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La final del orgullo

Al Barça ya no le pesa el dramatismo de las finales perdidas

XAVIER HOSTE

Nunca, como hoy en Roma, una final de la Champions logró reunir a dos clubs tan igualados en confianza y autoestima, equiparados en la misma capacidad de intimidación. No hay miedo entre Barça y Manchester, que se citan, esta vez en una abierta lucha sin complejos, en busca de la corona europea. Es la gran final soñada entre dos clubs que persiguen la consagración de su fútbol desde la autoafirmación de sus estilos y con el respeto que infunde el absoluto equilibrio de fuerzas.

La final de Roma es, sobre todo, la final del orgullo para el Barça. Nunca ha creído en su fútbol y en su poder tanto como ahora. Marcado por una historia derrotista, con episodios dolorosos como los de Sevilla 86 o Atenas 94, al fin se presenta ante los ojos de toda Europa con el pesimismo y traumas del pasado enterrados definitivamente. Ya no les pesa a los azulgrana el dramatismo de las finales perdidas, ni el club cae en la tentación de mirar hacia atrás. Es otro Barça, renovado, seguro y valiente, que llega con la moral fortalecida por los títulos, pero, sobre todo, con la convicción -desde el entrenador al último de los jugadores-, de que es la fe en su propio estilo la que conduce a los éxitos. Será la cuarta final azulgrana en los últimos 17 años, signo de que el club ha encontrado ya sus señas de identidad, el rumbo y las referencias para disputar títulos europeos con normalidad y sin arrogancia.

Todo el barcelonismo respalda hoy al equipo de Guardiola y su propuesta de hacer disfrutar creando el mejor ataque desde la defensa y la defensa más segura desde el ataque, todo arropado con siete futbolistas de la cantera. Esa fidelidad y pasión que despierta el estilo azulgrana tiene idéntica réplica en el United de Ferguson, un técnico que ha sabido evolucionar el equipo año tras año, sin desfallecer, manteniendo su competitividad y dándole gloria y títulos (ha ganado las tres finales jugadas). Lo ha conseguido con los pilares de un elogiado equilibrio defensivo, duro trabajo táctico y acertada política de fichajes. Dominan los ingleses todos los resortes del juego, y de su capacidad para competir hablan sus resultados en la Premier, donde no tienen rival. Hoy puede ser el primer equipo que repita título en la Champions League moderna.

Igualados en talento y ambición, con bajas de peso en uno y otro bando (Fletcher, en el United; Márquez, Alves y Abidal, en los azulgrana), la final perfila un factor determinante en los detalles tácticos, en las decisiones que adopten los entrenadores. Y ahí es donde Guardiola puede de nuevo sorprender, en la forma de compensar las bajas en defensa para reforzar la mejor virtud del Barça, el juego de ataque, y el lucimiento de Messi. Nunca la presión ha llamado tanto a la puerta del argentino para que, en el mejor de los escenarios posibles y en un claro pulso con Cristiano Ronaldo, sea determinante y reconocido como lo que es, el mejor jugador del mundo.