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Este anarquista 'queer' hizo ondear una gran bandera LGTBI entre las ruinas de la capital del Estado Islámico

Un voluntario 'greco-kurdo-americano' que combatía contra el Daesh en Raqqa decidió en julio de 2017 izar una gran bandera del arcoíris frente a los yihadistas para hacer mella en su moral. 

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La pancarta confeccionada por Agit, el barcelonés Siwan y otros anarquistas, situada en el corazón de Raqqa junto a la bandera LGTBI

Nos vieron en Suleymania (Kurdistán de Irak); junto a la entrada del hotel donde los voluntarios extranjeros aguardaban –a veces, incluso semanas– a recibir la orden de cruzar el río Tigris por la noche para unirse a las YPG, las milicias kurdas que combatían en Rojava contra el Daesh. Sabían que nos moríamos –como todos los reporteros– por ponerle rostro a esa supuesta subunidad de anarquistas queer, conocida como Tqila, de la que había hablado todo el planeta tras darse a conocer la foto en la que aparecían en el corazón de Raqqa –a unos cientos de metros de donde se ocultaba muy probablemente Al Bagdadí– junto a la bandera del arcoíris y una gran pancarta donde podía leerse en inglés: "Estos maricones matan fascistas" ["These faggots kill fascists"].

La puesta en escena fue perfecta, y la instantánea se hizo viral en tan sólo unos días. La entrevista que realizó Newsweek al líder de Tqila tuvo que ver con ello, pero el empujón definitivo se lo dio Ricky Martin al retuitear la foto. A partir de ese momento, cientos de medios de todo el planeta –los mismos que llevaban años ignorando a los anarquistas que combatían en Rojava– comenzaron a indagar con la esperanza de identificar a esa milicia de "maricones" ["faggots"] que habían tenido la osadía de hacer ondear la enseña LGBT a sólo unas manzanas de donde se apostaban los francotiradores del DAESH, para entonces ya en sus horas bajas. Nadie logró ir nunca más allá de lo que mostraba ya per se la foto, ni penetrar en su sentido último.

A la Prensa ni agua

Nos vieron, en efecto, algunos días después de aquel verano de 2017 en que se divulgó la foto comprando algo de fruta a pocos metros de un conocido hotel kurdo de la guerrilla y aunque nos reconocieron, se zafaron de estos periodistas porque tan pronto como su acción se hizo viral decidieron darle con la puerta en las narices a la prensa, a toda la prensa. Y ello nos incluía a nosotros, que durante los días precedentes habíamos mantenido largas conversaciones por el Riot hablando de su agudo sentido de la “propaganda por el hecho” y de la implicación emocional de los comunistas libertarios con ese proyecto político que apadrinaban los kurdos de Rojava, en parejo con la guerra que libraban contra el Daesh. Todo el mundo creía tener derecho a aquella historia y el deber de contarla. Lo ocurrido era fascinante, imposible de archivar como si fuera un caso no resuelto.

Hubieron de pasar dos años para que recibiéramos un lacónico mensaje de whatsapp que volvía a abrir las puertas de aquel episodio de la reconquista de Raqqa que nadie había olvidado: "Os vimos y os reconocimos. Sabíamos quiénes erais. Hemos leído vuestros reportajes. Pero no estábamos preparados todavía para mostrar la cara. Ahora sí”. Lo firmaba un miliciano con un teléfono estadounidense que se hacía llamar Agit ("héroe", en kurdo). Tenía en los tiempos en que sirvió en Raqqa 28 años, dos menos que ahora.

¿Quién, cómo, cuándo, por qué?

Transcurrida una semana, supimos que detrás de ese nom de guerre había un antiguo comandante del IRPGF, una unidad de voluntarios internacionales de las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF), un greco-kurdo-americano crecido en Massachussets que sirvió en Raqqa varios meses junto a otros camaradas anarquistas y algunos comunistas de un grupo conocido como Tikko (el PC-ML turco).

Con el tiempo, nos enteramos también de que nunca existió ninguna armada 'queer'. Sólo fue un golpe de efecto.

Agit, líder de la milicia queer Tqila que plantó la pancarta de 'estos maricones matan fascistas', fotografiado tras su regreso a Atenas. (Público)

Fue Agit quien ideó la acción. Más tarde la puso en escena con la ayuda del resto de los milicianos. Entre ellos había gays, lesbianas, queer y heterosexuales. Uno de los miembros del grupo era un anarquista barcelonés conocido como Siwan que también sirvió en Rojava.

Un diario español -el suplemento Crónica de El Mundo- mostró por primera vez en el planeta el rostro del comunista libertario que había concebido y enarbolado la bandera. Agit aparecía junto a una nueva versión de la pancarta en la que había traducido al castellano la famosa frase de Raqqa.

