas o de una larga hornada de títulos comerciales que le llevaron a plantearse seriamente no sólo su papel en los platós sino en la vida misma. La respuesta la encontró en México, donde rodaba telenovelas como churros, con guiones improvisados pero con la dignidad de un oficio que siempre supo desempeñar con la solvencia de un todoterreno y la alcurnia de un actor de cinco estrellas: 'También Luis Buñuel hizo folletines aquí. Lo que importa no es el género, sino lo que se cuente y como se cuente', solía reflexionar mucho antes de que llegase a interpretar al director de Calanda.

México, donde compartía comedor con el Indio Fernández y su enorme revólver, se convirtió en su camino de Damasco. A su regreso de allí, poco antes del ecuador de los ochenta, ya nada fue lo mismo, ni su vida ni sus actos. Y si durante la transición coqueteó con el centro-derecha liberal, las canas le aproximaron a la izquierda, sobre todo a raiz de un rodaje emblemático, el de El disputado voto del señor Cayo, de Antonio Giménez Rico sobre la novela homónima de Miguel Delibes. O, a partir de que dejase la llamada tercera vía del cine español, para convertirse en uno de los actores fetiche de José Luis García Sánchez y de Rafael Azcona, para su saga de Suspiros de España y Portugal, en la que compartió créditos con Juan Echanove. Hace justo un año, en las páginas de Público, reivindicaba la fuerza regeneradora del 15-M y se sumaba a las propuestas transformadoras de la democracia que asumía Escaños en Blanco. Pero no sólo fue profundamente liberal -sin el neo de los conservadores de hoy-, en su vida pública sino en la privada: su costumbre de bañarse desnudo le deparó que hace quince años un individuo le golpease por ello en la playa sanroqueña de Campamento.

Aunque visitó con frecuencia la televisión -a partir de su célebre interpretación de El Chepa, en la serie Turno de oficio-, o reinterpretó a los clásicos para la pequeña y la gran pantalla, como en El caballero don Quijote, de Manuel Gutiérrez Aragón, nunca dejó de pisar las tablas del teatro y, de esa guisa, hace apenas un mes y medio, antes del último asalto de su devastadora enfermedad, se prestaba a pasear a bordo de una furgoneta con megafonía anunciando la función de El avaro de Moliére, que él consideraba como 'la más apropiada para estos tiempos de capitalismo salvaje'.

Tras su fallecimiento, algunos de quienes les trataron de cerca quizá recuerden en horas como esta cuando, veinte años atrás, asistía a la recogida del Cristo de Medinaceli, en la Semana Santa de Algeciras. Instalado al borde del bordillo, las señoras de mantilla que formaban la penitencia de dicha cofradía, le reconocieron y le miraban constantemente, lo que motivó que en el silencio y en el recogimiento propio de dichas celebraciones, se escuchara tronar su voz de barítono al grito de: 'Si, soy yo, un gran pecador, recen por la salvación de mi alma'. Minutos después, las penitentas acudieron a pedirle autografos en las cartulinas de sus capirotes.