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Memoria histórica Fallece en el olvido la escritora y superviviente del franquismo Elodia Zaragoza

De madre militante y republicana, nació en 1939 en una cárcel valenciana. Su madre consiguió escapar con ella en brazos para huir primero a Francia y luego a Túnez. En ambos países desarrolló una prolífica carrera como escritora, poeta y editora. 

La escritora Elodia Zaragoza, la primera desde la derecha, acompañada por dos familiares.
La escritora Elodia Zaragoza, la primera desde la derecha, acompañada por dos familiares. Familia Turki

PÚBLICO / EFE

La escritora, poeta y editora Elodia Zaragoza o Elodia Turki-Zaragoza (nombre de casada), de nacionalidad española, francesa y tunecina, falleció ayer en Túnez a los 81 años. Tras de sí deja una vida de película, completamente ignorada en España y contada en su libro autobiográfico "La chiqueta", apodo con el que llamaban a su madre, Amelia Jover. Amelia fue una militante anarquista, capturada en el puerto de Alicante por las tropas franquistas, que la encerraron en prisión estando en avanzado estado de gestación.

Allí dio a luz y consiguió huir disfrazada de enfermera con Elodia en brazos. Madre e hija cruzaron los Pirineos y en enero de 1940 llegaron a la playa de Argelés-sur-mer, en el sur de Francia, donde Amelia pudo averiguar que su marido, Antonio Zaragoza, oficial del ejército republicano, había conseguido escapar a Túnez con el único submarino que integraba la flota republicana que abandonó Cartagena el 6 de marzo de 1939.

Según cuenta Santiago Alba Rico en el obituario que ha publicado en su memoria, la historia de esos 4000 refugiados republicanos (entre los que se encontraba el padre de Elodia), que huyeron de Cartagena para atracar en el puerto tunecino de Bizerta, está enterrada en el olvido. Hasta 2018 no se descubrió un cementerio español alojado en la ciudad de Kasserine con tumbas fechadas entre 1940 y 1947 de españoles exiliados, muertos lejos de sus familias, que trabajaron en condiciones esclavas para el protectorado francés. Antonio Zaragoza tuvo más suerte que los hombres de aquellas tumbas, pues pudo rehacer su vida en Túnez con su mujer y con Elodia, pero no volvió nunca a la España que le vio partir.

Del desarraigo que sentía su familia hablaba así en una entrevista concedida a La Nación: "Cuando llegamos a Túnez nos llamaron españoles... Después de veintitrés años en Túnez nos enviaron a Francia, y allí nos llamaron tunecinos. Cuando venimos a España, ¡nos llaman franceses! Me pregunto lo que somos"

Una vida nómada

"En Túnez nos llamaron españoles y en Francia, tunecinos. Al llegar a España, ¡nos llaman franceses!"

Elodia creció en Túnez. Sobre la vida de sus padres en esos primeros años comentaba: "Eran como esos tubérculos de raíces aéreas que, contra toda lógica, solo se alimentan de aire y agua... ¡su patria permanente!"; ella, que de algún modo terminó siendo francesa, española y tunecina a la vez. Pero, también, "diferente en todas partes".

De su juventud recuerda sus tiempos como nadadora, "En los cincuenta fui campeona de todas las disciplinas de la natación en Túnez. Así conocí a mi marido, un día bañándonos en la playa de Hamam-Lif (al sur de la capital). Me vio y se enamoró", explicaba a EFE con una sonrisa, débil pero lúcida, que mantuvo hasta el final de sus días.

"Es normal, era guapa", decía después, recordando con modestia en aquellos años de vida en el protectorado francés en los que ganó igualmente un título de belleza y participó en 'salto de altura' en las Olimpiadas de Roma. El hombre que se enamoró de ella en el mismo mar que cruzó su padre para escapar de la barbarie, se apellidaba Turki. Poco después de conocerla se hizo diplomático y juntos recorrieron el mundo. Una vez instaurados en París, lugar donde Turki fue embajador, Elodia inició una prolífica carrera literaria

"Hay que amar la vida. A mi no me robaron la vida. A mis padres sí, y a los españoles también"

Durante años fue directora de la sección de poesía de la editorial librería y galería Racine de París. Su autobiografía la escribió en francés. Amante de los juegos de palabras (compuso un precioso lipograma titulado L'infini désir de l'ombre), mantenía un sentido del humor penetrante: la artitris le había deformado tanto las manos que apenas podía agarrar objetos -pero si teclear el ordenador con esfuerzo y pericia.

A sus nietos y a todo el que la iba a visitar le decía que se estaba transformando en pájaro. "He tenido una vida muy feliz, he sido afortunada" pese al exilio y la nostalgia del país en el que nació encerrada y al que sus padres no pudieron volver "libres y en democracia", argumentaba.

"Hay que amar la vida. A mi no me robaron la vida. A mis padres sí, y a los españoles también", dijo en una de las últimas charlas con EFE, antes de que la pandemia le robara las visitas.