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Draghi dice adiós al BCE: cinco claves de su legado

‘Súpermario’ ha sido determinante en la salvación del euro durante el largo episodio de la crisis de la deuda, pese a sus detractores, ‘halcones’ de la austeridad económica y el rigor monetario. Su constante apuesta por tipos de interés próximos a cero y por los estímulos de compra de deuda soberana y corporativa configuran su herencia.

El presidente del BCE, Mario Draghi, en una comparecencia ante la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo el pasado septiembre.. REUTERS/Francois Lenoir

DIEGO HERRANZ

Londres fue el escenario elegido. Era septiembre de 2012 y todavía se respiraba en la capital del Reino Unido el aroma de los Juegos Olímpicos. Mario Draghi apenas llevaba un año en el cargo (el Consejo Europeo pronunció su nombre como tercer jerarca del BCE en junio de 2011, como relevo de Jean Claude Trichet) y, obviamente, no fue plenamente consciente de la trascendencia que tendrían sus palabras.

Las citó ante una audiencia de marcado perfil financiero en Lancaster House, un imponente edificio en el centro londinense: “Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer todo lo que esté en sus manos para preservar el euro”.

Los socios monetarios se adentraban en su propia travesía por el desierto. La crisis de 2008 había dejado en práctica bancarrota a cuatro de sus Estados miembros (Irlanda, Portugal, Grecia y España) que se habían visto en la obligación de solicitar agresivos y multimillonarios rescates financieros,mientras su tercera economía, Italia, navegaba con una prima de riesgo por encima, incluso, de la de algunos de sus aliados del club del euro que ya estaban en la UVI.

El francés Jean-Claude Trichet, entrega una campana a su sucesor al frente del BCE, Mario Draghi, al final de una ceremonia de despedida en el antiguo teatro de la ópera en Frankfurt, en octubre de 2011. REUTERS / Kai Pfaffenbach

Pero el flamante nuevo presidente de la institución que ejerce la supervisión bancaria de la zona del euro no se quedó en esa declaración de intenciones. Espetó a continuación una frase que ha pasado a ser lapidaria: “Y créanme, será suficiente”.

1.- Promesa cumplida

La profecía de Draghi se ha hecho realidad. Pocos observadores podrán negar que este jueves, en su última reunión del Consejo de Gobierno del BCE, con la que cederá el testigo a Christine Lagarde, tras cumplir su doble mandato de ocho años al frente del organismo regulador, el apelativo de Súpermario otorgado el mercado sea un justo reconocimiento a su papel de salvador del euro.

Fotografía de septiembre de 2012 del presidente del BCE, Mario Draghi, y la entonces directora gerente del FMI y su sucesora al frente del banco central de la Eurozona, Christine Lagarde, en una reunión del Eurgrupo en Nicosia (Chipre). AFP/Yiannis Kourtoglou

La moneda europea ha mantenido un pulso de cotización con el billete verde americano, que le llevó a su máximo histórico en los inicios del tsunami financiero de 2008, cuando su relación cambiaria registró una conversión de 1,47 dólares (el mínimo fue de 0,9 durante la acción concertada de los grandes bancos centrales en 2001 para contener su caída libre durante su año bautismal como divisa en circulación) y se ha erigido en alter ego del dólar en las reservas internacionales que atesoran los organismos emisores de todo el mundo.

A finales de 2018, el euro representaba el 20,69% de estas cestas de monedas que se activan en caso de ataques contra divisas nacionales o de riesgo de quiebras técnicas soberanas. Frente al 61,69% del dólar. Pero lejos del 5,20% del yen o del 4,43% de la libra esterlina.

El valor del euro, pues, se ha consolidado, por encima incluso de su tasa cambiaria original (1,07 dólares) al igual que su peso internacional. A pesar de la embestida de 2012, año en el que Draghi deja clara la base doctrinal del que será su legado, que ha girado alrededor de un objetivo: la moneda única es un proyecto político y, por tanto, requiere del engranaje activo del eje franco-alemán; pero también de las herramientas en poder de Fráncfort poner masa monetaria en circulación.

El otro rasgo identitario del hasta ahora presidente del BCE ha sido la cautela. “Es preciso comprender qué puede suceder con posterioridad a cualquier toma de decisión trascendental”. Nadie fue capaz de aventurar la dureza de la crisis; entonces, “¿por qué no vamos a tomarnos el tiempo que sea preciso para actuar como debemos?”, espetó en la conferencia londinense.

2.- Ruptura con el pasado

Súpermario se desmarcó desde el inicio de sus dos antecesores en el cargo. Otra credencial propia. El holandés Wim Duisenberg sucumbió en Fráncfort a los cantos monetarios del Bundesbank y del entonces canciller Gerhard Schröder e instauró un precio del dinero anómalamente bajo para la sobrecalentada economía del euro, pero conveniente para sacar a Alemania de la recesión creada por la crisis de las punto.com en 2003. Y Trichet no sólo no fue capaz de contener el credit-crunch.

Los presidentes del BCE, Wim Duisenberg (su mandato fue de 111 a 1111) y de la Reserva Federal de EEUU, Alan Greenspan, en una reunión del G-7 en Washington, en abrl de 2003. AFP/Luke Frazza

Tampoco su efecto sobre la deuda de los socios de la divisa estando, como lo estuvo, a merced de los designios de austeridad exigidos por el ministro de Finanzas alemán (y desde el Eurogrupo, Wolfgang Schäuble, el verdadero artífice de la asfixia fiscal hacia los socios periféricos. El halcón de la CSU bávara llegó a responsabilizar a Draghi del “50% del ascenso” de la extrema derecha en Alemania y Europa.

