Opinión
Blanco, rojo y negro

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Lo primero que aprendí de Franco es que tenía el culo blanco y que su mujer lo lavaba con Ariel. Ignoro quién o quiénes dieron con tan geniales rimas asonantes al ritmo del himno de España, pero es significativo que la primera mención al dictador que registrara mi generación fuera una coplilla paródica, como las que circulaban de un lado y de otro –creo que más de uno que de otro– durante la Guerra Civil. Hay teóricos del humor que aseguran que nos reímos sobre todo de lo que nos da miedo, y si algo no ha faltado en este país en el último siglo es miedo.
Durante muchos años no supe que uno de mis abuelos, al que no conocí, había luchado en la guerra. Durante algunos más no me atreví a preguntar en qué bando. Así de lenta es la marea del ayer en tantos hogares donde olvidar resultó la mejor herramienta a mano para seguir adelante. Hacer callar es uno de los ejercicios de autoridad más absolutos que existen, y supongo que si a uno le hacen callar el tiempo suficiente, aquello que tenía que decir se desdibuja hasta que parece algo soñado, más que vivido.
En clase de historia siempre llegábamos a la Guerra Civil en los últimos días del curso, y apurando la marcha porque ya llegaban el calor y las vacaciones. Entiendo que el orden cronológico tiene un sentido, pero el resultado es que, al menos en el tiempo en que estuve en el instituto, se dedicaba mucho más tiempo a la Reconquista que a la Segunda República, a la Restauración que a la Guerra Civil, al Motín de Aranjuez que a la Batalla del Ebro. Por algún motivo, en la enseñanza obligatoria nos repitieron muchas más veces aquello de “todo para el pueblo pero sin el pueblo” que el “no pasarán”.
Quizás por eso, siempre tuve la sensación de que aquellos combates y hecatombes habían sucedido en un decorado que imitaba España más que en España misma. Si aquello tan brutal había ocurrido de verdad, ¿no deberían ser más visibles las consecuencias? ¿Por qué nos separaba de algo tan reciente una niebla más espesa que de lo de hace siglos?
Entender que esa herencia está repartida entre los escaños del Congreso y las cunetas de las carreteras es un ejercicio de abstracción que logré siendo ya bastante mayor, cuando los hijos y los nietos que buscaban a sus familiares en fosas comunes empezaron a aparecer en el telediario. Nos dimos cuenta entonces de que esos lugares que hasta entonces nos parecían de película estaban en algunos casos a pocos metros de los parques donde habíamos jugado de pequeños.
Las películas, precisamente, acabaron por sustituir a los libros de texto en el imaginario popular sobre el conflicto. Cuántas veces escuchamos aquello de que el cine español solo producía cintas sobre la Guerra Civil. Y el caso es que era cierto: nuestro séptimo arte se ocupaba de hacer memoria mientras medios de comunicación e instituciones públicas ignoraban de manera descarada la historia reciente. No es que el cine hablara demasiado de la guerra, es que el resto de estamentos hablaban muy poco.
Hay una película que ya retrató el conflicto tan pronto como en 1942. Se trata de Rojo y negro (no confundir con el clásico de Stendhal), del cineasta falangista Carlos Arévalo, que versa sobre una pareja en la que él se afilia a un partido de izquierdas y ella a Falange en los años previos a la guerra. En el metraje se incluyen paseíllos y ejecuciones en el Madrid rebelde (perpetradas por los malvados republicanos, claro) en un momento en que seguía habiendo muchos paseíllos y ejecuciones en la vida real. Quizás por ello, y aunque hay mucha leyenda sin aclarar, la película parece que fue secuestrada poco después de su estreno por el régimen y se recuperó tan tarde como en 1996.
Si no hubiera estado atento a la programación de Filmoteca Española probablemente seguiría sin conocer esa película. Del mismo modo, cada uno de nosotros ha tenido que ir haciéndose su relato sobre el siglo XX español con lo que iba teniendo a mano. Es inconcebible y vergonzoso que nuestro país siga sin tener una apuesta clara por construir una memoria histórica pública, accesible y que responda a las voces que se permiten seguir haciendo tejemanejes con el poder heredado de un régimen asesino.
Durante algún tiempo parecía que al menos habíamos llegado al acuerdo de que el franquismo fue una dictadura criminal que todo demócrata debe rechazar. Pero el aniversario de la muerte de Franco, que tendría que marcar un consenso en el que resultara inconcebible negarse a llamar a las cosas por su nombre, nos pilla con el paso cambiado hacia el abismo.
Porque los eventos conmemorativos del final del régimen, que la derecha y ultraderecha españolas están decididos a boicotear y la familia real está decidida a ignorar, llegan en un momento en que la palabra dictatura está muy presente en la vida pública de España. En un caso supino de proyección, son los herederos del régimen –tanto los naturales como los oportunistas– quienes se llenan la boca con ella. Están convencidos de que si logran que todo parezca una dictadura, cuando llegue la de verdad no lo advertiremos.
Quizás el trampantojo ya está funcionando a pleno rendimiento: vivimos en un mundo en el que es factible leer en las noticias, el día del 80 aniversario de la liberación de Auschwitz (ahí sí estaban Felipe y Letizia), el anuncio de Donald Trump de crear un campo de concentración para 30.000 inmigrantes en Guantanamo y seguir adelante como si nada. Da la impresión de que hace tiempo que nos hemos acostumbrado al esperpento, y de que en medio del ruido, del embrollo de las ideas y las noticias, aquellas que antes nos tenían en shock durante días hoy son un trending topic más. ¿Un saludo nazi en una toma de investidura? Por favor, eso es tan enero de 2025…
En un admirable plano secuencia de Rojo y negro, un señor mayor apresado en un calabozo pregunta con un doloroso autoconvencimiento: “¿Cree usted que siguen dando paseos? Eso era antes, ¿verdad?”. Puede que haya llegado el momento de que nosotros también nos desengañemos.
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