Público
Público

Manel: "Intentar parecernos a Rosalía sería caer en el ridículo"

El cuarteto catalán publica 'Per la bona gent', un disco de pop contemporáneo, plagado de 'samples' y con la mirada puesta en los ritmos urbanos. Un nuevo viraje para una banda esquiva y sugerente a partes iguales.   

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

De izquierda a derecha: Arnau Vallvé, Martí Maymó, Guillem Gisbert y Roger Padilla.- MIREIA GRAU

“¿Sabes qué está pasando en Madrid?”, pregunta Martí Maymó, bajista del cuarteto catalán Manel. Tirada un poco a bocajarro, la pregunta descoloca al periodista. La inminente sentencia del 1-O, la epidemia de cotorra argentina, el pulso del prior del Valle de los Caídos al Estado de derechoAlgo está pasando en Madrid, sin duda. Pero no, Maymó no va por ahí. Su interés se limita al porqué de la alta ocupación hotelera, situación que les ha complicado la reserva y les ha llevado a un hotel con escenas de caza real y moquetas raídas de cuando la momia en disputa aún vivía. “Es como de película de Garci”, remata Guillem Gisbert, cantante y principal compositor de la banda.

El contexto parece señalarles. Acaban de pergeñar su enésimo viraje –no les gusta el término volantazo– un disco en el que flirtean con los sonidos urbanos, algún que otro ramalazo latino y sintes de otro tiempo. El artefacto se llama Per la bona gent (Ceràmiques Guzmán, 2019) y la estrategia seguida no tiene mucho misterio: “Copiar cosas de sitios distintos, probarnos trajes de otros que a veces acaban encajando y otras mejor que no, pero nunca de gratis, siempre atendiendo a un interés, a una búsqueda”, apunta el cantante. “No es que nos ponga descolocar al personal, nos pone probar cosas distintas”, matiza Arnau Vallvé, batería.

Guillem Gisbert: "Hacer música debe ser como militar en el entusiasmo"

Quizá lo fácil habría sido revisitar hasta el desaliento aquel pop-folk costumbrista que les encumbró hace más de una década con Els millors professors europeus (Discmedi, 2008), pero aquello no fue más que la fórmula inicial. La mutación estaba en ciernes; de ahí pasaron a trastear con la electrónica y el tropicalismo sin perder un ápice de ambición literaria. Un periplo extenuante que rastrea lo contemporáneo y que, cuatro discos después, les ha convertido en una banda esquiva y sugerente a partes iguales. Ahora le hincan el diente a los sonidos urbanos e incluso se animan con sampleados varios y el autotune. “Es importante no caer en la rutina, mantener la ilusión, hacer música debe ser como militar en el entusiasmo”, confiesa Gisbert.

Pero lo cierto es que el entusiasmo flaquea cuando uno se aproxima audaz a la cuarentena, edad complicada proclive a las más variopintas (y desesperadas) reinvenciones; tales como adoptar un galgo y llamarle Otto, adquirir un descapotable de gama baja o coleccionar camisas con motivos florales. Síntomas inequívocos de lo que viene siendo un miedo atroz a la finitud del viaje. “Es innegable, esto está ahí, rondamos casi todos esa frontera, alguien que pretende reivindicar el entusiasmo es alguien que le ha visto las orejas al lobo y sabe que es un bien escaso”, prosigue el cantante.

Roger Padilla: "Pulp simboliza de dónde venimos y Rosalía el lugar en el que pescar cosas nuevas"

El riesgo ahora es no entregarse al turisteo generacional. Que ese viaje a los nuevos ritmos urbanos no comporte la vergüenza ajena. Con todo y eso, la línea es fina y transitarla entraña la posibilidad de lo grotesco. Yendo al grano; ¿no creen los Manel que rebozarse en cultura urbana con casi cuarenta palos es, de algún modo, como… “¿Como enrollarse con una chica 20 años más joven?”, ataja Roger Padilla, guitarrista. “¿Como cuando miras a tu alrededor en una fiesta y te das cuenta de que eres el más viejo?, remata Gisbert. Algo así. “El riesgo es cuando ese disfraz no te representa, lo importante es llevarlo tu terreno, hacerlo tuyo”.

Pues bien, parece que lo han conseguido. El disfraz funciona con la paradoja de que les mantiene reconocibles. Maria del Mar Bonet, Maria Cinta, Els Pets y Lluís Lach se pasean por el disco a modo de pequeños injertos. Un elenco con el que parecen barrer para casa pero que, en palabras del letrista, no es más que una cuestión de adecuación: “Se podría entender que estamos estableciendo una especie de canon, como si dijéramos esta es la gente que nos ha influenciado, pero más que eso, la elección responde a que son los sampleos que conseguimos que quedaran bien, aunque obviamente tenía sentido que fuera canción catalana”. 

Una reivindicación, la identitaria, que el cuarteto gestiona con recato, conscientes de cuál es su lugar: "Tocar fuera de Catalunya y ser tan bien recibidos es algo que vivimos con orgullo, pero ya está, tenemos muy claro a qué estamos legitimados, nosotros hacemos canciones, nuestro universo no es el de los opinadores, y esto es algo que afortunadamente ha acabado cuajando".

¿Más Rosalía y menos Pulp?

La disyuntiva les parece innecesaria. No tienen por qué elegir. “Pulp han formado parte de nuestra manera de entender lo que es una canción; Rosalía nos encanta, es una artistaza, pero somos conscientes que intentar parecernos a ella supondría caer en ese ridículo del que hablamos”, explica Gisbert. No descartan, en cambio, que en un futuro la catalana nutra su caladero creativo: “Digamos que Pulp simboliza de dónde venimos y Rosalía es más el lugar en el que nos gusta pescar cosas nuevas”, media Padilla.

En todo caso, que no tema la ortodoxia; el ADN Manel persiste, sobre todo en sus letras. Lo cotidiano y lo fantástico parecen echarse un baile en canciones como Formigues o Les restes; por no hablar de la voluntariosa euforia que transmite Boy Band o la ternura de Amb un ram de clamídies. Y así hasta Les estrelles, una conmovedora adaptación del Stars de Janis Ian que casi cierra el disco y que sin duda es una de sus gemas: “Habla de todo lo que implica este oficio, de lo que te da y te quita el escenario, de esa pulsión que te hace subir y de la necesidad del aplauso”.