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"La educación solo equilibra desigualdades cuando existen las mismas oportunidades económicas"

Ernest Pons, profesor titular de Economía de la Universidad de Barcelona.
Ernest Pons, profesor titular de Economía de la Universidad de Barcelona.

La universidad pública la paga todo el mundo, pero no es representativa de la sociedad que la financia. Solo uno de cada 10 estudiantes universitarios es de clase trabajadora, mientras que más de la mitad son de clase alta y un tercio provienen del entorno de la clase media. Son algunos de los datos más contundentes que aporta el informe Ser estudiante universitario hoy, publicado por la Xarxa Vives d'Universitats y dirigido Ernest Pons. Este profesor titular de Economía de la Universidad de Barcelona, que lleva años estudiando cómo el origen social determina el comportamiento académico de los estudiantes, atiende a Público para explicar los entresijos del sistema educativo desde una perspectiva de clase.

En el informe se ve una clara tendencia desigual entre los universitarios. ¿A qué se debe?

El estudio está basado en encuestas a estudiantes que explican cuestiones como qué estudian, de dónde proceden o cómo han llegado a la universidad. Esclarecer el motivo de esa exclusión es complicado, pues no hay una respuesta clara sobre si el proceso de exclusión se produce en la universidad o es anterior, aunque todo apunta a que ambas circunstancias son compatibles.

Lo que sí está claro es que no todo el mundo puede asumir la universidad como posibilidad porque la parte fundamental de la financiación viene de las familias. Hay un efecto previo evidente.

¿En qué consiste ese efecto previo?

El proceso de segregación es progresivo y empieza muy temprano, mucho antes de entrar a la universidad. Ya en los estudios secundarios hay estilos de dedicación a los estudios que son distintos en función de las familias. No podemos atribuir la decisión de dedicar más o menos horas al estudio al capricho, al interés o una determinada vocación, porque es el contexto lo que genera eso. Por ejemplo, hemos observado que cada vez hay más estudiantes que compatibilizan estudio con trabajo desde secundaria y ahí hay una gran diferencia según origen social.

De todos modos, no es una cuestión que hayamos podido trabajar en este estudio, porque manejamos datos desde el momento en el que entran en la universidad. Lo ideal sería hacer una trayectoria vital desde que alguien tiene cinco años para saber paso a paso cuáles son sus decisiones. Son un tipo de estudios que no abundan porque no son fáciles: puedes tardar 15 años en sacar conclusiones.

El sistema educativo se suele ver como un corrector de desigualdades, sobre todo a través de la metáfora del ascensor social. En su estudio, en cambio, se ve que también es una forma de reproducirlas. ¿Qué falla en el sistema educativo para que eso siga ocurriendo en 2020?

Aquí juegan muchísimos elementos, como las cuestiones sociológicas y culturales. No todas las familias tienen la misma opinión sobre la importancia que tiene estudiar, y esa opinión se acaba transmitiendo a los hijos. Según los datos que manejamos, el porcentaje de estudiantes que escogen estudios universitarios varía en función del nivel de estudios que tienen las madres, que tienen mucha más incidencia que los padres. También está comprobado que cuando un niño ve muchos libros en casa influye directamente en su percepción de la educación superior.

Pero en esos aspectos culturales hay un componente económico muy importante. La idea de que la educación sirva para equilibrar desigualdades previas solo funciona si el estudiante realmente puede tener las mismas oportunidades, y eso pasa por la capacidad económica.

Esto está relacionado con lo que llamamos el coste de oportunidad: si decides hacer algo, no solo tienes que asumir el coste, también aquello a lo que renuncias. En este caso, cuando una persona opta por cursar estudios superiores renuncia a los ingresos que tendría si estuviera trabajando. En otras palabras: estás cuatro años estudiando, comiendo y pagando un piso sin aportar nada a la familia.

Cuando se pasa la etapa obligatoria, las familias no calculan esto explícitamente, pero es algo que está más presente a medida que el entorno económico es menos favorable. Si la familia tiene muchos recursos, el coste de oportunidad nunca pesa.

Las becas universitarias se idearon como una forma de parchear esa desigualdad de origen, pero no parece que estén sirviendo para frenar esa exclusión previa. ¿Cómo se para esa rueda?

Para que todos tengan las mismas oportunidades se tienen que poner medios para compensar el coste de oportunidad. Si la decisión dependiera de cuánto va a costar la matrícula, la solución sería bajar el precio, pero el problema es que no se plantea la influencia de todo ese contexto social, cultural y familiar.

