Quien bostece antes está muerto, bro
La historia ficticia de una infiltración en un campamento de la manosfera contada a través de 'reels'.

[REEL 1 · sombra de una lona, hora de la siesta, seis chicos tirados en el suelo]
Hay un momento en todos los campamentos en que ya nadie intenta currarse estar en su peak de personalidad constante. Las caretas se derriten. Por si llegas aquí de nuevas: estamos en Ragnar Camp, un campamento en medio de un secarral ibérico donde pagas por hacer abdominales y acabas aprendiendo una teoría sobre por qué todas las mujeres te debemos algo, bebé. Y yo estoy infiltrada para contároslo desde dentro. Estos seis mozos, por ejemplo, llevan media hora clasificándose entre ellos, en voz alta, como quien reparte cartas del juego del Uno:
—Tú eres claramente un beta con aspiraciones de sigma.
—Uf, bro, eso ha estado based—. De vez en cuando intento intervenir sonando como ellos pero ni se inmutan.
—Qué va. Tú eres alfa del grupo B. Que no es lo mismo.
Kevin, que todavía conserva la imprudente costumbre de preguntar lo que ya sabe, levanta la cabeza.
—¿Y yo qué soy?
Silencio. Tres segundos. Le ha echado huevos ahí mi Kevin.
—Tú…, bueno, tú. Estás en formación. Eres alumno.
No se ríe nadie. Cri-cri. ¿Hay una respuesta más cruel?
Kevin me mira con una sonrisa. Ha cambiado su libreta por una tablet. Tenemos que hablar de Kevin, me digo desde hace siete días. Y he empezado a sospechar que el primer síntoma que te indica la salida de una secta puede no ser el cuestionamiento. No. Es aburrirse.
[REEL 2 · plaza central, media tarde, ensayo del discurso de clausura]
El monitor émulo de Ragnar (de hecho, es uno de sus afiliados autorizados, es todo como una de las reuniones de DoTerra que hace mi tía para venderte aceites esenciales pero con tíos con miles de euros en dibujos flamígeros de tinta sobre tersos e inflamados pectorales) ensaya, carraspeando, el discurso de despedida:
"Volvéis todos siendo más de lo que erais hace solo diez días, cuando llegasteis al Ragnar Camp. A este entorno de ganadores...".
A mí alrededor solo veo pinocha y piñas. Altamente inflamable todo, por cierto. El dueño de esta parcela se ha pasado la ordenanza del desbroce por el arco del triunfo. En ese momento el cable del micrófono se le engancha en la cremallera de la riñonera. Tirón. Gallo. Silencio. Y luego una carcajada. De las de verdad. No ha podido remediarlo. Por un momento parece un chaval encantador pero rápidamente vuelve a colocarse el micro y recupera la voz de coach motivacional. Y, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, todos volvemos a fingir que aquí no ha pasado nada. Su monólogo encadena anglicismos en una perorata imposible: algo sobre vigilar las panzas este otoño: "Volverán los oscuros mileuristas a madrugar y a engullir cruasanes en su Panishop de perdedores". Nos ha salido poeta el bro. Y hay que ver qué perra le ha dado a esta gente con los carbohidratos: pero no con todos. El alimento sagrado del campamento ha resultado ser una repugnante crema de arroz vegana hasta arriba de eritritol. A ver si va a ser que el problema no es tanto la harina o el azúcar como disfrutarlos. Un bol de crema de arroz pesado al gramo es disciplina. Un trozo de tarta compartido tan ricamente con alguien, decadencia.
[REEL 3 · saliendo del Coliseo, atardecer]
Ragnar se va a llevar a uno de sus afiliados a Dubái, para una masterclass delante de cámara, me ha dicho muy serio Iván. Ya, cari, le contesto. Si todo el campamento lleva dos días hablando del sorteo como si fuera la final del Mundial. Iván no ha dicho en ningún momento que quiera ir. Seguimos caminando en silencio. Iván lleva toda la tarde raro. Entre enfadado y decepcionado. De repente se para.
—Oye...
Asiento.
—Lo de hacerme afiliado...
Silencio.
—¿Tú crees que eso también es simbólico?
Es la primera pregunta de verdad que le oigo hacer desde que llegamos a este parque temático, perdón: "entorno de ganadores". Cualquier cosa es mejor que asentir todo el rato, repetir y citar al jodido Ragnar. Lo miro. Tiene la misma cara que el primer día, creo ver brillar un destello del antiguo Iván bajo su gesto de autodominio permanente y esas ojeras de llevar levántandose casi diez días seguidos a las tres de la mañana.
— Simbólico es todo lo que te cuentan para que no te preguntes ni dónde ni cuándo acaba el Bizum.
No responde. Seguimos andando. Y por primera vez desde que cruzamos la verja del campamento tengo la sensación de que no estoy hablando con un discípulo. Estoy hablando con el chico con el que llevo cuatro años saliendo y que, por sentirse falto de rituales sociales y certezas materiales, ha acabado comiendo arroz cinco veces al día. Ojalá pronto levantemos una carpa y se dé cuenta de que estamos en un set más peligroso que el de Truman.
