Opinión
Un año de Trump como síntoma de cambio de época

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
El primer año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca se ha convertido en un acelerador histórico. Más que inaugurar procesos inéditos, ha empujado con fuerza tendencias que ya estaban presentes y que ahora se despliegan sin disimulo. El mundo asiste a una transición desordenada hacia un sistema internacional menos previsible, marcado por la competición entre grandes potencias, la disputa por los recursos críticos y la erosión de las reglas que durante décadas organizaron la convivencia global.
En la esfera internacional, la rivalidad entre Estados Unidos y China se ha consolidado como el eje estructurante del nuevo tiempo. No se trata solo de una competencia comercial, sino de una pugna sistémica por el liderazgo tecnológico, militar y financiero. Washington ha comprendido que difícilmente podrá seguir ocupando en solitario el lugar de gran hegemón y responde intentando fijar límites al ascenso chino. La batalla por los semiconductores, las tierras raras, la inteligencia artificial o las redes digitales revela hasta qué punto la innovación se ha convertido en territorio estratégico. Quien controle esos recursos controlará el futuro.
Este escenario explica el retorno a una geopolítica clásica que Trump ha asumido sin complejos. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional rescata la vieja doctrina Monroe, ahora reinterpretada en lo que algunos ya denominan doctrina Donroe. América Latina vuelve a ser considerada un patio trasero donde cualquier disidencia resulta intolerable. La presión sobre Venezuela, las maniobras diplomáticas y económicas para disciplinar a gobiernos incómodos y las ambiciones sobre Groenlandia muestran una misma lógica: control del territorio y de los recursos para no perder posiciones en la competición global. A ello se suma la defensa casi obsesiva del dólar como moneda de referencia, consciente de que la desdolarización que impulsan China y los BRICS amenaza uno de los pilares del poder estadounidense.
Pero la política exterior de Trump no puede separarse de su proyecto doméstico. Dentro de Estados Unidos observamos una aceleración hacia un autoritarismo competitivo. Con el control del Ejecutivo, del Legislativo y de un Tribunal Supremo remodelado a su medida, el trumpismo dispone de un aparato institucional prácticamente alineado. Los únicos contrapesos reales proceden de algunos gobiernos estatales y de tribunales federales que todavía resisten. Bajo la retórica de la seguridad y el orden se despliega una estrategia represiva que tiene como ejes la criminalización de la migración, la ofensiva cultural contra los derechos de las mujeres y la persecución de cualquier voz crítica.
La salida de múltiples acuerdos internacionales, el desprecio por los mecanismos multilaterales y los ataques a la prensa configuran un paisaje inquietante. Trump dinamita el orden internacional al mismo tiempo que debilita la democracia liberal estadounidense. El mundo observa con estupor cómo la primera potencia occidental normaliza prácticas que hace pocos años parecían impensables. Y la sociedad norteamericana, profundamente polarizada, asiste a este proceso en estado de shock.
El Partido Demócrata, todavía lamiéndose las heridas de la derrota, no ha logrado articular una respuesta convincente. Salvo algunas voces lúcidas, como la de Mamdani, predomina la confusión estratégica. Las elecciones de medio término de noviembre se acercan y la oposición intenta recomponerse, pero carece de un relato capaz de conectar con las angustias materiales de la ciudadanía. Sin esa reconstrucción, el trumpismo seguirá ocupando el centro del tablero.
La paradoja es que la opinión pública no respalda mayoritariamente a Trump. Los sondeos muestran una erosión de la confianza y un cansancio ante el clima permanente de confrontación. De ahí que la Casa Blanca necesite recuperar apoyos antes de los comicios si quiere evitar un escenario de bloqueo institucional e incluso un eventual impeachment. Cada movimiento en política exterior se diseña pensando en ese objetivo interno. Las intervenciones, sanciones y gestos de fuerza se envuelven en un relato de victimización nacional, según el cual Estados Unidos estaría asediado por enemigos externos e internos.
Sin embargo, tras esa narrativa se esconde una ofensiva neocolonial dirigida en gran medida por la camarilla de tecnoligarcas que rodea al presidente. Los grandes magnates digitales y financieros han encontrado en Trump el vehículo perfecto para ampliar su poder, desregular mercados y apropiarse de sectores estratégicos. La política se subordina así a intereses privados que conciben el planeta como un tablero de negocios.
Este entrelazamiento entre autoritarismo interno y expansionismo externo define el momento actual. Las fronteras entre seguridad nacional y beneficio corporativo se difuminan. La represión de la migración sirve para disciplinar mano de obra y para alimentar un discurso identitario. La guerra cultural contra las mujeres o contra la diversidad funciona como cortina de humo que oculta el aumento de la desigualdad. Y la retórica patriótica legitima aventuras geopolíticas destinadas a asegurar recursos.
Con todos estos ingredientes, resulta legítimo preguntarse hasta dónde está dispuesto a llegar Trump. Si ya ha quebrado normas básicas del derecho internacional, nada garantiza que no termine por romper también las del propio orden constitucional americano. La historia demuestra que los liderazgos personalistas, cuando se sienten acorralados, tienden a forzar los límites. El riesgo de una deriva abiertamente iliberal no es una hipótesis académica, sino una posibilidad real.
Nos encontramos, por tanto, ante un cambio de época. El viejo sistema liberal que surgió tras la Segunda Guerra Mundial se resquebraja sin que haya aún un modelo alternativo claro. Europa, América Latina y el resto del mundo deberán aprender a moverse en este terreno movedizo, defendiendo espacios de autonomía y cooperación. Frente al ruido y la intimidación, será necesario reconstruir una política basada en los derechos, en la igualdad y en la sostenibilidad del planeta.
El año transcurrido no es solo un episodio más de la política estadounidense. Es el síntoma visible de una transformación profunda del orden global. Comprenderlo exige mirar más allá de las excentricidades del personaje y atender a las fuerzas estructurales que lo sostienen. Solo así podremos imaginar respuestas democráticas a un tiempo que se anuncia turbulento y decisivo.
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