En el estudio argumentamos a favor de un tipo de becas o ayudas que se parezcan a lo que fueron las becas salario, que tuvieron muy poca duración. Si uno quiere hacer eso, y somos conscientes de que es muy complicado llevarlo a cabo socialmente, habría que encontrar la posibilidad de que el estudiante pudiera financiar sus estudios a través de una ayuda para mantenerse completamente durante ese periodo. Hay que plantearse modelos nuevos.

En 2012 se cambió el sistema de becas, que dejó de lado criterios socioeconómicos: el primer filtrado era en base a resultados académicos, que se endurecieron en la reforma. ¿Qué influencia ha tenido?

He trabajado con los datos de acceso a la universidad del sistema catalán, y en 2012, cuando cambian las condiciones, se acelera el proceso por el que la proporción de estudiantes de origen humilde no es que no aumente, como venía ocurriendo, sino que disminuye. Todo apunta a que ese cambio fue muy importante, pero no podemos cuantificarlo porque no tenemos forma de preguntarle al estudiante qué habría hecho en otra situación.

Es complicado distinguir en qué medida influyó ese cambio o si era el mero impacto de la crisis en la economía de las familias. Ahí hay otra cuestión y es la reducción de las perspectivas laborales de los universitarios. Antes, quien se titulaba encontraba trabajo enseguida y con mejores condiciones, pero la promesa de futuros ingresos es menos probable ahora.

Pongamos el caso de alguien de clase trabajadora que consigue una beca y se puede permitir acudir a la universidad, ¿tiene las mismas facilidades de acceso al empleo?

Al salir de la universidad, un elemento muy importante para encontrar trabajo son los contactos de conocidos, sobre todo familiares. La forma de encontrar empleo sigue dependiendo mucho de contactos personales y poco de convocatorias públicas o agencias de colocación. Es algo estudiado a nivel sociológico, pero también difícil de cuantificar de forma concreta, aunque las teorías apuntan en la misma dirección que los datos de los que disponemos.

Un ejemplo es que la proporción de estudiantes que acceden a movilidad internacional, que entre las familias de clase alta y baja es del doble, a pesar de que en las convocatorias de movilidad internacional, como son las becas Erasmus, no imponen ninguna condición o pago específico. Ahí lo que pesa es que las familias tengan recursos que faciliten que los hijos puedan estudiar en otro país durante unos meses.

Además, se está empezando a ver que el origen social también predestina el tipo de carrera: los más pobres suelen estudiar carreras de letras, que no son los más exigentes, pero que tampoco ofrecen luego los trabajos más remunerados.

Es una cuestión muy interesante que aún se tiene que estudiar a fondo. Hace unos años se hicieron varias investigaciones que demostraban que las titulaciones más cortas, como eran las diplomaturas, las escogían aquellos con un origen social más humilde, pero ahora ya no se puede medir porque todo son grados con la misma duración.

También se ha visto muy claro entre hombres y mujeres, que toman decisiones muy distintas. A pesar de todas las políticas que se llevan a cabo para reducir las brechas de género, las cuestiones culturales hacen que se escojan titulaciones que perpetúan ciertos patrones. Por tanto, si sucede con el género, sucede también con otros aspectos.

Está claro que, por citar un ejemplo habitual, los hijos de médicos se matriculan más en Medicina que los que no son hijos de médicos. En las familias donde los padres tienen estudios universitarios, los hijos escogen estudios similares, aunque cada vez menos. Eso se debe a que las profesiones están cambiando mucho y hay muchas dedicaciones que no existían en la generación anterior.

Si se mira la evolución del sistema educativo en los últimos 20 años, ¿diría que estamos mejor o peor?

Si miramos hace 20 años seguramente aún estamos mejor, porque hace bastante tiempo. Pero más que esclarecer si estamos mejor o peor, habría que comparar con cómo podríamos estar… Y lo que vemos en nuestro trabajo es que en la última década podríamos estar mejor que lo que estamos. Hemos perdido capacidad de mejora porque veníamos de una progresión clara y hemos parado. En los años 90 hubo un proceso por el cual mucha gente fue incorporándose a la universidad, pero la crisis de 2008 rompió radicalmente esa tendencia.

Estamos en un momento de cambio económico muy importante, y las estadísticas de empleo muestran cambios profundos a todos los niveles, como el salarial o de temporalidad, que implican una segregación clara a partir de cierto nivel de estudios. Si no se consigue parar esa progresión, será muy doloroso porque generará un impacto muy fuerte en las próximas generaciones. No me atrevería a decir que estamos peor, pero sí que es una lástima haber perdido esa capacidad de mejora.