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Atentados 11-S Lo que ha cambiado en Oriente Próximo desde el 11-S

En el vigésimo aniversario del 11-S en Oriente Próximo la irrupción de las primaveras árabes, de claro tinte islamista, se ha sustituido por el aplastamiento del islam político, poniéndose fin a los experimentos democráticos. En el escenario actual los países más conservadores cuentan con respaldo occidental para desbaratar cualquier iniciativa islamista por moderada que sea.

Lo que ha cambiado en Oriente Próximo desde el 11-S
Imagen de personas manifestando en el decimo aniversario de la Primera arabé. AHMAD AL-BASHA / AFP

El 12 de septiembre de 2001, un día después de los atentados, los aliados de la OTAN activaron la cláusula de defensa común por primera vez en la historia de la alianza. Declararon la guerra a los talibanes afganos, pues todo indicaba que los atentados se habían concebido y orquestado en remotas montañas de Afganistán.

Desde entonces Oriente Próximo ha experimentado seísmos que continúan a día de hoy, y que con toda seguridad no serán los últimos. La presencia de fuerzas occidentales no contribuyó a la estabilidad de la zona y veinte años después los americanos han sacado a sus últimos soldados de Afganistán. En Irak, donde llegaron a desplegar más de 150.000 efectivos, solo quedan unos 2.500.

El objetivo declarado del presidente George Bush era la lucha contra el terrorismo, pero durante estas dos décadas se ha asistido a un auge terrorista que rebasó las fronteras de Oriente Próximo para llegar a los lugares más emblemáticos de Occidente, especialmente Europa, con un balance de cientos de civiles muertos.

Las organizaciones yihadistas han crecido en contra de lo que pretendía Bush. La expansión ha llegado incluso a lugares de África donde hasta entonces habían jugado un papel secundario y aislado. Es difícil determinar si tal expansión se debe a la intervención de EEUU en Oriente Próximo, aunque algunos grupos terroristas africanos han tomado la franquicia de Al Qaeda y el Estado Islámico.

El acontecimiento más destacado de la época fueron las llamadas primaveras árabes, que derribaron a autócratas y visibilizaron el islam político. En febrero de 2011 Hosni Mubarak fue derrocado por unas impresionantes protestas. Mubarak se encomendó a Barack Obama pero el presidente americano deliberadamente no intervino para salvarlo al considerar que la democracia llamaba con urgencia a las puertas del mundo árabe.

En los agitados meses que siguieron, los islamistas se hicieron con el poder. Las urnas se inclinaban con claridad en esa dirección y parecía que por primera vez el islam político tendría la posibilidad de gobernar, algo que sembró inquietud en la totalidad de los países árabes y en Occidente. Poco después el general Abdel Fattah al Sisi rectificó la tendencia dando un golpe de estado.

En Occidente hubo algunas protestas verbales, pero se consideró que un presidente militar ofrecía más garantías que los islamistas, cuyo sentido de la justicia no concordaba con los intereses occidentales. Hoy, el gobierno de Sisi está consolidado y con mano férrea mantiene a raya a los islamistas, con un alto coste en materia de derechos humanos.

El islam político no ha podido desarrollar ninguna política hasta ahora, y no parece que vaya a hacerlo en el futuro.

Los procesos de otros países, más o menos sangrientos, fueron similares. El último caso, Túnez, ha asistido este verano a un golpe mediante el que el presidente constitucional, con poderes limitados, se ha atribuido todos los poderes y ha apartado del gobierno a los islamistas de Ennahda.

La intervención extranjera, más o menos solapada o abierta, ha estado presente en casi todos los países con primavera. El resultado es que el islam político no ha podido desarrollar ninguna política hasta ahora, y no parece probable que vaya a hacerlo en el futuro próximo.

En Egipto y Túnez se podían haber aplicado las doctrinas de los Hermanos Musulmanes, mucho más moderadas que las de los fundamentalistas talibanes, pero se dejó pasar la ocasión por temor a lo desconocido, miedo que compartían las clases privilegiadas y los occidentales. Se perdió la oportunidad de dar a los musulmanes el espacio político que reclamaban y el experimento no llegó a cuajar.

Es difícil anticipar si las presentes autocracias durarán mucho tiempo. A día de hoy Sisi parece estar bien asentado y ejerce un control muy estrecho sobre los islamistas. Las detenciones son cotidianas y la represión constituye la única vía de mantener al gobierno.

Siria es un país destrozado por una cruenta guerra civil en la que Occidente y las potencias de la región se implicaron hasta el cuello. Tras los espejismos iniciales saludados con fruición, la evolución de la guerra dejó claro que el gobierno combatía básicamente contra elementos yihadistas mucho más radicales que los Hermanos Musulmanes egipcios, bien armados y financiados por potencias regionales y occidentales.

En los últimos años la guerra contra el islam político se ha recrudecido. Allí donde se han necesitado, las armas han entrado en el campo de batalla, pero en esos mismos países o en otros donde no se ha llegado a las armas, como Túnez, la injerencia extranjera ha sido bien visible.

En el nuevo teatro, el país más activo son los Emiratos Árabes Unidos, que guiados por el príncipe Mohammed bin Zayed se han convertido en el azote del islam político allí donde este surge. Bin Zayed cuenta con el respaldo de países como Egipto o Arabia Saudí, y ha establecido una estrecha alianza con Israel en la lucha contra cualquier forma de islam político.

La cuestión es que el aplastamiento del islam político, que poco tiene que ver con el fundamentalismo talibán, está ocurriendo por todas partes. Pero lo que no puede saberse es si resurgirá en un futuro cercano, algo que dependerá del comportamiento de los autócratas y del nivel de represión que apliquen.

En el veinte aniversario del 11-S, la inestabilidad en Oriente Próximo está garantizada.

El ascendiente de EEUU en la región sigue siendo determinante y todavía es pronto para hablar de una amenaza exterior a su hegemonía, puesto que China apenas ha comenzado a introducirse económica y comercialmente y la presencia de Rusia en Siria y Libia no representa una auténtica amenaza para los sistemas autoritarios bendecidos por Washington.

En el veinte aniversario del 11-S, la inestabilidad en Oriente Próximo está garantizada. Los palestinos, que siempre salen perdiendo, están mucho peor que en 2001, y está claro que los occidentales no quieren experimentos de ningún tipo, de ahí que hayan apoyado las contrarrevoluciones y sostengan a los dictadores. Estos les evitan sobresaltos y todo marcha mucho mejor para un Occidente que prefiere no hacerse preguntas sobre el futuro.

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