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Rockabillies a las diez en casa

A Kitty, Daisy y Lewis les falta rabia y salvajismo para acabar con las órdenes ortodoxas de papá Graeme y mamá Ingrid

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Ya fuman, visten vintage y se peinan con gomina, pero todavía no han mandado a paseo a sus padres. A Kitty, Daisy y Lewis les falta rabia y salvajismo para acabar con las órdenes ortodoxas de papá Graeme, a la guitarra rítmica, y mamá Ingrid, al contrabajo. Ellos dos les sostienen, les menean, les marcan, les dicen, aunque estén en silencio, y dirigen sus pasitos, en la retaguardia. Literalmente, marcan el ritmo.

Sólo la mayor de los tres hermanos, Daisy, 22 añitos, apuntaba al trueno mientras aporreaba la batería y su hi hat (platillo de charles). Ella levantó el espectáculo. Uno de los mejores momentos ocurridos durante el pasado el lunes por la noche en la sala Apolo de Barcelona (llena) sucedió cuando Daisy incorporó un solo de beatboxing de hip hop a un blues. Es vehemente y eléctrica sea con el instrumento que sea. Por algo viste de rojo.

Mientras, la pequeña Kitty, de azul, encerrada en su cárcel de estricta frialdad, se entregaba con rigor extremo a los mil cambios de instrumentos que persiguen los tres con cada nueva canción: del banjo a la guitarra, de la batería al piano, ahora un ukelele, ahora un xilófono, que si guitarra lap steel, que si acordeón... unos superdotados. Pero demasiado trajín puede matar al espectáculo. No es necesario un gamberrete en el escenario que se lo haga con el contrabajo mientras hace el rockabilly, pero ninguno de los tres fueron capaces de derrumbar al mito de las canciones de hace 60 años. Demasiado fieles para ser de fuego.

A los ojos de papá y mamá, los hermanos Durham aplicaron a la perfección el guión, con las versiones (encendieron a la sala con el Mean Son of a Gun, de Johnny Horton) de su primer y único disco, además alguna nueva. Los deberes bien hechos. Aprobados con nota alta, pero lejos del sobresaliente, porque alguien ha olvidado enseñarles a estos benditos adolescentes ingleses que en el escenario mandan las tripas y en el disco la cabeza. Que estudien menos y jueguen más. Tienen la música en la sangre, sólo falta que se lastimen haciendo el animal ahí arriba para dejarla ver correr.