Estos días hemos vuelto a hablar con el protagonista de aquella especie de atentado simbólico contra la moral de los 'yihadis' para conocer, no sólo los detalles de cuanto ocurrió, sino su visión de una experiencia –el proyecto político de Rojava–, a menudo mitificada por los movimientos progresistas de Occidente, cuando no completamente silenciada. Hace ya más de dos años que abandonó el norte de Siria y ahora vive a caballo de Atenas, Bruselas y Estados Unidos; entre comuna y asamblea; entre minorías, comunidades y proyectos políticos. Lleva la revolución en su ADN mestizo.

Promesa rota

“Todo comenzó de la forma más tonta. Un año antes de que lleváramos a cabo la acción, se había anunciado en una página oficial de Twitter gestionada por las milicias kurdas [YPG] que una vez se derrotara al Daesh, planeaban hacer ondear una bandera del arcoiris en la ciudad. Pero por algún motivo, el comentario desapareció de forma misteriosa. Se olvidaron de aquello por no crear problemas con los grupos tribales árabes que combatían junto a los kurdos, en las filas del SDF”, nos cuenta Agit.

"Somos 'queer' radicales pero también podemos combatir. Que os jodan"

“A nosotros, sin embargo, no se nos olvidó, y yo personalmente me sentí llamado a tomar el testigo de aquella sugerencia”, recuerda. “La idea no era hacer visible algún tipo de proclama homonacionalista sino declarar una guerra psicológica contra el Estado Islámico y transmitirles una idea bastante sencilla que socavaría su moral y sus principios: «Somos queer radicales pero también podemos combatir. Que os jodan»”.

Además, el proyecto de Rojava hacía hincapié en la lucha feminista y Agit, como greco-kurdo-americano de origen iraní, se creyó investido con el derecho de introducir el asunto de las identidades de género. “El Estado Islámico tenía a los homosexuales en su punto de mira, de modo que aquello fue una especie de desquite, nuestra particular vendetta visual. Por supuesto, todo aquello nos creó grandes problemas con los mandos kurdos. Nos expulsaron del frente de Raqqa e incluso nos obligaron a escribir una disculpa colectiva que personalmente no firmé”.

Hecha a mano

La pancarta fue diseñada en uno de esos bloques de apartamentos a los que se accedía entre cascotes y polvorientas botellas vacías de agua, que situaban junto a los umbrales para escuchar a sus insidiosos enemigos. Lo habían tomado algunos días antes.

Tuvieron que fabricar a mano las franjas de colores del arcoiris. La enseña de los homosexuales no era la clase de objeto que uno podía hallar en los colmados del califato que dejaban tras de sí los asesinos islamistas. Hubiera sido más fácil encontrar preservativos o, por supuesto, un kilo de la heroína o la metanfetamina de las que echaban mano para hacer más llevaderos sus martirios. “La foto se hizo a toda prisa”, recuerda Agit. “A unas pocas manzanas quedaban todavía francotiradores del DAESH y estábamos en su línea de tiro. Ondeó sólo unos minutos pero fue más que suficiente para conseguir el impacto que perseguíamos y que medios de todo el mundo –españoles, británicos, alemanes– le dedicaran grandes titulares”.

"Yo jamás me disculpé. No había por qué hacerlo"

Incluso el comandante en jefe kurdo de la Fuerzas Democráticas de Siria les cursó una visita personal para regalarles una reprimenda. Los progresistas de las SDF no estaban preparados para tanto progresismo. “Yo jamás me disculpé. No había por qué hacerlo. Pero toda aquella experiencia fue muy interesante porque puso de manifiesto algunas de las contradicciones que caracterizan al proceder político de los kurdos de Turquía y Siria”.

“La gente de Oriente Medio es muy conservadora, y eso es algo que no todo el mundo en Occidente entiende”, nos dice Agit. Así, por ejemplo, el PKK de los kurdos de Anatolia, una milicia a menudo venerada por los izquierdistas europeos, “está todavía en contra de la homosexualidad. Son tremendamente retrógados con los no homosexuales. Puedes ser expulsado, de hecho, por ser gay, lo que contrasta con la actitud abierta hacia las diferentes identidades de género de otros grupos comunistas kurdos como el MLKP. Tikko se halla incluso abierto a los transgénero”.

