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Todos los pasos de ARCO conducen a la revolución

El sector, tras la semana más crítica de su historia, analiza el futuro de la feria

PEIO H. RIAÑO

Cuando se inauguró Arco en 1982, las crónicas fueron triunfalistas ante el despegue del arte contemporáneo en este país. Arrancaba la feria para fomentar el coleccionismo y la formación del ciudadano, cuenta Alberto López Cuenca, quien años más tarde describía aquel panorama en el que nacía como "un país falto de infraestructuras museísticas dedicadas al arte actual y con un inexistente número de coleccionistas potenciales que pudieran dar aliento al proyecto".

El mismo autor apuntaba en Desacuerdos, un proyecto de reflexión sobre arte y política, que la desilusión se cebó con aquel sueño en breve: el coleccionismo no terminaba de llegar, pero el público interesado en "ponerse al día" crecía en masa.

"¿Por qué no plantearse dejar Ifema y buscar otros lugares?"

Así que, desde sus orígenes, Arco tuvo que debatirse entre su condición de feria de arte para coleccionistas y su carácter de evento cultural. Lógico, ya que, cuando aparece la feria, España carece de los espacios adecuados para presentar y difundir el arte contemporáneo. Fue en 1988 cuando se inaugura el MNCARS y el centro de Arte Santa Mónica, el IVAM y Centro Atlántico de Arte Moderno. Arco cumplió con la función de enseñar y vender. Quizá no fuera el mejor lugar para aprender a ver arte contemporáneo, pero no había otro.

Hoy este país tiene una red tan amplia de centros culturales y galerías comerciales que todo artista tiene su hueco. España ha cambiado y "la feria no ha evolucionado tanto como la sociedad", explica Damián Casado, director de la galería Casado Santapau, convencido de que la edición que arranca en un mes será decisiva para Arco.

Tras la injerencia de la dirección de Ifema en los criterios artísticos, las más de 70 galerías españolas invitadas se plantaron y juntas, por primera vez en la historia, lograron que la política guardara sus amenazas. "El cambio debe ser ahora o nunca, eso está claro", resume Casado.

María Corral cree que "debería volver a crearse a sí misma"

La feria estuvo a punto de quedar huérfana de participación española pero, tras la reunión extraordinaria de los galeristas, se acordó seguir adelante con unas exigencias que Ifema aprobó a toda costa. Ahora, unidos, se han dado cuenta del poder que tienen y de la responsabilidad que deben asumir para resolver el nuevo rostro de una feria que ha perdido valor internacional. "Arco fue pionera, pero se ha quedado en una feria decimonónica. Los galeristas debemos cambiar las cosas y así lo haremos en cuanto acabe la edición de 2010. ¿Por qué no plantearse dejar Ifema y buscar otras ofertas en el centro de la ciudad?", se plantea Alex Nogueras, de Nogueras Blanchard, uno de los 14 galeristas que apoyaron la huelga.

"Hay dos Arco: el que quiere Ifema y el que queremos nosotros", mantiene Nogueras, que recorre durante el año ferias internacionales como Art Basel Miami o París Fiac. Según cuenta, para Ifema, la feria es la de los casi 200.000 visitantes, la masificación, los metros cuadrados alquilados y la de los tres pabellones llenos de espacios institucionales. La que ellos necesitan, requiere, "debería tener muchas menos galerías, sólo con las mejores de aquí y de fuera, menos pabellones y cuidar mucho más al coleccionista Ifema no es un lugar apropiado para ello".

Juana de Aizpuru fundó Arco en 1982 y fue su directora hasta su dimisión en 1986: "Por desgracia, Arco ha tomado otro carácter menos profesional debido a la inclusión de los espacios dedicados a un batiburrillo de instituciones. Por eso no vienen buenas galerías". Para Aizpuru, Arco debería convertirse cuanto antes en el punto de encuentro de los países emergentes como África. "Es un propósito que no tiene nadie y habría que adelantarse a otras ferias".

Nunca se sabrá si Arco es rentable o no porque las galerías no hacen públicas las ventas ni el montante de las mismas. Pero sí hay otros datos que hablan de una feria cara: el stand más pequeño del programa general de galerías cuesta 20.000 euros. Para recuperar la inversión, los galeristas deben vender a partir de 60.000 euros. Teniendo en cuenta que los coleccionistas potentados no pasan por Arco, el perfil de comprador es "de media carrera", como se les llama entre las galerías. Son los que no compran por más de 13.000 euros.

Otra de las críticas constantes a Arco es la poderosa presencia institucional. "Económicamente está falsificada debido a las ayudas y a las compras públicas cuenta el artista Pedro G. Romero. Es una almoneda extraña, con ventas a saldos. Falsifica la libre competencia por las ayudas y la ausencia de coleccionistas. No es un pulso de la escena contemporánea".

De hecho, las comunidades autónomas resuelven su participación anual en arte en Arco. "Por eso los fondos de las instituciones públicas españolas no tienen más que mediocridad", dice Romero, para quien lo que se ha puesto en crisis esta semana es "la imagen simbólica de Arco". Y eso era su valor más preciado.

El crítico Simón Marchán Fiz dice que "es una feria permanentemente asistida por las instituciones públicas" y le sorprende que en casi 30 años no haya generarado coleccionismo privado.

A pesar de todo, Pedro G. Romero tiene un mensaje de esperanza: "Hay que aprovechar esta crisis para convertir Arco en otra cosa". La comisaria María Corral coincide: cree que "debería volver a crearse a sí misma. Arco no puede seguir inmóvil como hasta ahora. Nadie sabe qué Arco quiere, pero deben ser las galerías las que decidan".