Los fantasmas de Irak regresan a EEUU: Trump obliga a elegir a los ayatolás entre sobrevivir o el programa nuclear
Después de entrar en el conflicto entre Tel Aviv y Teherán, Washington insiste en que no está "en guerra” con la República Islámica: "Esta misión no es sobre un cambio de régimen".

Antònia Crespí Ferrer
Washington DC--Actualizado a
Cuatro años después de que Estados Unidos retirara las últimas tropas de Irak, el miedo a que el país se vea arrastrado a una nueva guerra de larga duración en Oriente Medio vuelve a sacudir Washington. El lanzamiento de proyectiles GBU-57A en la madrugada del domingo contra las instalaciones nucleares de Fordó, Natanz e Isfahán supone la entrada directa de EEUU en la guerra entre Israel e Irán. El relato que ha utilizado el presidente Donald Trump para justificar la Operación Martillo de Medianoche resulta familiar al del 2003: atacar el país con el objetivo de lograr la paz y evitar que el régimen tenga supuestas armas de destrucción masiva -en este caso, nucleares-.
El argumento que ha dado la Casa Blanca para acabar tomando acciones militares contra Teherán es el avance del programa nuclear iraní y el posible desarrollo de armas nucleares por parte del régimen. "Nuestro objetivo era la destrucción de la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán y poner fin a la amenaza nuclear que representa el principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo", decía Trump la noche del sábado en una breve comparecencia después de anunciar que los cazas estadounidenses habían bombardeado.
A pesar de que el discurso oficial de la Administración Trump no menciona explícitamente las armas nucleares, se trata del subtexto que cimienta la justificación del ataque. El pasado mes de marzo, la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, afirmaba que "Irán no está construyendo un arma nuclear, y Jamenei no ha autorizado los programas nucleares que suspendió en 2003". Este domingo, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, no era capaz de dar una respuesta clara cuando ha sido confrontado con las palabras de su compañera de gobierno.
"El presidente lo ha dejado muy claro: ha analizado toda la información que tenemos y ha llegado a la conclusión de que el programa nuclear iraní es una amenaza", ha dicho Hegseth en una comparecencia desde el Pentágono. En 2003, el expresidente George W. Bush justificó la invasión de Irak con la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte del Gobierno de Sadam Huseín. Dichas armas de destrucción masiva nunca se llegaron a encontrar.
A diferencia de Irak, donde el objetivo era derrocar el régimen de Huseín, Washington ha asegurado que la finalidad de los ataques contra Irán no es poner fin al régimen de los ayatolás. Durante los últimos días Trump ya lo había dejado implícito en sus declaraciones contra el programa nuclear, y este domingo Hegseth lo verbalizaba: "Esta misión no ha sido —ni es— sobre un cambio de régimen". El presidente estadounidense habría enseñado los dientes a Irán con el objetivo de ponerlo ante la disyuntiva de tener que elegir entre la supervivencia del régimen o bien el programa nuclear. Ahora bien, la respuesta de Irán no se puede predecir.
Después de tomar acciones militares y cruzar una línea que tantos otros presidentes habían evitado a toda costa, la Administración Trump está reforzando la segunda parte del mensaje: el bombardeo es un aviso y no una declaración de guerra. "Esto no es una guerra contra Irán", decía el secretario de Estado, Marco Rubio, el domingo por la mañana en una entrevista en la Fox. "No estamos en guerra contra Irán, estamos en guerra contra el programa nuclear de Irán", afirmaba el vicepresidente JD Vance en otra entrevista paralela en la cadena ABC News. Igual que ya ha pasado con otros episodios domésticos, la Administración Trump adopta un discurso totalmente desconectado de sus acciones que roza la neolengua orwelliana.
Trump se ha embarcado en la jugada más peligrosa hasta la fecha dentro de sus escasos cinco meses de mandato. Se trata de un make or break, en la que el presidente apuesta por lograr poner fin al programa iraní a riesgo de arrastrar a Estados Unidos a una nueva guerra que amenaza con generar un efecto dominó a escala internacional. Rusia y China se han mostrado como los principales apoyos del régimen de los ayatolás, especialmente el Gobierno de Vladímir Putin. La intervención de Washington podría hacer que Moscú y Pekín sintieran la necesidad de responder.
En la narrativa para justificar la implicación de Washington en la guerra, Trump también ha obviado cómo Tel Aviv ha logrado arrastrar a su Administración hasta este escenario. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, había presionado a su homólogo para que tomara cartas en el asunto, ya que el ejército israelí no disponía de los B-2 necesarios para destruir la planta Fordó, que está construida bajo tierra. Solo Washington tenía la capacidad militar suficiente para lograr dañarla.
La mesa de negociación donde ahora el republicano quiere sentar a los ayatolás ya existía antes de que estallara el conflicto. Los misiles que Israel lanzó contra su vecino el pasado 13 de junio no solo hicieron saltar por los aires la región, sino que también dinamitaron la sexta ronda de conversaciones sobre el acuerdo nuclear entre Estados Unidos e Irán. En los últimos días, mientras el republicano mantenía la intriga sobre el posible ataque a Teherán, los ayatolás habían insistido en que solo se abrirían al diálogo si los israelíes paraban de lanzar mísiles.

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