Monjes de las montañas

“Yo suelo referirme a los guerrilleros del PKK como 'monjes de las montañas'”, ironiza Agit. “Me recuerdan a una especie de templarios medievales; a los clásicos monjes guerreros. Tienen prohibido mantener relaciones sexuales, y si las tienen y se descubren, son sometidos a un tecmil [juicio-asamblea] y afrontan serios problemas, especialmente si las relaciones son de naturaleza homosexual o lésbica. Nosotros los anarquistas tratamos de trabajar con las sociedades locales e intentamos abrir un centro de juventud, pero al igual que el resto de nuestras propuestas se rechazó la idea. Insistían una y otra vez en que la sociedad es muy conservadora y cualquiera de nuestros intentos de sensibilización sería perjudicial para la revolución”.

"Los guerrilleros del PKK me recuerda a una especie de templarios medievales"

El caso más paradigmático de la visión superficial que tienen los y las occidentales de lo que ocurre en Kurdistán es, en su opinión, el de la revolución de las mujeres. “Se han dedicado cien mil reportajes a esas amazonas y se las retrataba como adalides del feminismo cuando en realidad su visión es absolutamente conservadora. Tienen unidades y mandos separados, a diferencia de Occidente. Es como una de estas sociedades socialistas en las que todo el mundo tiene que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer. De lo que hablamos es de un conservadurismo soterrado bajo una pátina de feminismo reaccionario. Aun así, todos coincidiamos en que se estaban realizando grandes avances en ese entorno geopolítico respecto a la situación precedente y en que merecían nuestro apoyo, incluso a pesar de que lucharan mano a mano con los imperialistas norteamericanos”, precisa el greco-americano.

El conservadurismo al que Agit se refiere explica, en parte, la reacción de los mandos kurdos, y la contradicción entre el aparante progresismo de su proyecto político y el tradicionalismo de su conducta colectiva. “Mucha gente común se alegró en privado de lo que hicimos en Raqqa pero los oficiales de las SDF no podían enfrentarse abiertamente a toda esa población que hasta hace cuatro días vivía bajo el yugo del Estado Islámico. Curiosamente, fueron las chicas de la milicia las que más nos entendieron y apoyaron cuando fuimos abroncados y expulsados de ese frente. Mostraron simpatía y complicidad con lo que habíamos hecho. También tuvimos problemas con gente de la Alt Righ que combatía en las filas kurdas y a las que no hizo muy felices nuestra acción”.

A la derecha, Siwan, el barcelonés que colaboró en la confección de la pancarta

Nada de anarquistas

A juzgar por lo que dice Agit, son muchos los equívocos que ha extendido la prensa en relación a lo ocurrido en la zona del norte de Siria que controlan los kurdos. Y el supuesto 'filoanarquismo' de los mandos de Rojava no es el menor de ellos. “Fíjate —confiesa— que yo me identifico como comunista libertario. Rojava ha sido idealizada en todo ese entorno y todo lo que puedo decirte es que quien crea que es un proyecto político de naturaleza anarquista inscrito en un contexto capitalista es que es idiota”.

"Después del colapso de la URSS, el PKK sufrió una crisis de identidad y tuvo que reemplazar el estalinismo por algo diferente"

Ni sus raíces kurdas, ni su implicación emocional y personal con el proyecto de Rojava impiden que Agit se refiera a su experiencia sin censuras. “Después del colapso de la URSS, el PKK sufrió una crisis de identidad y tuvo que reemplazar el estalinismo por algo diferente. Lo que hizo fue tomar una decisión táctica muy pragmática que consistió en bascular hacia la vertiente libertaria del confederalismo que encarnaba Murray Bookchin”, sostiene el inventor de Tqila.

“Sin embargo, tanto el PKK kurdo de Turquía como el PYD de Siria conservan –especialmente entre sus cadros (suboficiales)– esa vieja mentalidad estalinista. Su proyecto tiene características revolucionarias pero no anarquistas. A los milicianos de IRPGF [la subunidad anarquista] se nos impidió crear una especie de centro operativo, lo que explica la desbandada posterior. Es cierto que coincidamos en algunas cosas con maoístas o trotskistas. Pero Rojava ha sido sólo un frente popular contra el Daesh y el fascismo turco. Hay que entender, por otro lado, que los comunistas libertarios no teníamos armas. Éstas estaban en manos del PKK, el PYD y otros partidos de su entorno. Ni ellos nos necesitaban ni nosotros teníamos elección”.

Al decir de Agit, Oriente Medio es un mundo de contradicciones. “De una parte, hay una visible represión de las distintas expresiones sexuales y de otro, uno puede ver a los chavales de Dahok o Erbil paseando de la mano porque la conducta homoerótica está muy aceptada. Hay tribunales de la Sharia que incluso permiten las relaciones homosexuales. Son cosas inevitables en todas las sociedades donde hay segregación de sexos”.