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Lola Vendetta

Muerte y resurrección de Lola Vendetta: del colapso urbanita al ecofeminismo 

¿Es posible sentirse vieja a los treinta? La joven Lola Vendetta, álter ego de la viñetista Raquel Riba, lleva a su cuerpo al límite y quiebra. Es hora de tomar decisiones, de conectar de nuevo cuerpo y mente, y de huir por un tiempo de la ciudad.

Lola Vendetta
Lola Vendetta se libera de ataduras. Raquel Riba Rossy / LUMEN

No ha sido fácil alcanzar la treintena para Lola Vendetta. Pero ha valido la pena. Dejó atrás una relación tóxica en Más vale Lola que mal acompañada, lo hizo además provista de artillería feminista, de esa que te arma de sentido y te hace ver, sin aleccionar, que a veces es mejor la soledad. Luego vino ¿Qué pacha, mama?, donde Lola se da de bruces con la maternidad y sus encrucijadas. Por último, en Lola Vendetta y los hombres, nuestra protagonista echa mano del sarcasmo para desentrañar de qué hablamos cuando hablamos de hombres.

Llega el momento ahora para Una habitación propia (con wifi) (Lumen), donde Lola, álter ego de la ilustradora catalana Raquel Riba Rossy, llega a una suerte de callejón sin salida. Un motín en su interior hace peligrar su estabilidad emocional. ¿Las razones? Un cúmulo de pequeños dolores que le llevan a una pregunta funesta: ¿es posible sentirse vieja a los treinta? La respuesta le llega en forma de analítica; Lola tiene el sistema inmune desplomado. ¿La causa? Su vida.

"A Lola le duele la autoexigencia por tener que ser abundante, esa sensación que tenemos muchos que vivimos en grandes ciudades y tenemos que trabajar intensamente para tener una vida tranquila en lo económico", explica a Público desde Barcelona Raquel Riba. Ella lo sabe bien porque estuvo ahí. Conoce esa sensación de no dar abasto y, como Lola, su criatura, tuvo que decir aquello de paren que yo me bajo

'Una habitación propia (con wifi)'. Raquel Riba Rossy / LUMEN

Saber cómo ha llegado hasta ahí le llevará a un largo camino. Un camino de autoconocimiento que pasa por admitir su propia soledad, su miedo a la muerte y la necesidad de un cambio de aires. "Necesitaba respirar aire limpio, un cambio de ritmo y cuando consigue ese descanso empieza a tener espacio mental para pensar de una forma más ordenada". 

En efecto, urge bajarle una marcha a la vida. Resituar cuerpo y alma para entenderse a una misma y entender al otro. No en vano Una habitación propia (con wifi) nos habla también de los desmanes del turbocapitalismo rampante en nuestras relaciones sentimentales, un sálvese quien pueda generalizado que desvirtúa lo que sentimos por el otro, confundiendo muchas veces el cobijo o la mera compañía con el amor romántico. 

"Es muy complicado vivir por cuenta propia en una gran ciudad, con frecuencia te ves compartiendo piso con otra persona que, si bien muchas veces es tu pareja sentimental, quizá todavía no es el momento de vivir juntos...", explica Raquel. Súmenle a esa apresurada vida en común las contingencias propias del capitalismo, esa sensación constante de no llegar: "Es muy difícil gestionar esa presión y esa exigencia tan fuerte cuando por otro lado tienes que desarrollar un sistema emocional con otra persona, hay que ser muy hábil para conseguirlo". 

'Una habitación propia (con wifi)'. Raquel Riba Rossy / LUMEN

Poco a poco Lola irá nombrando lo que le duele. Una aproximación al centro del dolor que la protagonista hace a tientas, midiendo cada paso, dudando de su propio arrojo pero consciente de que sólo así, rompiendo con todas esas inercias, logrará encontrase de nuevo. Es entonces cuando irrumpe la pandemia, circunstancia que Raquel, sin restar un ápice de dramatismo a nivel macro, asume en lo personal como una oportunidad para el cambio anhelado: "Entendí que me venía que ni pintado para frenar, para dejar esa vida loca que orbita alrededor del trabajo y centrarme en mi cuerpo". 

Una habitación propia (con wifi) desliza una crítica demoledora hacia esa tiranía de la meritocracia que nos lleva de cabeza. Frases hechas y eslóganes que nos hablan de un futuro que sólo depende de nosotros, de nuestra capacidad para hacerlos posibles a través de un esfuerzo ímprobo. "Y no sólo eso −añade Riba− es que además vivimos inmersos en una cultura del individualismo, que nos hace mucho daño y que no lleva a nada; es imposible que nadie consiga algo si no es con la conexión con otro ser humano". 

'Una habitación propia (con wifi)'. Raquel Riba Rossy / LUMEN

Sobra decir que Lola (y Raquel) salen mejor de este viaje. Sus accidentados treinta y pocos les hicieron más fuertes. Lograron conectar de nuevo con sus cuerpos, una relación que, como explica Raquel, no siempre es fácil para una mujer: "Nuestro cuerpo le ha pertenecido durante muchos años a otras personas, ya sea para conseguir placer visual o sexual, o incluso para conseguir vida, cuando tu cuerpo tiene que ver con el cuidado y el disfrute de los demás, pasa a un segundo plano, usas el cuerpo como una maquina para generar cosas y eso es algo adictivo que conviene detener".