Este artículo se publicó hace 17 años.
Esta no es otra película de vampiros adolescentes
Llega a las carteleras 'Déjame entrar', una gélida revisión del género y una poética historia de amor

Tomas Alfredson no había visto cine de género en su vida, más allá de un Drácula y un Frankenstein cuando tenía 10 años. Tampoco es que empezara a tragarse la filmografía de Bela Lugosi, ni que releyera a Bram Stoker cuando decidió adaptar Déjame entrar (Låt den rätte komma in) el exitoso libro de John Ajvide Lindqvist, editado en España por Alianza.
Pero este sueco de 49 años ha realizado una de las revisiones más sorprendentes del mito del vampirismo de los últimos años. Desde el antisentimentalismo, tan poco común en el género, el director logra un filme que "se vuelve muy sentimental dentro de ti", como él mismo apunta desde un hotel de Madrid.
Déjame entrar llega a España este viernes después de haber levantado pasiones por los festivales. Dos ejemplos: mejor película europea de cine fantástico, cuando en el pasado festival de Sitges se le concedió el premio Meliés de Oro; y el mismísimo Robert de Niro le entregó hace un año el premio a la mejor ficción en el festival de Tribeca que él preside.
A Alfredson no le influenció el cine de género, sino la música de MahlerComo un viento gélido procedente del norte, Déjame entrar llega dispuesta a remover los clichés del género, y a traernos una fascinante historia de amor entre dos preadolescentes, que es, también, un retrato naturalista de la Suecia de principios de los ochenta, y un filme con generosas dosis de un humor negro que el director califica de muy nórdico: "Silencioso y tranquilo, pero, a la vez, muy áspero".
Es el invierno de 1982 en una zona de Suecia que vive una existencia tan gris como la que eran habitual en la Unión Soviética. Oskar es un niño de 12 años al que las cosas no le van del todo bien en el colegio, sus compañeros de clase lo acosan y sus padres se han divorciado. " Su soledad es inmensa. Algo así pasé cuando era niño", reconoce Alfredson.
Entonces, Oskar conoce a Eli, una niña que se acaba de mudar al vecindario. Entre los dos niños se establece una relación de complicidad: ambos son unos aislados sociales, ambos tienen impulsos crueles. Se gustan. Pero hay algo fundamental que los diferencia: Eli es un vampiro, "Es la encarnación de la rabia de Oskar. Para mí, ellos son un mismo personaje", cuenta Alfredson. "A medida que conoce a esa criatura y aprende a amarla, acepta que la gente también puede ser cruel, que él mismo puede serlo".
"Un filme que contiene mucha violencia es poco interesante"Música y ritmoPero, si bien Alfredson no se alimentó de la larga historia de chupasangres de cine, sí que chupó inspiración de Mahler. "Tengo un método cuando hago una película, cojo una pieza musical y la escucho a lo largo del rodaje. Cuando llego a puntos en qué no sé por dónde tirar, la música me responde".
Y ¿a dónde le ha llevado Mahler? A primar la sugerencia por encima de la evidencia, a preferir el ritmo pausado, y a inclinarse por el fuera de cuadro, por encima de la exhibición frontal (la hermosísima e inquietante secuencia de la piscina, recuerden). "Un filme con mucha violencia explícita tiende a ser poco interesante, dejas de lado la presión, esa especie de streeptease que origina el miedo", estima el también director de televisión y teatro.
Dentro de ese gusto por la sugerencia, el sonido es uno de los recursos narrativos de mayor peso en Déjame entrar. Alfredson explica: "Es uno de los actores principales a la hora de acercarse a los niños. He intentado capturar la sensación de cuando ha caído mucha nieve. Todo se vuelve muy silencioso. Los sonidos vienen muy cerca de ti, escuchas tu propia respiración, tu lengua en la boca". Es la intimidad gélida, tierna y brutal de Déjame entrar.
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