Ha sido el último gobernador de entre los principales bancos centrales en iniciar la rebaja de tipos de interés a cotas próximas a cero. Y ha dejado suficiente margen a su sucesor para que Draghi se convirtiera en el artífice de este modus operandi. El italiano anticipó con rotundidad a su homólogo del Banco de Holanda, Klaas Knot, su recetario para entrar en escena cuando éste le preguntó, todavía en Londres, si tenía algo en mente: “Nada concreto todavía, pero necesitamos que sea grande”, aseguraba entonces la agencia Bloomberg.

3.- Estímulos monetarios + dinero barato

La doble tabla de salvación. Draghi activó en 2015 el llamado Quantitative Easing (QE), un programa de compra de deuda soberana y corporativa que puso en circulación, hasta su suspensión, con la llegada de 2019, más de 3 billones de euros, con los que alivió notables cuotas del endeudamiento público y privado de los socios monetarios, enterró de nuevo el fantasma de la deflación y sacó a la zona monetaria del estancamiento que la asolaba.

Mientras contenía las desorbitadas primas de riesgo y enviaba un salvavidas a los gobiernos del sur de Europa, durante sus esfuerzos de ajuste fiscal y ofrecía al mercado garantías suficientes para que las economías en situación crítica pudieran colocar sus emisiones urgentes de deuda a buen precio. Y perseveraba en su idea de perpetuar los tipos bajos.

De este doble bálsamo surgió un trienio (2016-2018) de dinamismo próximo a su potencial en la zona del euro, al tiempo que su ascendencia crecía como la espuma. Draghi protagonizó la crítica internacional hacia la Reserva Federal de la Administración Trump. Por elevar los tipos nada más consumarse el aterrizaje en la Fed de Jerome Powell (el candidato del actual inquilino de la Casa Blanca) y por tratar de modificar la Ley Dodd-Frank, aprobada bajo el mandato Obama para reestructurar el sistema financiero americano y proteger el derecho de los consumidores y que ahora, Washington desea modificar siguiendo los criterios de Wall Street. “No es pertinente retrasar el reloj de la regulación al año 2008”, dijo en línea con su reconocida amiga, Janet Yellen, la anterior presidenta de la Reserva Federal.

4.- Enemistades peligrosas

Casi ningún analista de rigor piensa que la misión para la que fue concebida el programa QE, y que ha ejercido estos últimos años la autoridad monetaria europea, haya sido un fracaso. Salvo sus acérrimos enemigos.

Fotografía de abril de 2016 del entonces ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schauble, con el presidente del BCE, Mario Draghi, y el entonces presidente del Eurogrupo y ministro de Finanzas holandés, Jeroen Dijsselbloem, en una reunión de los ministros del euro en Amsterdam. AFP/ANP/Bart Maat

No sólo Schäuble. También Axel Weber, que dirigía el Bundesbank en los años que antecedieron al nombramiento de Draghi, dimitió por oponerse a las “técnicas de compra de activos tóxicos” que barajó sin convicción alguna Trichet, ha salido a la palestra para defenestrar la gestión de Súpermario. Su testigo lo recogió casi de inmediato su heredero, Jens Weidmann (el sempiterno aspirante germano al sillón presidencial del BCE) que se ha encargado de recordarle hasta la extenuación el rechazo de Berlín a estas prácticas.

Como un mantra que, ahora, con la petición de Draghi de reanudar los estímulos ante el aterrizaje brusco de la actividad y el riesgo de otra reedición de crisis ha vuelto a emerger. 

El propio Knot, su confidente en 2012, es el que encabeza una dura carta en la que se opone a reactivar el QE y que firman, además, varios de sus colegas (los gobernadores de Alemania, Francia, Austria, Eslovenia y Estonia), dos voces del Comité Ejecutivo del BCE, Benoit Coeure y Sabine Lautenschlaeger y el verso libre del que fuera economista-jefe del banco emisor, Peter PraetPara todos ellos, expandir el sello de Draghi resulta “inapropiado”, informa Reuters. Toda una afrenta para su sucesora, Christine Lagarde.

5.- Anemia reformista europea

Draghi ha sido también la voz de la conciencia de los políticos de la UE en favor de lograr más integración. Y su voz reformista. Desde sus inicios, cuando los mercados especulaban contra la debilidad de la divisa europea, los socios monetarios no podían hacer frente a los vencimientos de su deuda y la economía del euro luchaba por salir de las aguas turbulentas de la recesión.

Bajo déficits alarmantes, divergencias económicas evidentes entre sus entonces 17 países miembros, presupuestos desajustados, mercados de trabajo y sistemas fiscales antagónicos y patrones de crecimiento alejados unos de otros. Su mensaje, entonces, a las autoridades políticas fue rotundo: “Necesitan actuar, porque cualquier intervención del BCE no será eficiente sin más integración fiscal, económica e institucional”.

Fueron el detonante de la conformación de la unión bancaria y del Mecanismo Europeo de Estabilidad (ESM, según sus siglas en inglés). Dos de los anclajes básicos para restablecer la estabilidad. Dicen en su círculo más cercano en el seno del BCE que ha sido su gran decepción. Irse sin una agenda de cambios estructurales de calado, en la que el Consejo Europeo incluyera la conversión del EMS en un Fondo Monetario Europeo que actúe como prestamista de última instancia para salvar a socios y bancos en situaciones de bancarrota; la creación del Fondo de Depósitos como garantía frente a futuras quiebras financieras y como instrumento esencial para consolidar la unión de los sistemas financieros del euro; un mecanismo de reestructuración de deudas que supervise y ofrezca liquidez a los vencimientos urgentes.

Y su doble sueño: sería feliz, dicen sus defensores, si la ambición se apoderara de los líderes europeos y, en algún momento, se pusiera en marcha un gobierno económico del euro y un servicio de mutulización de la deuda que desembocara en la emisión de eurobonos.