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Siria olvidada El español que presenció la capitulación de Raqqa: "Los yihadistas del ISIS vinieron a rendir armas 'colocaos' hasta las trancas"

Tres años después de que comenzara la batalla final de Raqqa, la ciudad sigue en ruinas y permanentemente desestabilizada por la violencia del Daesh. Un miliciano gallego que presenció la rendición de los últimos muyahidín siro-iraquíes recuerda las horas previas a la caída de la antigua capital del califato a la luz del presente.

Milicianos árabes. | Ferran Barber
Milicianos árabes. | FERRAN BARBER

Dos periodistas árabes -Enab Baladi y Zeynep Masri- contaban hace unos días en el digital Enab Baladi la historia de una madre de Raqqa cuya casa en el distrito de Masaken Al Sahha -un vecindario próximo al hospital- fue destruida por la coalición hace tres veranos. Perdió a su marido y a dos de sus cinco hijos durante un bombardeo aéreo y después tuvo que mudarse a un piso de alquiler situado al noroeste de la ciudad.

Esta madre árabe ha pasado meses demandando en vano una compensación a organizaciones humanitarias y a representantes de los gobiernos extranjeros que destruyeron su vivienda y su familia. No la obtendrá jamás. Ni ella, ni las miles de personas que perdieron su hogar y a muchos de los suyos durante la llamada batalla final de Raqqa o durante cualquiera de las operaciones militares que condujeron a la derrota del seudoestado del Daesh.

Hace poco más de un año, Naciones Unidas elaboró un "atlas" de la destrucción provocada por la guerra en Siria que asignaba una tasa de trece edificios destruidos por hectárea en ciertos vecindarios de Raqqa como Mansur. El informe estimaba que 12.781 inmuebles fueron dañados por el conflicto y, de ellos, 3.326 fueron completamente destruidos. Las fotografías por satélite recientes muestran a una ciudad en ruinas y en lo esencial, idéntica a esa especie de escombrera ennegrecida por los incendios que la Prensa dio a conocer al mundo tras el anuncio de la expulsión de los últimos muyahidín del ISIS, en octubre de 2017.

Arges Artiaga y varios de sus compañeros, durante un ataque del Daesh.- FERRAN BARBER

Ni se han restablecido los servicios esenciales, ni han dejado de atronar las explosiones provocadas por los ataques terroristas. Tan solo en la semana del 14 al 20 de mayo, se produjeron veinte ataques del Daesh en la provincia. Ello no significa que los seguidores de ese culto a la muerte hayan sido capaces de restablecer sus capacidades militares anteriores. Es cierto que han sobrevivido tanto en Siria como en Irak, pero entre las grietas de los sistemas de seguridad que, de un modo caótico, han implantado los distintos contendientes que siguen rivalizando sobre la arena siria.

La última invasión turca del país -en octubre del pasado año- fue otro clavo en el ataúd de los pocos y pobremente financiados programas de estabilización y de reconstrucción de ciudades como Tabqa o Raqqa, hasta el punto incluso de comprometerlos, dentro y fuera de las zonas desmilitarizadas. Un informe dirigido el pasado trimestre al Congreso de los Estados Unidos proporciona datos incontestables de que Turquía sigue siendo, por omisión, el "gran facilitador del ISIS" además del mecenas de otras franquicias islamistas cuya brutalidad y abusos ya nadie pone en duda.

Justo al otro extremo de Tawasuiyah, el vecindario al que la citada madre árabe se ha tenido que mudar, se hallaba hace tres veranos el puesto militar de las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF, de acuerdo a sus siglas inglesas) donde combatía el gallego Arges Artiaga, quien sirvió durante tres periodos en Rojava como voluntario de la milicia kurda YPG.

Varios españoles tomaron parte en los enfrentamientos que condujeron a la caída de la ciudad y él era uno de ellos. Todos conservan trazos de la memoria de ese episodio bélico recordado en los anales más recientes de la guerra como una de las batallas urbanas más devastadoras y más despiadadas con la población civil.

