Opinión
'La casa de los gemelos' y la falacia del 'streaming' de la vida sin filtros

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Todavía recuerdo cuando se estrenó la primera temporada de Gran Hermano. Teníamos un profesor que se mostró entusiasmado a más no poder porque estaba convencido de que nos enfrentábamos a un cambio de paradigma en la industria del entretenimiento, un experimento sociológico -como también afirmaban los creadores del programa- en el que se borrarían las fronteras entre el "ellos" y el "nosotros" y que marcaría el comienzo de la democratización de la creación de contenidos. La verdad es que mi profe no podía estar más equivocado y tener tanta razón al mismo tiempo. Gran Hermano fue el padre de todos los realities pero había en él muy poco de experimento sociológico y un mucho de laboratorio, pues el casting estaba hecho para que los participantes dieran el espectáculo y se provocaban situaciones con el único fin de generar tensiones y alimentar horas y más horas de televisión, debates, artículos de periódico y hasta portadas de la prensa rosa.
Concebido como un concurso que le daba al espectador la posibilidad de salvar y expulsar participantes, el público consumía horas y más horas de contenido que en muchas ocasiones era irrelevante y anodino, y llegaba a tener la sensación de que lo que estaba viendo, y de lo que estaba participando, era la vida real. A lo largo de las temporadas hubo de todo: gritos, peleas, sexo, llantos, traiciones, amistades, enamoramientos, cuernos y hasta una agresión sexual que los productores no hicieron nada por evitar. Aunque, con el paso de los años, los concursantes pasaron de ser personas de físico corrientito y de andar por casa -no así su carácter-, lo que los convertía en seres cercanos y verosímiles, a chicos y chicas con aspecto de tronista, y por tanto a seres más ficticios e impostados, más acordes con el ethos de los tiempos. Gran Hermano, sus primos y sus versiones con famosos de tercera crecieron como las setas durante décadas en las televisiones privadas y marcaron una estética y una ética tan reconocibles como cuestionables. Porque lo importante de este programa, y de todos los que le imitaron o quisieron ir aún más lejos, no era el hecho de que cualquiera de nosotros podía hacerse famoso y vivir del cuento el resto de sus días, sino que por fin se tenía la posibilidad de ser el centro de atención y ganar mucho dinero sin poseer ningún talento concreto.
Bastaba con ser uno mismo, dormir, pasearse en pijama y comportarse -o al menos fingirlo- como si estuvieras en tu propia casa, como si no hubiera cámaras delante, para convertirse en alguien popular, rico e incluso admirado. Había llegado la democratización de la popularidad, y lo había hecho además con un acentuado toque vulgar y desenfadado.
En esa apuesta por la proletarización de los personajes televisivos hubo también un mucho de clasismo, pues se optaba por personas que se ajustaban a ciertos estereotipos y prejuicios de los que además solían reírse indisimuladamente, y también mucho de costumbrismo galdosiano. Y sin embargo sus vidas, sus historias y sus cuitas no se distinguian mucho de las de las pijas que protagonizaban las revistas de papel couché y que también nos vendían sus cuernos, sus discusiones, sus divorcios y sus embarazos. Solo que estas exhibían mejor maquillaje y ropa más elegante pero, en muchas ocasiones, muchos menos años de educación reglada y nada de sentido del humor y autoparodia.
Pero Gran Hermano no fue un producto inofensivo y consolidó una deriva televisiva que ya había comenzado con programas como Esta Noche Cruzamos el Mississippi o Crónicas Marcianas y que se caracterizó por ser una televisión de bajo coste, y más baja ética, que se retroalimentaba de sus propios programas y personajes, y que no dudó en explotar a sus invitados de la forma más cruda y despiadada. Durante los años dos mil estos programas cruzaron todas las líneas rojas y en ellos los gritos, el sexismo, la homofobia, las teorías de la conspiración, la mala educación, la apología de la violencia de género, el consumo de drogas y el capacitismo estaban a la orden del día. Y todo esto con el beneplácito del público que les proporcionaba unas audiencias millonarias con las que hoy en día solo pueden soñar algunas reinas de la mañana expertas en vender alarmas antiokupas. Y sin embargo, y a pesar de todo, las televisiones tienen un filtro, por laxo que nos pueda parecer, y están sometidas a regulaciones y a sanciones. Algo de lo que carecen las redes sociales, que se regulan en muchas ocasiones al capricho de sus dueños y que no dudan en saltarse normativas nacionales y europeas. Porque si la llegada de Gran Hermano se nos vendió como una revolución, como la democratización de la cultura visual, la aparición de los streamers y demás fauna cambiaría para siempre las reglas del consumo audiovisual y, sobre todo, la forma en la que performamos nuestras vidas ante los demás.
