Opinión
Bob Hoskins en la Tierra de Nunca Jamás
Por David Torres
Escritor
Bob Hoskins se fue ayer al país de los dibujos animados, a la Tierra de Nunca Jamás a hacerle compañía al Capitán Garfio. El gran reloj de piel de cocodrilo se lo comió a los 71 años, después de una larga y extensa carrera de casi cien películas, ninguna de las cuales, la verdad, le hizo justicia. Hoskins era un todoterreno, uno de esos actores capaces de merendarse cualquier papel, de encajar hasta de canto, sacándole lustre a media frase, agazapado en la esquina de un diálogo y dándole la vuelta como a un filete.
Lo hizo en Cotton Club, de Coppola, donde interpretaba a un empresario dedicado a los negocios turbios y con una amistad demasiado intensa por su socio, un gigantesco y glacial Fred Wynne. De repente la trama de gángsters se difuminaba, nos importaba un bledo Richard Gere y su corneta, Gregory Hines y el hermano negro con el que bailaba claqué, los escotes, las joyas, las metralletas, el rictus estreñido del temible Dutch. Todo se podía ir a la mierda porque ya sólo queríamos saber más cosas de esa pareja desigual que formaba el matrimonio gay más feliz, operístico y feo de la historia. A lo mejor, ése era el problema de Hoskins, que aparecía dos minutos y se llevaba la película bajo el brazo: mucho después de que hubiera abandonado la pantalla, en las retinas de los espectadores persistía el recuerdo de ese señor bajito, de su calva iracunda y la elipsis de sus cejas circunflejas ardiendo todavía, como la sonrisa del gato de Cheshire.
Otras veces sucedía al revés, otras veces entraba a mitad de la película y de repente parecía que llevara allí tanto tiempo como el acomodador; de hecho tenía cara de acomodador, de camarero veterano, harto y gruñón, uno de esos proletarios fílmicos en los que no te fijas mucho y que de repente arman el escándalo, la revolución, el pollo, la marimorena. En Enemigo a las puertas, irrumpía enfundado en el uniforme de Nikita Krushev, haciéndose cargo de las tropas soviéticas en Stalingrado y estampándole una pistola a su antecesor sobre la mesa: “Tenga, ahórrenos el papeleo”. Y ya sabías que la película se había partido en dos, que los alemanes iban a perder la batalla, la guerra y la semifinal, que aquello no lo levantaba ni Ed Harris fumando estilo aristócrata unos cigarrillos circundados de púrpura que iba ordeñando de una pitillera como si en vez de cazar francotiradores rusos en el fin del mundo estuviera leyendo a Goethe en la Selva Negra.
Casi siempre le tocaba bailar de secundario porque aparentemente era tosco y destartalado, pero si se lo proponía era capaz de hacerle sombra al propio Michael Caine. Estaba hecho para el cine pero el cine no estaba hecho para él, como si hubiera llegado demasiado tarde al reparto y tuviera la jeta achatada en cinemascope y el vestuario dispuesto en blanco y negro. Tal vez por eso, los únicos protagonistas que le recuerdo fueron de fontanero de videojuego en Supermario Bros (una perfecta idiotez) y de detective rodeado de dibujos animados en ¿Quién engañó a Rogger Rabbit?, donde se deslizaba entre conejos estúpidos y señoras libidinosas en dos dimensiones que le vacilaban a lo Mae West: un mensajero del futuro, una sombra entre garabatos que nos estaba anunciando, con décadas de antelación, que el cine que se nos echaba encima ya sería todo caricatura, videojuegos infantiles, superhéroes de tebeo, animación por ordenador, vidas de mentira y necias defunciones por cocodrilo en la Tierra de Nunca Jamás.
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