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Emergencia por el coronavirus Los 'sintecho' y los mal alojados, dobles víctimas del confinamiento en la ciudad más cara de Europa

La obligación de quedarse en casa para frenar el coronavirus evidencia las desiguales condiciones de vida entre ricos y pobres. Una precariedad habitacional muy presente en París, donde miles de personas pasan la cuarentena en pisos minúsculo.

Sintecho
Un 'sintecho' en una calle de París. (MOHAMMED BADRA | EFE)

"Ahora es imposible olvidar todas estas dificultades con mis actividades en el exterior". Sophie, 55 años, vive una doble pena tras el inicio de la cuarentena en Francia. No solo afronta la angustia provocada por el coronavirus, sino también la precariedad de pasar los días encerrada en una habitación de menos de nueve metros cuadrados. "La Agencia Regional de Salud constató que las dimensiones de mi piso eran inferiores al mínimo exigido por la legislación francesa y dio dos meses a mi propietaria para realojarme. Pero ella solo me envió ofertas que habían caducado", lamenta esta trabajadora social, que reside en lo que antaño era la habitación de la sirvienta en un edificio de Saint-Mandé, una localidad fronteriza con la zona este este de París.

Después de que el 17 de marzo empezara el confinamiento en el país vecino, la dureza de lo cotidiano se ha multiplicado para aquellas personas que se alojan en condiciones difíciles. Familias enclaustradas en pisos de menos de veinte metros cuadrados, jóvenes profesionales con estudios diminutos, personas sin techo…

Quizás la vida en cuarentena de estos invisibles no genera tanto interés mediático como los entrenamientos de futbolistas en los jardines de sus chalés, pero son los que asumen el precio más alto. Al contrario de lo que dijo Pedro Sánchez de que "el virus no distingue entre ideologías ni clases", las restricciones en la movilidad han acentuado las diferencias sociales que supone la precariedad habitacional. La crisis del coronavirus "evidencia las condiciones de vida muy desiguales de los franceses", explicaba a Le Monde la socióloga Marie Duru-Bellat, profesora emérita en Sciences Po, quien recordaba que "alrededor de cuatro millones de personas viven en malas condiciones en Francia, entre las cuales hay un millón que no tiene un domicilio personal".

Una precariedad habitacional que resulta palpable en la región parisina, dada la fuerte presión del mercado. La capital francesa es la ciudad más cara de Europa, y la quinta del mundo, según la clasificación Intelligence Unit de la revista británica The Economist

"Existe una gran desigualdad entre los que se desplazaron a sus residencias secundarias y los que se quedaron encerrados en París", asegura a Público Jean-Baptiste Eyraud, del colectivo Droit au Logement (DAL), que se moviliza por el derecho a una vivienda digna. "Ahora se ha precarizado la situación de aquellos que residen en pisos sobrepoblados. Antes estas personas tenían la suerte de ir a trabajar o a la escuela para abstraerse de la dureza de su domicilio", afirma Manuel Domergue, de la Fundación Abbé Pierre. Según el director de estudios de esta histórica asociación, "al menos un millón de franceses viven en pisos habitados por un exceso de personas" en relación a su superficie.

Es el caso de Ramata Konane, de 30 años, que comparte un estudio de 16m2 con su pareja y sus dos hijos pequeños. "Antes pasábamos el día afuera y no sentíamos que el piso era tan pequeño", reconoce esta empleada de limpieza, oriunda de Burkina Faso que emigró hace cuatro años. Dejaron sus maletas en una de las salas del minúsculo apartamento que les proporcionaron los servicios sociales en Fontenay-Trésigny, en el oeste de la región parisina. Los cuatro viven en una sola habitación de nueve metros cuadrados. "No tenemos cocina y casi todos los días comemos bocadillos", lamenta Konane. "Pero no nos podemos quejar, ya que no debemos dormir en la calle y exponernos al virus como los sintecho", sostiene.

"El hecho de no poder salir a la calle me resulta algo terrible", asegura Sophie, que ha interrumpido su trabajo como acompañante de personas mayores. Ahora su vida cotidiana se ha visto monopolizada por los apuros de un hogar pequeño e insalubre. No tiene televisión ni internet a causa de la precaria instalación eléctrica y telefónica, y el desaguadero de su ducha se encuentra medio atascado."Entra mucho polvo en mi habitación", añade esta militante del DAL, amenazada por un proceso de desahucio

De hecho, el mal alojamiento suele comportar problemas respiratorios y enfermedades como el saturnismo. "El exceso de personas en un piso también genera ansiedad, estrés y depresiones. Muchos padres se sienten culpables por no ofrecerles una situación mejor a sus hijos", explica Domergue. "Para los niños de familias modestas, el cierre de las escuelas puede tener un fuerte impacto en su escolaridad", advierte Florent Gueguen, director de la Federación de actores de la solidaridad (FAS), que agrupa a 800 asociaciones que luchan contra la exclusión. Según Gueguen, "las familias acomodadas disponen de un capital cultural que les permitirá mantener la educación a distancia, pero esto resulta más complicado en las modestas con niveles de estudios inferiores".“

"Me siento atrapado entre cuatro paredes"

También resulta más complicado trabajar desde casa cuando uno reside en una pequeña superficie. "Estoy haciendo teletrabajo, pero no cuento con las condiciones adecuadas para ello. No dispongo de una buena silla para estar durante horas delante del ordenador y cada vez me duele más la espalda", reconoce Juanma García, de 27 años, un doctorando en Biofísica en el Instituto Marie Curie, que alquila un piso de catorce metros cuadrados en el Barrio Latino de París por el que paga 600 euros, "prácticamente la mitad de mis ingreso". Para seguir con su investigación, este estudiante andaluz instaló su ordenador científico en una tabla de un armario que colocó entre dos estanterías.