La llegada de YouTube, Twitch, Instagram y Tik Tok ha eliminado por completo la necesidad de los intermediarios. Ya nadie necesita superar un casting, basta con una buena cámara en el móvil y algo de suerte para convertirse en una celebridad y empezar a ganar dinero. Y como los consursantes de Gran Hermano, ni siquiera hay que poseer un talento especial más allá de saber identificar a qué sector del público quieres llegar y performar ante ellos una vida ficcionada y editada a su gusto.
Por tanto, los límites de lo que se está dispuesto a hacer delante de una cámara, al margen de los formatos, los marca el pudor y la propia ética personal. Plataformas como Kick, con la excusa de la libertad de expresión, han sabido explotar las ansias de fama y dinero de personas sin escrúpulos pero también el gusto por la sangre y la humillación de sus usuarios. La muerte el 21 de agosto de 2025 del influencer francés Jean Pormanove en pleno directo, asesinado de una paliza a manos de sus dos compañeros, ha marcado un punto de inflexión en Francia, donde al fin se ha abierto el debate sobre la regulación del contenido en estas plataformas más allá de la publicidad engañosa, y en el que también se ha puesto el foco en la responsabilidad del medio millón de seguidores que alentaba y pagaba para que se le golpeara y torturara hasta la muerte. Y en España estamos viendo un caso similar con Simón Pérez, que hace años se hizo viral junto a su pareja Silvia Charro, y que acabó primero en Kick y ahora en Rumble, cofundada por Peter Thiel ni más ni menos, donde, entre otros cosas, sus treinta mil seguidores le pagan para que se inyecte droga que ellos mismos le proporcionan, sin que se estén tomando medidas para proteger a Pérez ni para cerrar, o al menos regular, el contenido de ambas plataformas, que además no están restringidas a menores.
Así que si bien es cierto que Gran Hermano fue un pionero en la democratización de la creación de contenidos, no lo es menos que, sin regulaciones estrictas, dicha democratización no es más que una perpetuación de la explotación de las vidas ajenas no muy distinta a la que se practicaba en aquellos programas que, no debemos olvidar, se consideraban "televisión basura" y que han quedado obsoletos no por su temática, sino por su formato.
Llama por eso la atención el éxito de La Casa de los Gemelos 2, que para mi decepción no es una casa en la que se ha encerrado a un montón de gemelos idénticos, sino que debe su nombre a sus productores, dos streamers que se hacen llamar ZonaGemelos, y que ha resucitado el formato tradicional de Gran Hermano, casting incluido, pero adaptándolo a la forma de consumo visual de la Generación Z. Tras el escándalo de la primera Casa de los Gemelos que reunió a siete TikTokers muy populares y que fue cancelado por Kick a causa de las agresiones físicas, los insultos, los destrozos del mobiliario de la casa y el consumo de drogas y alcohol a las pocas horas de su emisión, los creadores acaban de lanzar la segunda parte, esta vez con reglas, un premio en metálico, pruebas y hasta castigos, exactamente igual que Gran Hermano.
Este revival y esta nostalgia dosmilera que estamos experimentando en plena ola reaccionaria no son ajenos a la Casa, que ha reunido en su casa-decorado-plató de cine a algunos de los personajes más granados de la tele basura, incluido un señor que tiene un tatuaje tribal en la calva, y también a dos de las participantes de la primera edición que la liaron pardísima. Al menos sus creadores no se excusan esta vez con la coartada del experimento sociológico y no ocultan que, en el fondo, están tratando de testar los límites de un formato y una plataforma que ya han demostrado que no tienen miedo a cruzar todas las líneas rojas.

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