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Entrevista "El cadáver de Perón acabó en una quinta de Buenos Aires, y no pasó nada"

Alejandra Naftal, directora del museo y sitio de memoria que hoy es la siniestra Esma de Buenos Aires, aboga por un debate memorialista inclusivo en el que los partidos políticos cedan espacio a la sociedad civil y por actualizar los ejes del debate memorialista para hacerlo más inclusivo.

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Alejandra Naftal dirige el museo-sitio de memoria en el que hoy se ha convertido el siniestro centro de tortura de la Esma de Buenos Aires.

Alejandra Naftal, activista de Derechos Humanos, dirige en Buenos Aires el Museo Sitio de Memoria de la Esma, la antigua Escuela de Mecánica de la Armada, que la dictadura de Jorge Rafael Videla (1976-1983) convirtió en un centro de detención en el que fueron torturadas, asesinadas o desaparecidas más de 5.000 personas, muchas de las cuáles fueron arrojadas vivas al mar en los ‘vuelos de la muerte’, y un número indeterminado de niños fueron arrancados de sus familias. Hoy es una prueba judicial convertida en centro de interpretación en el que más de 60.000 personas conocen cada año los horrores del terrorismo de Estado.

¿Qué es hoy la Esma?

Es el Museo Sitio de Memoria de la Esma, Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio, que es un nombre difícil pero que fue discutido. Había muchas resistencias para que fuera museo, algo que muchos lo apoyábamos precisamente para ganar la batalla cultural de lo que son los museos. Pueden ser instituciones muy dinámicas y vivas, de mucho vínculo con el presente y con la comunidad, pero para el imaginario es un lugar en el que está la verdad inmaculada, poderosa y autoritaria. Y es un sitio de memoria porque es el lugar donde sucedieron los hechos que narramos.

Viene a ser el lugar emblemático de la memoria en Argentina…

No es el lugar donde más salvajadas y crímenes hubo. Sabemos que en Argentina hubo más de 700 lugares de detención ilegal, incluso en hospitales y fábricas. La Esma es el que más se conoce porque fue uno de los centros clandestinos con más supervivientes, que dieron testimonio inmediatamente, apenas fueron liberados. La historia de la Esma es paradigmática en ese sentido, pero el sufrimiento, el dolor y la tortura fueron padecidos a lo largo de todo el país.

¿Qué se siente al pisar la Esma por vez primera?

Depende de con qué historia llegas. Hay gente que no puede entrar. Después de muchos años de debate y discusión planteamos el centro como un espacio que debía ser cómodo para el incómodo e incómodo para el cómodo. Pensamos que podía ser un espacio de homenaje para las víctimas y sus allegados, pero también un lugar de incomodidad y de sacudida para los no convencidos y los negacionistas.

¿Cuál es el relato?

La Esma es una prueba contundente de lo que pasó. En las estancias se oyen los testimonios que los supervivientes dieron a la justicia, que es un respaldo documental no arbitrario. Cuando uno termina de recorrerlo ha visto un plan sistemático de exterminio llevado a cabo por la Marina por medio del terrorismo de Estado. La gente sale muy conmovida, aunque hay mucho por descubrir, pero nunca enojada. Es inexorable que la verdad quiera salía a la luz. Salen con el acuerdo social que hicimos los argentinos: golpes de Estado nunca más, terrorismo de Estado nunca más, muertes y ejecuciones nunca más. Eso no es poco.

¿Se ha producido la reconciliación con ese acuerdo social y se ha recuperado la memoria o sigue habiendo reductos nostálgicos?

Nosotros no hablamos de reconciliación. Para la reconciliación las partes tienen que dialogar y asumir los crímenes, pero las Fuerzas Armadas en Argentina nunca hablaron, nunca dijeron lo que pasó ni lo que hicieron, ni dónde están los cuerpos de los desaparecidos y los chicos robados… Entonces, la reconciliación es imposible. Argentina tiene tres pilares: memoria, verdad y justicia. Se logró que los tribunales ordinarios condenaran a los represores por delitos de lesa humanidad con el código procesal y el código penal común, y fueron a las cárceles como presos comunes. Eso fue ejemplar también para las Fuerzas Armadas.

