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Remontada de vértigo en El Madrigal

El Valencia dilapida dos goles de ventaja y acaba zarandeado por el Villarreal

 

SALVA TORRES

La lotería del Niño tocó en El Madrigal. Nadie hubiera jugado el número que daba el pase al Villarreal, una vez vista la primera parte. El Valencia arrolló al conjunto amarillo, dejando prácticamente imposible la eliminatoria. Prácticamente. Pero ocurrió el milagro. El Villarreal remontó dos goles, poniendo patas arriba unas gradas que ni se lo creían. La Copa fue una montaña rusa en la que se montaron ambos equipos, saliendo mejor parado quien empezó de bajón para terminar por todo lo alto. Partido adrenalítico, sorprendente, puro zig-zag que dejó el regusto de las grandes noches recogidas en álbumes sepia.

Banega, con la colaboración de Juan Carlos, puso la eliminatoria de cara para el Valencia, pero fue Soldado quien pareció colocar la tapa al ataúd amarillo. Y lo hizo de manera soberbia. Recibió un pase en profundidad de Maduro, ganó la espalda de la defensa y amortiguó el balón que le venía por alto para marcar después al primer toque de manera genial. Fue el gol que certificaba la superioridad valencianista ante un irreconocible Villarreal.

Golazo de Soldado

Lo de Soldado fue para enmarcar: un movimiento de ballet en dos tiempos, sutiles ambos, precisos como reloj suizo y bellos en el compás. El delantero puso la firma a un tanto sublime, precedido de un envío que delataba el lugar donde más cómodo de mueve Maduro, al tiempo que subrayó la falta de concentración del Villarreal. El Madrigal asistió impertérrito a tanta belleza, habitualmente del lado de su equipo, que ayer se limitó a ver lo que se le vino encima en un primer tiempo del Valencia simplemente perfecto. Nadie antes le había robado el protagonismo en su campo al Villarreal como lo hizo el conjunto de Emery.

El primer disparo a portería abrió de par en par un encuentro que venía igualado de Mestalla. Banega, sin demasiada convicción, probó fortuna desde fuera del área y la suerte sonrió al Valencia. Juan Carlos detuvo en primera instancia, para que el balón se enroscara hacia dentro en un fallo clamoroso del portero castellonense. A los cinco minutos, el Villarreal se encontró con un partido retorcido y que le obligó a remar a contracorriente.

Los tres centrales que Emery volvió a disponer en El Madrigal se le atragantaron al equipo de Garrido, desconcertado y ahogado durante una primera mitad de intenso color azul, vestimenta del Valencia. Banega puso la pausa que Stankevicius, Ricardo Costa y Dealbert marcaron desde atrás imponiendo un muro que resultó el de las lamentaciones para Rossi y Marco Rubén, inexistentes. Pero el fútbol y sobre todo la Copa es un capítulo aparte de un libro que se escribe con renglones saltados. Y lo que fue una lección del Valencia en el primer periodo, se tornó en el segundo, en un vendaval amarillo. En dos minutos, el Villarreal transformó su particular calvario en infierno valencianista, que se vio arrollado tras las dos acciones quepropiciaron el empate nada másarrancar la segunda parte.

Las estrategias son tan volubles como los marcadores. Nadie hubiera discutido la táctica de los tres centrales, visto el repaso del Valencia durante los primeros 45 minutos. Pero una vez pasó el Villarreal por encima tras el descanso, las loas se tornaron lanzas como si fueran las aguas que Moisés separó milagrosamente. El Valencia sucumbió al empuje amarillo, pasando sus jugadores de héroes a villanos en un redoble de campana.

Tocó a rebato el Villarreal cuando marcó Cazorla y los de Emery ya fueron un fantasma de sí mismos. Para cuando Marco Rubén firmó el tercero de la remontada, el Valencia ya era un manojo de nervios, la radiografía de un esqueleto al que Rossi echó la tierra definitiva.