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La amenaza del auge ultraderechista resucita en Francia

La líder del partido xenófobo Frente Nacional, Marine Le Pen, ha conseguido naturalizar su discurso para buena parte del electorado galo

LUCÍA VILLA

Todos los sondeos, en la víspera de los comicios, dan por imposible que Marine Le Pen pase a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Y nadie, mucho menos, ve al ultraderechista Frente Nacional (FN) como una opción real de gobierno para Francia. Pero su previsible fracaso (nada es seguro en un país con casi un 20% de votantes indecisos) puede tomarse como relativo, si se tiene en cuenta que está cerca de lograr el mayor número de simpatizantes en la historia del partido xenófobo.

En una encuesta de TNS Sofres realizada en enero para Le Monde, Canal + y France Info, más de un tercio de los franceses se mostraba "de acuerdo" con las ideas de Le Pen. Si en 1999 los que se declaraban completamente en contra de su ideario de extrema derecha eran el 70%, hoy esa cifra ha descendido de manera considerable hasta representar sólo el 35% de la población.

¿Por qué Francia es cercana a un personaje ultra como Marine Le Pen? "Lo que tiene es carisma. Tiene esa manera sinvergüenza de su padre, propia de la extrema derecha, pero ella cae mejor. Es menos repelente. El electorado de la derecha es totalmente alérgico a su padre. Su hija no provoca ese rechazo. Hasta los de la izquierda dicen que tiene un toque majo", afirma Cécile Thibaud, corresponsal de L'Express en España.

Pero aunque la líder frentista lograra colarse en la primera vuelta (como ya ocurrió con su padre en 2002) su mayor éxito reside en realidad en haber conseguido naturalizar el discurso de la extrema derecha. "Está moderando mucho su mensaje desde el punto de vista formal y ha abandonado muchos símbolos de su padre, lo que le causa algunos problemas internos con gente del partido que no lo ve con buenos ojos, pero le da mucha legitimidad de cara al público en general. Había gente que se sentía atraída pero que no soportaba el hecho de que se negara el Holocausto y ella, de algún modo, está introduciendo su discurso dentro del ámbito democrático. Está pasando de ser extrema derecha a ser simplemente populista", asegura el comunicólogo Toni Ramoneda.

Un tercio de los franceses dijo estar "de acuerdo" con las ideas de la extrema derecha

Cuando el fundador del partido y padre de la actual candidata, Jean-Marie Le Pen, consiguió saltar por sorpresa a la primera línea de juego en las presidenciales de 2002, provocó el estupor de una sociedad sobre la que todavía planeaban los fantasmas de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. En aquella ocasión, la reacción fue casi unánime y Jacques Chirac venció en la segunda vuelta con una rotundidad aplastante: el 82% de los votos.

Si la situación se repitiera este domingo, Ramoneda está convencido de que la respuesta del electorado no sería tan abrumadora: "Si pasase Le Pen la sociedad lo vería como algo menos dramático, lo convertiría en algo más normal, lo cual es de por sí mucho más dramático en realidad".

Sus premisas electorales son un férreo nacionalismo frente a la Unión Europea, seguridad, proteccionismo y un marcado carácter xenófobo que le ha llevado a ser investigada por un presunto delito de "incitación al odio racial" por unas declaraciones en las que comparó los rezos de la comunidad musulmana en las calles con una "ocupación en toda regla" y un "acaparamiento del territorio".

La líder frentista cuenta con las simpatías de un 28% del electorado joven

Pero pese a que Le Pen es quien encabeza este discurso, ¿es de por sí suficiente para que haya generado las simpatías de las que goza entre ciertos sectores de la población? "Le Pen habla como mucha gente aquí. Ella no lo ha creado, aquí hay mucho racismo y ella sólo se aprovecha. Lo ha sabido hacer bien en ese sentido", dice Rafa Cereceda, periodista español de Euronews en Lyon. "Trajeron a los inmigrantes que les ha parecido y que hacían falta en los años 70, pero al mismo tiempo crearon guetos de los que es imposible salir. Eso genera una tensión que se está cocinando desde hace treinta años, provoca rechazo por ambas partes y se convierte en un círculo vicioso", añade.

Ramoneda apunta además al discurso de la derecha de Sarkozy en este sentido, que ha permitido esa aceptación y "legitimación" del ultraderechismo en Francia. "Hay muchos temas que han entrado en el debate público, que eran temas que antes sólo trataba la extrema derecha y que ahora se tratan abiertamente por parte de todos".

Le Pen está siendo investigada por un presunto delito de "incitación al odio racial"

Aún así, lo cierto es que Marine Le Pen ha conseguido hacerse con el electorado de los barrios obreros, arrebatar buena parte del voto rural muy afín a Chirac y que Sarkozy no ha sabido conservar y despertar las simpatías de un 28% de los jóvenes, que ven en su discurso antieuropeísta un llamado a la rebelión. Un electorado que muchas veces permanecía escondido bajo el voto oculto por vergüenza o temor a expresar inclinación hacia la extrema derecha y que ahora revive sin complejos: "Si se produce un fenómeno de este tipo se daría más con Sarkoozy que con Le Pen. El voto de Le Pen está mucho más asumido, poca gente tiene miedo a decirlo, está menos diabolizado que hace cuatro años, pero la gente se esconde más de decir que volverá a votar a Sarkozy", explica Ramoneda.

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