Las mujeres encerradas en un asilo de Madrid por subvertir las normas de género en España
La filósofa y antropóloga Isabel Gamero publica 'Voces apenas escuchadas, jamás creídas' (Editorial Piedra Papel), donde aborda la injusticia epistémica que sufrieron miles de mujeres internadas en el Asilo de Dementes de Leganés durante décadas por "locas".
La obra constituye un ejercicio de reparación histórica y testimonial hacia las víctimas de aquellos encierros involuntarios. Sus intrahistorias, antaño deslegitimadas y silenciadas, hoy han podido ver la luz a través del análisis de las cartas que escribieron durante su reclusión.

Madrid--Actualizado a
Decía la filósofa británica Miranda Fricker que la negación de la credibilidad o legitimidad testimonial a determinados grupos sociales, privados por tanto de dignidad, constituye un acto de injusticia hermenéutica. Al ser invalidados como agentes capaces de transmitir conocimiento, su palabra acaba careciendo de valor y sus vivencias, opresiones o saberes son relegados a la subalternidad.
El ensayo Voces apenas escuchadas, jamás creídas (Editorial Piedra Papel, 2025), de la periodista y antropóloga feminista Isabel Gamero (Ronda, 1983) es un ejercicio activo de justicia restaurativa hacia miles de mujeres que durante décadas fueron internadas contra su voluntad en un periodo comprendido desde 1852 hasta 1984 en el Asilo de Dementes de Leganés (Madrid), institución inaugurada en 1852 y administrada durante años por las Hijas de la Caridad.
Su intrahistoria hoy ha podido ver la luz gracias al análisis de las cartas que escribieron durante su internamiento, lo que ha posibilitado profundizar en el conocimiento de sus subjetividades. Las primeras personas en recopilar y editar estas cartas fueron Olga Villasante, Ruth Candela, Ana Conseglieri, Paloma Vázquez de la Torre, Raquel Tierno y Rafael Huertas. Todos ellos aunaron aquella producción archivística en el libro Cartas desde el manicomio y hoy Gamero se sirve de ella para narrar cómo fueron las vidas de las reclusas desde un enfoque feminista y despatologizante.
Las misivas, la mayoría de las cuales no llegaron nunca a manos de sus destinatarios, han permitido conocer el carácter ficticio de muchos de los diagnósticos que justificaron los encierros, ya que prácticamente la totalidad de los escritos reflejan un grado total de cordura y coherencia en sus narraciones. Mientras que los encierros estuvieron motivados por acusaciones de psicopatías varias, alucinaciones, demencia o falta de discernimiento entre realidad y fantasía, la obra pone en entredicho que existieran razones naturales y médicas que puedan avalar tales diagnósticos.
La investigación de Gamero prueba que, en efecto, "en ninguna de las cartas se evidencia que las mujeres que las escribieron padecieran trastornos de salud mental, más bien al contrario, gran parte de los ingresos parecen haberse dado por razones extramédicas", recoge el ensayo.
En su lugar, las que fueron psiquiatrizadas no eran sino mujeres que en algún momento de su vida habían desafiado los mandatos asociados a su género, manteniendo actitudes consideradas subversivas o bien incumpliendo en el seno del hogar el papel de esposa y madre abnegada. "Desde finales del XIX hasta los años 80 existe un régimen de violencia en contra de las mujeres, especialmente en contra las que incumplen el canon hegemónico y normativo de mujer", explica Gamero en conversación con este medio. Es decir, el castigo social hacia las mujeres consideradas "problemáticas" no se circunscribe únicamente a la dictadura franquista sino que ha sido una constante histórica que el libro pone de manifiesto.
Un caso de este tipo es el de Amalia, monja acusada de "rebelarse contra la autoridad y no aceptar las jerarquías eclesiales", así como el de Elena, psiquiatrizada por posicionarse públicamente en contra de la religión (se definía a sí misma como atea) y "en cuyo historial es descrita como inteligente, rebelde o indiferente hacia las labores propias de su sexo", desliza el ensayo. "Hay también una enorme influencia de la religión que se concretaba en la persecución y patologización de quienes no respetaban el dogma católico", describe la obra.