Solo una semana antes de la caída de Raqqa, la actividad militar se intensificó en los frentes este y oeste. Foto por Ferran Barber.

Los norteamericanos -responsables de más del noventa por ciento de los ataques aéreos- admitieron haber disparado 30.000 proyectiles de artillería durante el cerco de la ciudad y la ofensiva posterior. El francotirador gallego proporcionó las coordenadas de los objetivos de un buen puñado de ellos. Ese era, en realidad, su principal misión allí, antes que abatir 'yihadis' con su rifle, un arma que ahora cuelga de la pared de un museo de Rojava.

Pero Arges, además, estuvo presente aquel 13 de octubre en que uno de los líderes de los últimos muyahidín siro-iraquíes acudió completamente colocado a rendir las armas en la bajera del cuartel militar de las SDF en el frente noreste de la ciudad. A todos los efectos, fue un momento histórico, bastante deslucido por la indigencia moral de los rendidos y por todas las víctimas civiles enterradas bajo los cascotes.

Faltaban apenas unas pocas horas para que la coalición abriera el corredor que permitió salir en pick-up y en autobús a los últimos yihadistas junto a varios cientos de civiles -en su mayoría familiares- y los norteamericanos todavía negaban que se estuviera negociando con los islamistas. "Pero es que no había otra forma de terminar con las dos últimas bolsas del Daesh en el estadio deportivo y el hospital sin masacrar a los tres o cuatro mil civiles que utilizaban como escudos humanos. Un asalto militar era inviable", dice Arges Artiaga.

Y, en efecto, ese era el problema. El contingente de fuerzas terrestres kurdas, árabes y sirias había ido estrangulando a los yihadistas hasta arrinconarlos en esos dos últimos bastiones, pero llegado octubre, no había forma de terminar con unos doscientos muyahidín sin comprometer la vida de las personas que retenían, y entre ellas, sus esclavas sexuales yazidíes.

Solo o cuatro o cinco días antes de que rindieran la ciudad, el centenar y medio de periodistas que casi a diario realizaban un trayecto de entre cuatro o cinco horas, desde su base de Kobane a Raqqa, para cubrir el final de la batalla fueron definitivamente desalojados de los frentes. Se intuía que algo estaba a punto de ocurrir. La actividad bélica de la semana anterior había sido frenética, enloquecedora o, como dice Artiaga, "completamente bestial y salvaje", con el mortero percutiendo casi cada minuto sobre algún edificio de los dos frentes abiertos y continuos intercambios de fuego.

Buena parte de los vecindarios liberados en el transcurso de los días precedentes se consumían bajo las llamas y vomitaban al cielo humos negros correosos mientras las ambulancias y los hummers iban y venían del frente a los hospitales de campaña para evacuar a los heridos. Muchos civiles escaparon durante los días previos a la rendición. Se les veía llegar a las líneas de los aliados en un estado deplorable, con los labios cuarteados por la sed. Hacía días que no tenían ya ni agua. Entre ellos, con frecuencia, probaban suerte yihadistas camuflados con la esperanza de confundirse entre sus víctimas.

Y entonces, de alguna manera, coincidiendo con la retirada de los periodistas de los frentes, se hizo el silencio en Raqqa. "Era un ambiente raro", recuerda Artiaga. "Dejaron de mover gente a las posiciones; dejaron de llegar civiles y se redujo mucho todo el tráfico de radio. Y a las cinco de una de esas tardes en las que estábamos con el alemán, mi compañero Robin, sin nada que hacer en los bajos de nuestro puesto en el frente noreste, apareció el paisano completamente colocao y con los ojos rojos".

Un informe de Naciones Unidas revela que más de 12.000 edificios de Raqqa han quedado completamente destruidos. Foto por Ferran Barber.