"Me digo a mí misma que es como si estuviera en la oficina y me concentro en las tareas que uno realmente tiene que hacer", presume Tara Chávez, de 31 años, una ilustradora estadounidense que intenta suplir con optimismo el reto de pasar la cuarentena en un piso de menos de diez metros cuadrados. "Después de trabajar, lo que a uno le apetece es salir de casa. Pero ahora me siento atrapado entre cuatro paredes", reconoce, en cambio, Álvaro Suárez, 26 años, de Ponferrada, que reside en un estudio de dieciocho metros en las afueras de París y que trabaja como responsable de logística en una empresa de formación.

"Más que en un refugio ante el coronavirus, mi piso se ha convertido en una jaula", dice Layla, 26 años, que acusa pasar la cuarentena sin la compañía de nadie: "Lo más difícil es no disponer de ningún contacto físico con otras personas". Ella se aloja en una pequeña habitación en el corazón de la capital francesa, una zona repleta de apartamentos turísticos que quedaron vacíos con el confinamiento. "Me siento como si estuviera sola en todo el inmueble", añade esta joven militante, quien considera que en su edificio solo deben haber quedado tres o cuatro familias.

Los 'sintecho', "los más expuestos al virus"

El confinamiento no solo agrava la situación de las personas con viviendas precarias, sino también de los sintecho. En París, una de las capitales europeas con un mayor número de personas sin domicilio, su presencia se ha hecho más que ostensible después de que los transeúntes desertaran las calles. "Nos preocupan los niveles de mortalidad entre los sintecho una vez se haya terminado la crisis sanitaria", afirma Gueguen, quien considera que se trata de "las personas más expuestas al virus", por la imposibilidad de confinarse cuando uno duerme en el metro o en una tienda de campaña en la calle. "Por ahora, no observamos un gran número de contagios entre estas personas", matiza, sin embargo, el sociólogo Julien Damon.

Según el director de la FAS, en Francia hay unas 160.000 personas sin domicilio que se alojan en residencias de acogida y “en torno a unas 100.000 que duermen en la calle”. Además del peligro de la Covid19, su realidad también resulta crítica por la parálisis de numerosas iniciativas de distribución de comida. "Las asociaciones cada vez disponen de menos voluntarios, ya que muchos de ellos deben quedarse en sus casas cuidando a sus hijos o son personas mayores que temen contagiarse", explica Eyraud. "Cada vez hay más personas que llaman a los servicios sociales diciendo que no han comido en los últimos días. Es algo inaudito en Francia, donde el sistema tenía la capacidad de alimentar gratuitamente a todos los que estaban en la calle", lamenta Gueguen.

"Los sintecho también se confrontan a una mayor dificultad para lavarse y hacer sus necesidades", explica Damon, profesor en Sciences Po París, sobre las consecuencias negativas del cierre de parques y de la mayoría de lavabos públicos. Una falta de puntos de abastecimiento de agua que afecta sobre todo a las decenas de miles de personas que viven en campamentos improvisados. En estos bidonville "existe un elevado riesgo de contagio", alerta este sociólogo experto en la situación de los sintecho.

Las fuerzas de seguridad desalojaron el 24 de marzo un campamento al nordeste de París que reunía a más de 700 refugiados afganos, sudaneses y eritreos, la mayoría de ellos, que fueron realojados. Pero múltiples grupos reducidos de migrantes continúan durmiendo en tiendas de campaña debajo de puentes en las afueras de la capital francesas. Para hacer frente a la situación alarmante de los sintecho, el gobierno francés ha creado 7.800 nuevas plazas en residencias y hoteles para alojarlos, además de 2.800 en centros específicos para aquellos que presenten síntomas, no graves, de coronavirus. Y distribuirá cheques alimentarios, de 7 euros diarios, a unas 60.000 personas sin domicilio.

El presidente Emmanuel Macron también anunció el 12 de marzo una prórroga de dos meses, hasta finales de mayo, de la "tregua hibernal", el periodo en que están prohibidos los desahucios en el país vecino. Las asociaciones valoran estas medidas de forma "positiva", pero las consideran "insuficientes". El ejecutivo centrista "debería decretar una moratoria en el pago de los alquileres durante la cuarentena", defiende Eyraud, quien lamenta la falta de medidas para proteger a los inquilinos.

"Tememos que, una vez se acabe el confinamiento, se produzcan numerosos impagos y esto provoque una ola de desahucios dentro de seis meses", asegura Domergue. Más pronto o más tarde la crisis sanitaria quedará resuelta, pero la precariedad habitacional perdurará. Por desgracia.

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