¿Puede ser que en España llevemos cuarenta años engañados aplicando ese término, la reconciliación, que nunca se habría producido porque sigue sin hablar mucha gente?

Ya es un avance que se vuelva a hablar. El tema es cómo lograrlo. Hay que hablar de las víctimas, no importa de cuales, de todas. Eso no tiene que ver con que se tenga que dialogar con los fascistas, porque con esos no hay diálogo. Dejar fuera a los que hacen apología del terrorismo de Estado es un límite.

¿Es posible?

En Argentina hay ahora un movimiento, Historias Desobedientes, formado por hijos de genocidas que reniegan de las actividades de sus padres y quieren integrarse en el movimiento de Derechos Humanos. Piden cambiar la ley para poder declarar contra sus padres, porque tienen conocimiento de actividades ilegales. Son las generaciones jóvenes las que tienen que promover la memoria.

Sin embargo, en España la guerra civil sigue siendo un tema tabú en muchas familias.

Los hijos y los nietos tienen derecho a saber la verdad. Sería interesante que se lograra ese acuerdo social: hay una deuda pendiente de saldar para avanzar hacia otros modelos.

El gran debate sobre memoria se centra ahora en España en la exhumación de Franco ¿Es concebible algo como el Valle de los Caídos en Argentina?

Aquí todavía hay gente que cree que Franco fue un salvador... En los temas de memoria tiene que haber consenso, los procesos fracasan si se hacen de arriba hacia abajo. Los partidos políticos deben ser facilitadores. Debe haber una movilización real de la sociedad para lograrlo. Por mucho que discutan los políticos, si eso queda ahí arriba no se sostiene.

Entonces, ¿deberían los partidos ir soltando ese debate y dar paso en él a otros actores?

Por supuesto. Deben dar voz a los grupos de memoria y a los familiares de las víctimas. El debate debe salir de abajo hacia arriba y transmitir la indignación real, no solo la intelectual, porque la memoria tiene que ver con la dignidad humana.

¿Cuál sería la solución para la exhumación de Franco y los otros 33.000 sepultados en el Valle de los Caídos?

No lo sé, pero primero debe haber debate. En Argentina se habla de ‘emprendedores de memoria’, que llevan adelante el debate con convencimiento. ¿Por qué un dictador debe estar en un lugar público? Debería estar donde su familia… y basta. Quizá sería bueno recordar lo que pasó con el cadáver de Perón, que acabó en una quinta de Buenos Aires que pertenece a un sector del peronismo. Y no pasó nada. Son símbolos. Lo que se está discutiendo es una disputa de memorias que, si queda entre los partidos, no lleva a ningún sitio.

¿La clave sería salir de los ejes de debate de hace ochenta años en los debates de memoria?

Claro. Todos fueron víctimas menos los perpetradores. Hay que generar espacios en los que lo herederos de los franquistas tengan cabida en la democracia y no en lugares horribles como la extrema derecha. En el movimiento de derechos humanos aprendí que se debate hasta que se llega a un acuerdo, no se vota. Los debates de memoria deben ser inclusivos y apelar a un acuerdo.

¿Ve posible en España un centro como el museo-sitio de la Esma?

Siempre es posible. Los sótanos del antiguo Ministerio de Gobernación (la sede de la Comunidad de Madrid) deberían ser un lugar de memoria abierto. Abajo está el lugar donde se torturó y eso permitiría resignificar que arriba, en la plaza, está el poder constitucional. Lamentablemente, la historia española tiene debajo esos años de horror y de dictadura pero pudo salir adelante. Si te quedas solo en el horror y no en esa transmisión… Hay que pensar qué mensajes se dan con las acciones de memoria. Hay que iniciar el diálogo desde otro lugar.