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Las elecciones brasileñas: un país que camina hacia la extrema derecha

El ultraderechista Jair Bolsonaro, un exmilitar defensor de la dictadura, conocido por sus declaraciones homófobas racistas y misóginas, es el favorito de las elecciones presidenciales del domingo. Unos comicios marcados por la violencia y el discurso de odio hacia el Partido de los Trabajadores.

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Jair Bolsonaro, candidato presidencial en las elecciones de Brasil. | Rodolfo Buhrer / Reuters

Si no fuera por la gravedad de la situación a la que se enfrenta el gigante latinoamericano se podrían describir estas elecciones como excéntricas. Pero a pocas horas del primer turno electoral el adjetivo más adecuado sería el de inquietantes. Este domingo Brasil elige presidente de la República, 27 gobernadores, y a un Legislativo con 513 diputados y 54 senadores. Pero sobre todo, lo que se juega, es la fragilidad de su reciente democracia, amenazada por una ultraderecha militarista que ha conquistado a buena parte del país.

El ascenso del candidato ultraderechista, Jair Messias Bolsonaro (PSL), definido por The Economist como “la última amenaza para América Latina” parece imparable. Ni sus declaraciones homofóbas, misóginas y racistas. Ni su defensa de la dictadura o de la tortura como práctica policial. Tampoco sus amenazas de no aceptar ningún otro resultado que no sea él como ganador, han evitado que se convierta en el favorito de los brasileños con un 39% de intención de voto. Según la última encuesta del Ibope este excapitán del Ejército se colocaría directo en el segundo turno (28 de octubre). Algunos analistas hablan incluso de una victoria definitiva este domingo, pero los números hasta ahora no lo confirman.

Muy por detrás está el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, el elegido de Lula da Silva, con un 24%. Le sigue el candidato de centro izquierda, Ciro Gomes (PDT), que se postula como una tercera vía entre el radicalismo de derecha de Bolsonaro y la izquierda del PT. Gomes sería el único candidato que según las encuestas, en una segunda vuelta podría ganar con holgura al exmilitar. Pero en este primer turno, con un 11% de intención de voto, no parece que vaya a evitar que este domingo venzan los dos extremos de una sociedad polarizada: la ultraderecha militarista de Bolsonaro, y la izquierda representada por un Partido de los Trabajadores muy dañado por los escándalos de corrupción.

Decíamos excéntrica porque la campaña electoral arrancó con sus dos candidatos favoritos fuera de juego: uno en la cárcel, y el otro en el hospital. A finales de agosto Luiz Inácio Lula da Silva (PT) tenía el 41% de intención de voto, y se colocaba de lejos como el claro ganador de las presidenciales de este domingo. Pero estaba preso en Curitiba y condenado en segunda instancia a doce años y un mes por corrupción pasiva y lavado de dinero, tras un juicio polémico por sus irregularidades. Los abogados del exsindicalista no consiguieron el Habeas Corpus necesario para que continuara como candidato en libertad, a la espera de una sentencia definitiva en los tribunales superiores. El 31 de agosto el Tribunal Superior Electoral rechazó su candidatura y el PT puso en marcha una nueva campaña para presentar a Fernando Haddad: exalcalde de Sao Paulo y exministro de Educación, pero un completo desconocido en buena parte del país, especialmente en el Nordeste, cuna del lusismo y región estratégica en todos los comicios.

A principios de septiembre Jair Bolsonaro, que en ese momento todavía era el segundo favorito, tuvo que abandonar su campaña tras ser apuñalado por un desequilibrado. Con la salida de Lula de la carrera presidencial, el ultraderechista se colocó como número uno. Desde el hospital alimentó su principal baza electoral: el antipetismo. Publicó vídeos e hizo una entrevista donde acusaba directamente al Partido de los Trabajadores de su atentado, cuando las investigaciones señalaban al responsable como un lunático sin vínculo con la sigla.