Otra reclusa, Manuela, fue categorizada falsamente como enferma mental en el sanatorio e internada a instancias de su marido al considerarla "demasiado conflictiva". Fue diagnosticada con "paranoia familiar, personalidad perezosa y desviación de afecto" en 1935, narra la obra. Todas ellas tienen en común el mismo denominador: personalidades subversivas y desafiantes frente a la autoridad de sus maridos o la Iglesia.
Disciplinar los cuerpos disidentes
El diagnóstico en muchos casos funcionaba como un mero pretexto para silenciar, castigar y disciplinar las disidencias. Una herramienta más del sistema patriarcal para corregir a las que se atrevían a poner en entredicho la férrea moral cristiana y sus imposiciones. También para soterrar lo que pudiera hacer tambalear tales esquemas sostenidos a través del miedo.
No sólo las mujeres que desobedecían a sus maridos fueron llevadas por estos al conocido como manicomio de Leganés, también las que se negaban a ir a misa, admitían públicamente su ateísmo, descuidaban sus labores en casa o sentían deseo hacia compañeras de su mismo género. La voluntad de los familiares que contaran con un aval médico bastaba para que pudiera aprobarse el ingreso inmediato.
Una vez se confirmaba la reclusión, estuvieron condenadas a convivir en condiciones insalubres y sometidas a todo tipo de privaciones. Las cartas atestiguan esta realidad y permiten conocer cómo funcionaba el régimen de reclusión de las internas: "En las cartas se puede ver que faltaba comida, no había higiene básica, tampoco atención médica, problemas de abastecimiento de agua y deficiencias en las estructuras sanitarias etc", alega la autora.
Los edificios habían sufrido un desgaste ocasionado por años de abandono institucional e infrafinanciación, de manera que su infraestructura era particularmente precaria. "Vivían en condiciones terribles, totalmente aisladas, mientras que la mayoría permanecían encerradas durante mucho tiempo", comenta.
De hecho, en las misivas buscaban casi siempre denunciar a sus familiares o autoridades los malos tratos recibidos, solicitando con desesperación justicia y tratando de demostrar inútilmente que se encontraban en perfectas condiciones de salud mental. Algunas llegaron a pasar más de 40 años en el centro hasta el día de su muerte sin que nadie llegara siquiera a visitarlas. Tan solo conseguían la libertad aquellas que mostraban un cambio manifiesto en sus comportamientos y llevaban a cabo "tareas propias de su género" dentro de la institución.
"Al no estar realmente enfermas, tampoco existía un tratamiento como tal, había curas de reposo, de agua, y lo que sí que había bastante era redención por hacer las tareas apropiadas, como meterse en un taller de costura, ir a misa y dejar de actuar de una forma crítica. Sin embargo, la mayoría eran conscientes de que no tenían ningún tipo de psicopatía", describe Gamero.
Para educar en la obediencia ciega, el centro establecía una rígida y monótona rutina encaminada a disciplinar los comportamientos de las pacientes hasta extremos que rozaban la tortura psicológica: "Se basaba en hacer siempre lo mismo, los horarios, el turno de comida… Funcionaba como una forma efectiva de control, para generar individuos sumisos", expresa la antropóloga.
Injusticia testimonial y brecha epistémica
La obra exhibe, en esta línea, el grado de patologización de los cuerpos de las mujeres que desbordaban la norma. Pero en última instancia arroja luz sobre una cuestión fundamental en la historia de la opresión de las mujeres: el descrédito hacia sus palabras para así enterrar sus testimonios a través de negarles toda capacidad de agencia aludiendo a su hipotética inestabilidad mental. A la privación de libertad y los tratos abusivos cotidianos se sumó la imposibilidad de entregar muchas de sus cartas debido a la censura que ejercían las autoridades religiosas que administraban la institución para que no trascendiera información sobre lo que ocurría dentro de aquellos muros.
En este sentido, el ensayo revierte ese silenciamiento sostenido en el tiempo y otorga legitimidad a las historias de las "locas" tras décadas de invalidación. Es, ante todo, un acto de reparación testimonial. Para Gamero, es imprescindible recuperar su memoria desposeída, rescatar de la oscuridad las palabras cercenadas por la represión de un régimen patriarcal. "Hay que reivindicar que se siga visibilizando que esas mujeres estuvieron allí, que se cometió una justicia contra ellas", apunta.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.