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El Pizjuán espera sentado a Jiménez

Un nuevo tropiezo en casa agotaría el poco crédito del técnico

ALBERTO CABELLO

La unanimidad positiva sobre Manolo Jiménez vivió uno de sus últimos actos en el Sánchez Pizjuán el día que disputó su partido número 354 como jugador del Sevilla. Fue una tarde de 1997 en la que ejerció por última vez como capitán del equipo. Una década después de su retirada como futbolista, se sentaba en el banquillo del Sevilla como sustituto de Juande Ramos. "Llega uno de los nuestros", recordaba el día del relevo José María del Nido. Una referencia familiar, cercana, con intención de refrescar ese vínculo que Jiménez tuvo con la grada.

Ha sido uno de los contados fracasos del presidente. El sevillismo lo recibe con hojas de palma allá por donde pisa y aclama su verbo vehemente, pero nunca captó esa familiaridad y ese cariño con el que nombró nuevo caballero del banquillo a Manolo Jiménez. Estambul, Génova y Bilbao era la ruta turística que visitan sus detractores cada vez que toca achacarle algo. Eliminación de la Liga de Campeones ante el Fenerbahçe, de la UEFA ante la Sampdoria y frente al Athletic en la Copa del Rey.

Ahora esta última racha de resultados ahorra el viaje. Sólo hay que mirar los cuatro tropiezos, uno detrás del otro, del equipo en casa para descubrir todo un catálogo de reproches hacia el entrenador.

Hoy, 13 años después, la unanimidad patina hacia el lado contrario. Protestas, pañuelos y reproches hacia el entrenador de la era posterior a los cinco títulos. Es evidente que el equipo ha entrado en una degeneración acusada en los partidos en los que debe llevar la iniciativa. Todo es espesura. Es una tendencia que quedó más o menos clara en algún tramo de la temporada pasada, pero que a estas alturas ya es algo más que una sospecha. Para colmo, la pegada y la buena defensa, dos de las grandes virtudes de la plantilla se han derretido en los últimos meses.

Del Nido lo renovó porque cumplió con los objetivos, pero ya parece que no basta

El entrenador trata de defender con sus argumentos lo que para casi nadie tiene justificación. Su ímpetu a veces le hace cometer patinazos involuntarios que la opinión pública no le perdona. Como cuando después de perder ante el Getafe dijo que la solución para acabar con la mala racha era que pasara el mes de enero. Demasiado obvio, la situación requería un razonamiento algo más rico.

Del Nido lo renovó porque cumplió con los objetivos, pero ya parece que no basta. El sevillismo también se preocupa de la metodología.