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Una historia de hacienda y orgullo

Spitzer se resiste a dimitir por haber pagado 4.300 dólares por los servicios de una prostituta

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El sexo es lo de menos en el escándalo que amenaza con reducir la brillante y controvertida carrera del gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, a un episodio ridículo y humillante. Ésta es una historia de Hacienda y orgullo.

Hacienda, que investigó las transacciones sospechosas de la cuenta de Spitzer buscando corrupción y acabó en la página web de unas prostitutas de lujo. Y orgullo, de un hombre, duro y exigente, acostumbrado a salirse con la suya y descuartizar a sus enemigos. Spitzer, contra el que todavía no se han presentado cargos formales, seguía ayer dudando entre dimitir o capear el temporal. A primera vista parece tocado mortalmente, pero la vida política estadounidense está llena de supervivientes.

Si dimite, enterrará una prometedora carrera política, brutal pero eficaz, labrada en sus ochos años de implacable fiscal anticorrupción. Si se queda, se enfrentará a los republicanos locales, políticos de rancias conexiones, que ya han anunciado que llegarán al impeachment (proceso de destitución) para sacarle de Albany, la discreta y escasamente conocida capital del estado.

Todo depende de las acusaciones que se formalicen contra él, del escarnio público que esté dispuesto a aguantar y de las presiones del Partido Demócrata. Las últimas noticias apuntan a una caída deshonrosa. De irse, Spitzer sería sustituido por su número dos, David Paterson, de 53 años, un senador ciego de Harlem, que se convertiría en el primer gobernador negro de Nueva York.

El escándalo estalló el lunes cuando se supo que Spitzer era cliente habitual de la red de alta prostitución Emperors Club VIP, y que había solicitado los servicios de una prostituta el pasado 13 de febrero, en vísperas de San Valentín, durante una estancia en Washington. El FBI, que detuvo a los cuatro responsables de la red la semana pasada, grabó al gobernador, alias George Fox (el nombre de un amigo), alias cliente número 9, mientras negociaba el precio del servicio: 4.300 dólares.

Los agentes federales se involucraron en el caso a instancias de Hacienda. Fue el fisco quien levantó la liebre al constatar extraños movimientos de la cuenta de Spitzer a dos compañías fantasmas: QAT Consulting Group y Protech Consulting.

Desde el 11-S, los bancos informan de las transacciones 'sospechosas' inferiores a 10.000 dólares, que podrían servir para financiar el narcotráfico o el terrorismo. Los investigadores pensaron en corrupción o blanqueo de dinero pero nunca imaginaron, contaron luego a The New York Times, que los nombres eran una vulgar tapadera para un negocio más común.

Posibles acusaciones

De ser acusado de algo, Spitzer no lo será por usar prostitutas, sino por efectuar pagos con intención de disimulo, un cargo conocido como structuring, o por violar una arcaica ley de 1910, el Mann Act, que prohíbe trasladar a una persona de un estado a otro con el propósito de prostituirla.

Los papeles del caso, que se encuentran fácilmente por Internet, narran el encuentro del 13 de febrero en términos fríamente comerciales. Spitzer tuvo que mandar dinero en efectivo porque se le había acabado la línea de crédito y asegurar que pagaría el desplazamiento (de Nueva York a Washington) y todos los gastos de la estancia de Kristen, la mujer que el 'proveedor' describió como 'americana, bajita, muy guapa y morena'.

La tal Kristen, que ha desaparecido del mapa, llamó luego a su contacto en la red, Rachelle, para decirle que la cita había sido normal y que el cliente no era tan difícil. 'Bueno' contestó Rachelle, 'podía haberte pedido cosas, eh, que no te hubieran parecido seguras, ya sabes, cosas muy básicas'.