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Chile La marcha más multitudinaria de Chile cierra la semana de movilizaciones que ha cambiado al país

Más de 1,2 millones de personas salen a la calle pacíficamente para expresar su malestar y descontento contra el Gobierno.

Manifestantes se reúnen este viernes para pedir la renuncia del presidente chileno, Sebastián Piñera, en los alrededores de la Plaza Italia de Santiago. / EFE/ Fernando Bizerra Jr

El 25 de octubre será recordado en Chile. Una fecha histórica en medio de un momento histórico. Más de 1,2 millones de personas, según cifras oficiales, marcharon este viernes por Santiago en una protesta autoconvocada que se bautizó en las redes como "la marcha más grande de Chile". Y así ha sido. Se convirtió en la mayor concentración registrada en el país sudamericano desde el retorno a la democracia en 1990.

La Plaza Italia, punto inicial de la convocatoria en pleno centro de la ciudad, quedó desbordada horas antes del inicio de la manifestación, prevista para las 5 de la tarde. La Alameda, la principal avenida de la capital, quedó rápidamente colapsada de manifestantes, que prácticamente no podían avanzar, lo que trasladó la protesta a las calles colindantes.

Familias completas, jóvenes, estudiantes, artistas, académicos, feministas, personas mayores, aficiones de fútbol, moteros, conductores de autobuses, taxistas, extranjeros, comparsas… sin líderes ni portavoces. Todos participaron en la manifestación pacífica, que se replicó a todo el país, y que casi de forma atípica en Chile congregó gente de todas las edades y clases sociales. La transversalidad sobresalió en un movimiento en pura efervescencia.

"Hasta que la dignidad sea costumbre", "La revolución me quitó la depresión", "Chile despertó", "No estamos en guerra". Los manifestantes se expresaron en cientos de mensajes que exhibían al ritmo de la protesta: ahora saltar, ahora agacharse, ahora bailar. Una suerte de carnaval festivo y eufórico lleno de reivindicaciones, observado de cerca por los helicópteros militares que sobrevolaban la zona. Las consignas más aclamadas rechazaban el despliegue de los soldados en la calle y reclamaban la dimisión del presidente: "¡Piñera, escucha, ándate a la chucha!", coreaban los participantes. Pero también se escucharon cánticos en contra de los privilegios de la élite, la precarización de la vida de la gente y a favor de cambios estructurales en los sistemas de pensiones, educación o salud.

El presidente Sebastián Piñera reaccionó por Twitter ante la masiva convocatoria: "La multitudinaria, alegre y pacífica marcha, en la que los chilenos piden un Chile más justo y solidario, abre grandes caminos de futuro y esperanza. Todos hemos escuchado el mensaje. Todos hemos cambiado. Con unidad y ayuda de Dios, recorreremos el camino a ese Chile mejor para todos", publicó.

Torpe manejo político

Ha pasado una semana desde que empezó el estallido social que ha sumido a Chile en una crisis política y social que todavía no tiene respuesta, ni tan solo al corto plazo. La ciudadanía lleva siete días viviendo en situación de estado de emergencia y bajo toque de queda –acortado en un par de horas durante los últimos días. Una semana en la que los acontecimientos se han sucedido vertiginosamente: protestas, represión, muertos, denuncias de vulneraciones de los derechos humanos, declaraciones polémicas y comparecencias rimbombantes.

Sin embargo, el presidente ha limitado su protagonismo a cuatro momentos clave: la revocación del alza del transporte público –que fue la mecha que prendió el movimiento; una cuestionada declaración afirmando que "estamos en guerra", que ha sido muy contestada desde la calle; la propuesta de una "nueva agenda social", calificada de "insuficiente" por la mayoría de la oposición; y la convocatoria de un diálogo con todos los actores políticos de la cual se restó parte importante de la oposición como el Partido Socialista, el Partido Comunista y la coalición de izquierda Frente Amplio.

El torpe manejo de la crisis del Ejecutivo ha reflejado una falta de capacidad de interlocución y liderazgo y una consecución de decisiones erróneas que han ido profundizando la crisis con el paso de los días. Los rumores de las últimas horas apuntan a un cambio de gabinete presidencial, pero la duda es si la calle quedaría satisfecha con esa medida. La demanda de una nueva Constitución que sustituya la de 1980, diseñada e implementada bajo la dictadura de Pinochet, ha reflotado. La oposición ha presentado una propuesta para convocar un plebiscito vinculante para elaborar una nueva Carta Magna. Avanzar hacia esa posibilidad queda ahora en manos de Piñera.

La otra cara de la esperanza

Según las últimas informaciones oficiales 19 personas han muerto en el contexto de las movilizaciones. Sin embargo, a última hora se confirmaron al menos otras dos muertes que incrementarían la cifra de víctimas fatales. La sobreinformación que circula por las redes estos días, pero, dificulta el chequeo de los datos y la pronta actualización de los registros de heridos y fallecidos.

La Fiscalía confirmó la desaparición de 20 personas

El último informe publicado el viernes en la noche por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), que monitorea sobre el terreno las denuncias de vulneraciones a los derechos humanos, informa que 3.162 personas fueron detenidas, 343 de las cuales menores, y otras 1.000 quedaron heridas –más de 400 por armas de fuego. El organismo ha presentado un total de 80 acciones judiciales presentadas, 15 de ellas por violencia sexual. Además, la Fiscalía confirmó la desaparición de 20 personas.

Los abusos, la violencia militar y policial y la represión son la cara más triste y amarga del momento de esperanza que vive el país. También la imagen de una capital convulsionada: sin buena parte del transporte público operativo, establecimientos cerrados y destrozos y desperfectos en el espacio público y privado de toda la ciudad.

Este viernes la ilusión se apoderó de las calles y de cientos de miles de chilenos y chilenas, que sintieron por primera vez en décadas que algo puede cambiar. Para algunos, el momento que se vive es épico y merecedor de evocar el último discurso de Salvador Allende antes del bombardeo en La Moneda en 1973: "Mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas". Creen que quizás ese día llegó.

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