El voto del antipetismo

La violencia y el discurso de odio han sido la tónica de estos comicios. Ya en la precampaña el primero en sufrir un atentado fue el ex presidente Lula da Silva. El autobús en el que viajaba con su comitiva durante una caravana en Paraná recibió tres tiros. En esa ocasión Jair Bolsonaro dijo que el ex metalúrgico tenía lo que merecía. El ultraderechista no ha perdido ocasión para desearle la muerte al PT: “He venido aquí para fusilar a todos los petistas", dijo en uno de sus últimos actos de campaña, mientras agarraba el trípode de una cámara como si de una ametralladora se tratara, y arrancaba aplausos y vítores de miles de seguidores.

“Brasil se ahoga en un mar de bilis”, decía el columnista de la Folha de Sao Paulo, Clovis Rossi, para definir el ambiente que se respira en estas elecciones. Pero el odio y la polarización son anteriores. El impeachment contra Dilma Rousseff (2016), los escándalos de corrupción descubiertos por la operación Lava Jato -que afectan a los principales partidos del país-, y la polémica prisión del ex mandatario Lula da Silva, han dejado a la sociedad brasileña, además de descreída de sus políticos tradicionales, profundamente enfrentada en dos bandos irreconciliables: los antipetistas y el resto.

Con este contexto, el exmilitar ajeno a los escándalos de corrupción de Lava Jato, y viendo a los grandes partidos haciendo aguas, se ha presentado como el político antiestablisment, limpio, sin pelos en la lengua, y sobre todo, como el único capaz de enfrentar al PT. Su discurso agresivo ha calado en una sociedad indignada y ávida de de nuevos símbolos en los que confiar.

Según la socióloga y profesora de la Unifesp, Esther Solano, una de las especialistas que se han dedicado el último año a entender al elector de Bolsonaro, el antipetismo sería el pilar fundamental sobre el que se sostiene el candidato: “Sin el odio tan recalcitrante que hay hacia este partido, Bolsonaro no habría llegado tan lejos. Votarle es votar en contra del PT, es una elección en donde prima el antiizquierdismo, antiminorías, antifeminismo, basada en la lucha contra un enemigo interno, que es todo lo que pregona este candidato”, dice Solano. La profesora también señala que el radicalismo de sus frases y su fácil aceptación entre los votantes se debe a una nueva “lógica de la política del meme, del payaso, que frivoliza discursos fascistas a través del barniz del humor” que seguiría el estilo inaugurado por Donald Trump, uno de los ídolos de Jair Bolsonaro.

El voto femenino

Si para una parte de los brasileños el ultraderechista es casi el salvador del país, para la otra es su peor pesadilla. La presencia de las Fuerzas Armadas en su futuro gobierno -dice que al menos el 30% de sus ministros serían militares- y sus amenazas -algunas veladas y otras explícitas- sobre una posible intervención militar si no ganara las elecciones, ponen en alerta a una parte de la sociedad que no está dispuesta a ver como peligra la joven democracia brasileña.

Colectivos de abogados, periodistas, actores, presentaron esta semana un manifiesto “contra el candidato antidemocrático” y “por la defensa de la democracia” para intentar frenar el ascenso meteórico del ultraderechista. Pero el principal obstáculo de Bolsonaro ha sido el movimiento feminista que conquistó las redes sociales primero con el grupo de Facebook “Mujeres contra Bolsonaro” -ahora con cuatro millones de seguidoras- y después con el hashtag #EleNao (ÉlNo) que pasó a ser un grito de guerra también en las calles. Ellas movilizaron a más de dos millones de brasileños que se manifestaron la semana pasada contra el candidato del PSL.

Ellas también serán las que tengan el voto decisivo en este primer turno por ser el sector con mayor número de indecisos (alrededor de un 20%), y el colectivo que más rechaza al ultraderechista: un 52% de las brasileñas nunca le votaría, señala una encuesta de Datafolha de la última semana. “Las mujeres son las que se están poniendo en primera línea de batalla contra el fascismo. Más allá de una lucha partidaria clásica, luchan por proteger la democracia, y han sabido colonizar muy bien las redes sociales”, señalaba la profesora Solano. Pero hasta el momento las manifestaciones masivas no han servido para aplacar la fuerza del exmilitar, que parece sumar seguidores a medida que pasan las horas, mientras que la izquierda se divide entre dar su confianza al pietista Fernando Haddad o a la tercera vía de Ciro Gomes.