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'El Víbora', un viaje al centro de la contracultura

El Museo Nacional de Arte de Catalunya recopila cerca de 100 portadas, 38 obras originales, fotografía y documentación complementaria de la emblemática publicación de los ochenta que marcó época a base de perversión, sátira y cachondeo.

Una muestra de la exposición 'El Víbora: comix contracultural'.- MNAC

El cómic siempre ha sido una zona de batalla en la que el arte y el comercio, la alta cultura y la popular, la edad adulta y la infantil, la realidad y la fantasía, y sobre todo las palabras y las imágenes, chocan entre sí con especial intensidad. Una pugna de la que el cómic ha salido tradicionalmente malparado y que ahora, desde la museografía, se busca redimir. No en vano, de un tiempo a esta parte, reputadas pinacotecas y centros de arte internacionales se han propuesto aceptar entre sus vitrinas al bello arte de la historieta.

Si ya dejaba su poso la exposición sobre Ceesepe en La Casa Encendida, ahora es el Museo Nacional de Arte de Catalunya el que acoge junto a sus colecciones de renacimiento y barroco una gamberrada subversiva llamada El Víbora: comix contracultural, una exposición –abierta hasta el próximo 29 de septiembre– que celebra los 40 años del nacimiento de la revista y profundiza en su impronta en nuestra cultura.

'El Víbora' desbarraba entusiasmo por los márgenes de una democracia bisoña.

Cantera de grandes dibujantes, por sus filas pasaron viñetistas emblemáticos de la talla de Gallardo, Max, Nazario o Mariscal. Un repaso somero por buena parte de aquella producción da que pensar, como si pasadas cuatro décadas tuviéramos la triste certeza de que muchas de aquellas viñetas no resistirían hoy el escrutinio de lo políticamente correcto. El Víbora, con su festín de colores y formas, condensaba la perversión, la sátira y el cachondeo de una época que desbarraba entusiasmo por los márgenes de una democracia bisoña.

“Su producción supuso un antes y un después”, apunta Álvaro Pons, profesor de la Universitat de València y uno de los mayores expertos en la materia. “En los 80, las revistas de cómic adulto y autoral vivían un momento de esplendor, muchas de ellas se nutrían de material extranjero, pero no fue el caso de El Víbora, que se desmarcó por completo de esta tendencia publicando a autores españoles que rompían con la norma porque venían del underground”.

Con dos focos bien delimitados y en plena efervescencia –las Ramblas barcelonesas y el Rastro madrileño–, la muchachada de la época comenzó a volcar en sus cuartillas el ecosistema urbano cotidiano. Muchos de sus personajes son libertarios, travestis, gais, drogadictos, radicales o ecologistas, lo que para los biempensantes de la época representaba el detritus callejero y la marginalidad. Historietas eminentemente urbanas, escritas a pie de acera y con la vanguardia posmoderna en la retina.

“Supieron como pocos aglutinar toda esa contracultura que hasta el momento aparecía diseminada en cientos de fanzines, confiriéndole una personalidad propia alrededor de un proyecto”, explica Pons. Una visión del sexo libre y desinhibida, que rompía con las frustraciones heredadas del franquismo; un sexo ligado a lo cotidiano con toques, en ocasiones, de serie negra.

Max. Original para la cubierta del núm. 13 de El Víbora, 1980. Ediciones La Cúpula.- Max, VEGAP, Barcelona, 2019

Cantera de nuevos valores

Compuesta por cerca de 100 portadas, 38 obras originales, fotografía y documentación complementaria, la muestra expone dibujos que hicieron época como los de Max e Isa Feu para el histórico número especial sobre el golpe de Estado de 1981 o el original de Nazario para la cubierta del número 1 de la revista. Junto a ellos, brillan otros tantos de la talla de Roger, Marta Guerrero, Pons, Martí, Carratalá, Montesol, Ceseepe, Calonge, Jaime Martín o Pamies.

Un elenco que desfiguró la cultura de la Transición hasta hacerla irreconocible y cuya influencia todavía reverbera. “El Víbora apostó por autores que estaban empezando y que, como en el caso de Laura Pérez Vernetti o Paco Roca, se ha demostrado que han sido aciertos, podríamos decir que supo aglutinar la mejor camada de nuevos dibujantes”, remata Pons.