Tan extendido era el uso de una metanfetámina llamada captagón que terminó por recibir el nombre de "droga de los yihadistas". A menudo, también, en sus posiciones se encontraban grandes cantidades de morfina. Bien es verdad que los muyahidín del Estado Islámico no han sido los únicos que se han servido de estupefacientes para hacer frente al miedo y la fatiga en Irak y Siria. Muchos de los milicianos que les combatían se han servido de ellas. La más común es una variante procesada en India de un opiáceo conocido como Tramadol, pero existen otras muy populares como la ketamina o una benzodiazepina llamada coloquialmente Zulam.

El líder del Daesh interrogado en presencia de Artiaga por un par de comandantes de las SDF vino a decir que se rendía. Y eso fue lo que, en efecto, sucedió. El cabecilla pasó algunos minutos discutiendo en árabe las condiciones de la entrega de las armas del resto de sus hombres. Los asesinos sólo tenían una moneda de cambio que ofrecer para obtener alguna ventaja adicional: la vida de los civiles que habían retenido. Pero su rendición fue incondicional. Al día siguiente de ese cara a cara, se entregó el resto de sus hombres, también en un estado deplorable. El puesto militar donde se organizó la reunión se hallaba a unos tres kilómetros del estadio-cárcel del Daesh.

Una foto birlada por el alemán Robin Zane, compañero de Artiaga en la unidad de francotiradores 223, captó para la posteridad el momento en que el yihadista, ligeramente obeso y reclinado hacia delante en un asiento, comunica la decisión a los oficiales kurdos. Hablaba solo en nombre de cerca de cien rebeldes, la mayoría sirios e iraquíes. El resto de ellos -los llamados extranjeros- partieron en vehículos hacia Deir ez Zorr con unas pocas armas de asalto y flanqueados por civiles a los que usaron como escudos humanos. Fue más una evacuación que una huida porque, pese a que los norteamericanos lo negaban, su salida fue el resultado de una salida negociada con la coalición y el consejo local de tribus árabes.

Interior de una mezquita bombardeada por fuerzas de la coalición. Foto por Ferran Barber.jpg

A los yihadistas se les había terminado el fuelle y el deseo de inmolarse. Alrededor de cuatrocientos de ellos renunciaron a pelear para salvar su vida en Raqqa durante las semanas precedentes a la rendición de la capital del califato. Es sencillo imaginar la desesperación que se adueñó de ellos en vísperas de su rendición, ante la certeza de que estaban a punto de ser literalmente fumigados.

Hubo de pasar una semana todavía para que las fuerzas de la coalición declararan oficialmente la victoria, pero el principio del final tuvo lugar, de alguna forma, en aquel antro donde el gallego pasó sus últimos días en el frente, y donde, una hora antes de ser evacuados de Raqqa, falleció su camarada de armas, el británico Jac Holmes, cuando trataba de desactivar un chaleco explosivo.

"Se olvidaron de nosotros y hasta que vinieron a sacarnos aún pasamos una semana más en Raqqa haciendo de niñera de los periodistas que volvieron al frente a cubrir las celebraciones de la gente tras el anuncio de la rendición. Tuvimos tiempo todavía de visitar el interior de aquel estadio que los yihadistas utilizaban como cárcel, con sus túneles y sus mazmorras subterráneas sembradas de las minas y de los artefactos explosivos caseros que dejaron tras de sí antes de irse esos hijos de puta", recuerda Artiaga.

No menos de cien españoles han servido, como Arges, en alguno de los frentes de Rojava. Hay un sentimiento común que los conecta a todos: la perplejidad y la decepción causada por el modo en que Occidente y el Gobierno de Madrid han tolerado que los turcos desbaraten la paz y las conquistas democráticas arduamente conquistadas tras varios años de guerra. "Fue una decisión tomada en contra de la opinión de todos sus oficiales por Donald Trump, un niño rico acostumbrado a hacer lo que le da la gana".

Gracias, entre otras cosas, a esa intervención turca bendecida por nuestro país ha conseguido mantenerse el Daesh en Anbar, Diyala o el desierto sirio de Yazira, mientras otras franquicias islamistas apoyadas por Ankara campan ahora a sus anchas en ciudades como Afrin o Serekaniye.

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