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Al Madrid se le escapa la Liga

Un gol de Beñat arruina las opciones ligueras del Madrid antes de llegar al mes diciembre

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¿Quién se lo iba a decir al Madrid? ¿Quién se iba a esperar que Messi estuviese en el Villamarín? Aún más, ¿quién se lo iba a decir al Betis hace unos años? Ha sido un tipo que juega a la pelota vasca, al que no le gusta la Feria y que es un fanático de la playa de Zarautz, donde sus primos hacen surf. En realidad, parece una locura que un hombre así juegue en el Betis y entierre al Madrid en el Villamarín. Pero hoy ese Betis no se concibe sin Beñat Etxeberria, criado en Igorre, un pueblo de Vizcaya, con 4.3000 habitantes censados y en el que gobierna Bildu. Hay más datos que contradicen su pasado con el presente. Su ídolo fue Julen Guerrero y debutó en el Athletic a los 19 años. Pero después Caparrós no le quiso en San Mamés y el destino, que fue sabio, no le anuló para el fútbol. Fue cedido al Conquense y de ahí pasó al Betis, donde ahora le pone dedos y cerebro a la pelota. Anoche fue uno de esos días. Beñat jugó con clase. Marcó un gol de torero y fue el guionista de una noche que casi decidió la Liga.

Enfrente estuvo el Madrid, que de ninguna manera tenía pensado perder en el Villamarín. De hecho, salió como un animal herido y unas prisas enormes. Su primer cuarto de hora fue un catálogo de ambiciones. Pero entonces apareció Beñat para cambiar la vida del partido. Lo hizo con discreción e inteligencia hasta que tiró a gol. Entonces el estadio entero agradeció esa valentía. Pero los genios son así. Son raros, pacientes en medio de la locura y con unas posibilidades descomunales con la pelota. Así lo hizo Beñat en el gol, en el que pasó por todos los estados del mundo. Primero, no se dejó excitar por las facilidades que le dio Khedira y hasta cierto punto incomprensibles. Después, imaginó un gol que pertenece a otro mundo. Cardeñosa los hacía así en el Betis de los ochenta, pero había una diferencia. Cardeñosa era un andaluz puro, uno más en la Feria, puro ingenio. Beñat es de una timidez incorregible, no le gusta un pelo la prensa y tiene un acento vizcaíno que no pega nada en ese vestuario. Pero así es la vida. Nunca se sabe donde tiene uno la nómina.

El partido, que parecía a la medida del Madrid, cambió de bando. El gol fue como una cuchilla. Cañas fue la otra parte de Beñat, el espíritu contrario. Hizo carrera en el medio campo desde donde partió Salva Sevilla, un elemento sumamente peligroso. En realidad, siempre aparece por alguna parte. Máxime en una primera parte como la de anoche en la que el Betis tuvo disciplina, ego y mejores ocasiones. Frente a esa gente, el Madrid respondió con poca clase. Özil estuvo ilocalizable. Di María se autocensuró a sí mismo. Y Benzema y Cristiano amenazaron muy poco. Así que Mourinho fue tajante en el descanso y reformó el equipo. Salieron Modric y Kaka, que dieron más sensatez a un grupo que había perdido el tiempo en la primera parte y que había abusado demasiado de la pelota. No es vida eso en un equipo de Mourinho. El tikitaka, ya se sabe, es para otros.

La noche le demostró al Madrid que la vida es dura, que los ricos también lloran y que los árbitros no están por la labor. A los 54 minutos, Gil Manzano anuló un gol legal de Benzema, que entonces no pareció trascendental. Aún quedaba demasiado tiempo. Pero la realidad fue terca. El gol del empate se resistió como una mula. Al final, apareció la angustia que, sin embargo, no recortó las ocasiones de gol. Sobre todo, en la segunda parte, en la que el Madrid invadió hasta el tercer anfiteatro del Villamarín. Su acoso fue brutal, casi vietnamita. Hasta Kaka se unió a ese asedio, como en sus mejores tiempos, que ya quedan lejísimos. La voluntad hizo madera en el Madrid. Pero detrás de Beñat apareció Adrián, un portero magnífico, sin incertidumbre debajo del larguero. El hombre se responsabilizó de la hazaña. No fue un portero. Fue una pared por arriba y por abajo. Sus paradas lo convirtieron en una autoridad. Al final, no hubo manera para el Madrid y, aunque sus futbolistas se resistieron a perder la fe, la realidad fue innegociable. El gol estaba en los museos, no en el césped.

La invasión fue terrible en la segunda parte, en la que el Betis apenas reconoció la pelota. Su triunfo fue el de la angustia, el de un toro apaleado, una manera claustrofobia de aguantar. El Madrid lo intentó por todos los medios. En realidad, se dejó la sangre en cada balón. Desde ese lado, no hay nada que reprochar a su gente. Pero, al final, el cerebro perdió la razón. El sistema nervioso tiene un límite, incluso entre los más dotados. Su última opción real se registró en el minuto 87, en un remate de Benzema a todo o nada. Entonces fue la última vez que la portería de Adrián tembló de miedo. A partir de ahí ya no, ya se impuso el método de Pepe, en el que la mala educación campa a sus anchas. Los balones sólo llegaron a la frontal y las cabezas se alocaron totalmente. Quizá hasta era normal. La Liga no se ha perdido para el Madrid, pero parece que se ha perdido. Si hoy gana el Barcelona, serían ya once puntos, una diferencia que parece una montaña.

Betis: Adrián; Ángel (Nacho m. 74), Amaya, Dorado, Álex Martínez; Cañas, Beñat; Agra, Salva Sevilla (Nosa m. 81), Juan Carlos (Jorge Molina m. 62); Rubén Castro.

Real Madrid: Casillas; Arbeloa, Pepe, Sergio Ramos, Coentrao; Khedira (Kaka m. 46), Xabi Alonso; Di María (Callejón m. 62), Özil (Modric m. 46), Cristiano; Benzema.

Goles: 1-0 M. 17. Beñat, en un excelente remate cruzado.

Árbitro: Gil Manzano. Amonestó a Salva Sevilla, Adrián, Pepe, Ramos, Cañas, Beñat

Estadio: Benito Villamarín.