Seguimos andando. Cuando nos despedimos (no veo ya la hora de salir de este campamento segregado y volver a dormir con Iván), Iván se mete en su tienda. Me quedo echando un piti (sin que me vea ni me huela nadie) en la puerta de la tienda de las Valquirias. Diez minutos después, Marta me agarra del brazo.
—Ven, Vera. Tienes que escuchar esto.
[REEL 4 · formato roto, sin cámara, la puerta de la tienda de Kevin, ya de madrugada]
Marta y yo, sin poder resistirlo, escuchamos desde fuera de la tienda de Kevin cómo se graba un vídeo. Está solo, sentado en la entrada de su tienda, comiendo a cucharadas una crema de arroz vegana empaquetada por Ragnar Nutritions, hablándose a sí mismo aunque esté haciendo una Twicheada así, improvisadita, de antes de dormir, para los…¿7 miembros de su comunidad? Siempre hay alguien más abajo. Siempre. Ni Bateman en American Psycho se creía tanto su propio monólogo delante del espejo.
—Hermanito, hermano, cómo me pone la crema de arroz vegana. Chavales, estoy en mi prime. Este otoño os juro que haré desaparecer mi panza. Llegaré a chupar mis pectorales con la lengua. Haré 10K al mes. Haciendo cardio hasta reventar, en casa seguiré con el programa, tete. ¿Va, loco? Sois pobres, tenéis cara de pobres.
Suena una sintonía en medio del directo. Kevin lo corta casi al instante para decir en bajito: "Mamá, luego te llamo".
—Yo estoy empezando a ganar, hermano. No te estoy tirando de ego, te estoy hablando de factos. Este otoño dejaré de ser pobre, dejaré de ser esclavo de un empleo. Me blanquearé los dientes. El cambio será masivo. Conseguiré mi cartera LV, mi Lambo. Daré lo mejor de mí, mi mejor físico, mi mejor mentalidad. Cero mundanidades. Dejaré a un lado el placer, dejaré a un lado a las mujeres. Soy fuerte. Mi fuerza de voluntad dará mi mejor versión. Seré el king. Nada de porros, hermano, nada de cervecita, nada de panza, nada de farla.
Marta me mira. "Pero qué le pasa a Kevin. Lo hemos perdido, Marta. Lo hemos perdido", le digo, aunque estoy hablando en voz tan baja que no sé ni cómo me entiende. Solo asiente sin apartar los ojos del tremendo espectáculo. Esto sí que es masivo. Kevin muestra sus tiernísimos pectorales a cámara.
—¿Veis esto? Esto era pura grasa. Hoy me ha llegado la báscula para pesar macros que pedí. (Pone un bístec del Ahorramás sobre la bandeja de la báscula, una báscula común y corriente, por otro lado). Todo lo que entra aquí es carne roja, tete. Todo tríceps. Todo cuello de secoya, loco. (Se pesan en crudo, Kevin, pienso. De algo me tiene que servir haber sido técnica de laboratorio, ¿no? Pero no le digo nada, siento que nada ni nadie podrían sacarle de ese delirio. ) Ahora me llevo el portátil a todos lados. Tradeando todo el puto día, cabrones, pam pam. Mi vuelta al cole será como tirar de la manivela del tren de la mundanidad, y bajarme, para entrar en el nivel fama, nivel dinero masivo. Tocotó, tocotó, cling, cling. Mi primer (enseña a cámara un Casio azul comprado en un bazar de la plaza de Lavapiés) Rolex Daytona antes de los 30, locos. Factos, hermanos, factos. Hacer burpees todos los putos días, máquinas. Hacer trading mientras duermes.
Ahí ya sí que Marta y yo no nos podemos aguantar y nos morimos juntas de la risa, como si saliera una fuente de carcajadas de última fila de cole contenidas ahí dentro desde el día uno de este miserable campamento.
—¿Me quieres decir qué coño te pasa en la boca, Kevin?—Marta, definitivamente, se ha desatado. Pero Kevin no atiende, como si no estuviéramos. Sigue en su perorata:
—Esto es un puto proceso, hermanas, no agobiarse. La voy a petar en Dubái, lo sé. Es que estoy en mi prime, estoy en mi prime, chavales.
Kevin hace una pausa y mira la pantalla para comprobar si alguien sigue conectado. Siguen siendo siete al otro lado. Marta y yo nos quedamos ahí fuera, sin decir nada, hasta que se ha apagado la luz de nuestros frontales. El chico de la libreta de tres colores, el que se aburría esta tarde en el Coliseo es el mismo que esta noche se ha convencido de que un Lamborghini le espera al final del engrudo al que él llama "comida de ganadores". Sigue hablando durante al menos diez minutos más. Pero Marta y yo ya no escuchábamos. Como no gane el sorteo de Ragnar entre afiliados, no sé qué será de Kevin.
#asediodealamanosfera #ragnarcamp #elsorteodeRagnar
Asedio a la manosfera
Lee aquí la serie completa:
Es una serie veraniega de diez capítulos que narra la infiltración de Vera, una chavala disfrazada de novia despistada, en Ragnar Camp, campamento ficticio masculinizante donde se dan cita prácticas de fitness extremo, biohacking absurdo, incels de cercanías, emprendimiento chuchurrío, criptocultura y otras técnicas de captación típicas de las sectas comerciales. Una investigación narrada como comedia de infiltración.



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