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Israel La 'normalización' árabe-israelí aplasta el derecho internacional

Hoy se firman en Washington los acuerdos de normalización de relaciones entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein. Al atropellar el derecho internacional, los acuerdos causarán a medio plazo más inestabilidad en la región. 

Protestas en contra de Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel, tras su viaje a Washington para firmar el acuerdo de 'normalización' árabe con EAU y Bahrein. / REUTERS
Protestas en contra de Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel, tras su viaje a Washington para firmar el acuerdo de 'normalización' árabe con EAU y Bahrein. / REUTERS

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

La consecuencia más palmaria de la "normalización" árabe-israelí es el aplastamiento del derecho y la justicia internacional, algo que no solo afectará a los palestinos sino a todo Oriente Próximo. A corto plazo puede crear una falsa ilusión de equilibrio regional pero a medio plazo traerá mayor inestabilidad con ramificaciones fuera de la zona, Europa incluida.

Naturalmente, serán los palestinos quienes más directamente sufran en su carne esos acuerdos de paz que firman dos países, los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, que precisamente no son campeones mundiales en materia de derechos humanos y que andan desestabilizando la región sin descanso en su lucha contra el islam político, por más moderado que sea.

En este sentido, Israel no se queda a la zaga. Es cierto que mantiene una estructura democrática y que las urnas deciden quién gobierna, pero no es menos cierto que en el país existe un abrumador consenso que, contando con el apoyo incondicional de EEUU y el continuo lavado de manos europeo, le permite incumplir toda suerte de tratados y acuerdos para imponer un obvio apartheid en los territorios ocupados.

Resulta cada vez más evidente que el presidente Mahmud Abás tenía que haber dimitido hace muchos años. Desde la muerte de Yaser Arafat hace tres lustros, Abás ha permitido el juego de Israel con los palestinos en lugar de hacer que el estado judío se haga cargo de la ocupación. Para Israel es muy cómoda esta situación en la que Abás administra la ocupación y permite seguir expandiendo la colonización de los territorios palestinos.

No puede justificarse de ninguna manera que Abás continúe de presidente ficticio engañando a su pueblo año tras año, cuando está claro que ha llevado a los palestinos a una situación sin salida prometiendo la solución de los dos estados que solo se creen él mismo y cuatro funcionarios de Bruselas que colaboran con Israel tanto como el propio Abás con su enorme habilidad para redactar comunicados absurdos e inútiles.

A la normalización de los EAU y Bahrein le seguirá más pronto que tarde la de Arabia Saudí y otros países árabes. Es algo inevitable en el actual contexto internacional. Muy probablemente el presidente Donald Trump se reserva la normalización de Arabia Saudí con Israel para más adelante como otro golpe de efecto antes de las elecciones de noviembre.

Si la gran especialidad de Israel consiste en desestabilizar todo lo que no quiere estable, lo mismo puede decirse de los EAU, de manera que el primer ministro Benjamín Netanyahu y el príncipe Mohammad bin Zayed comparten objetivos en este terreno. De hecho, llevan trabajando varios años conjuntamente y de manera coordinada para crear un Oriente Próximo claramente artificial a su medida.

El enemigo declarado de ellos, y del príncipe saudí Mohammad bin Salman, es Irán, pero en los últimos años también han puesto sus ojos en Recep Tayyip Erdogan, y todo indica que no van a descansar hasta descabalgar al presidente turco, cuyo moderado islam les parece insufrible, una visión que comparten algunos mandatarios europeos como el francés Emmanuel Macron.

La tinta roja de la normalización que los EAU y Bahrein firmarán este martes en Washington es la sangre de los palestinos, aunque también es sangre de yemeníes y libios, de momento. Las leyes internacionales y las resoluciones del Consejo de Seguridad no se han hecho para Estados Unidos e Israel y los autócratas de la región aprecian mucho el desmesurado poder de esos dos países que no tienen que rendir cuentas a nadie.

La farsa de las negociaciones con los palestinos que se inició con los acuerdos de Oslo de 1993 no se va a detener porque Abás prefiere esa farsa a renunciar al poder. A sus 84 años insiste en mantener un buen rollito con Israel a sabiendas que eso alimenta a diario la renuncia a la justicia y la renuncia a recuperar el 22 por ciento de la Palestina histórica ocupada desde la guerra de 1967.

El expolio que cada día practica Israel se ha convertido en moneda corriente que ahora aceptan, ya abiertamente, los países árabes del Golfo. A la resistencia a la brutal ocupación israelí la llaman "terrorismo", no solo en esa Europa desnortada y cada día más inconsecuente, sino también en los países árabes que han renunciado a la justicia en su búsqueda de poder y protección para todo, incluida la corrupción.

Probablemente no hay otro conflicto en el mundo donde los agresores aleguen "autodefensa" para justificar los excesos que cometen a diario, ni hay otro conflicto donde las acciones legítimas para combatir la ocupación militar se califiquen de "terrorismo", con un cinismo contrario al derecho internacional que paradójicamente cuenta con la tolerancia de la comunidad internacional.

Sin embargo, es difícil criticar a los EAU o a Bahrein si se considera que la Autoridad Palestina está en la primera línea de colaboración con Israel. Si la Autoridad Palestina no se disuelve pronto, probablemente en muy poco tiempo el daño causado a la causa palestina será totalmente irreversible y "la única democracia de Oriente Próximo" acabará por proclamar su soberanía sobre todos los territorios ocupados, algo que ya ocurre de facto.

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