Opinión
China: ¿socialismo de mercado o capitalismo de Estado?

Analizar los elementos claves del desarrollo económico de China es un asunto central para comprender el momento en que se encuentra el mundo.
Por un lado, resaltar el modo en que el PC chino dirige la economía, marca sus pautas hacia la innovación tecnológica y disciplina a las grandes corporaciones privadas. Por otro, vislumbrar los límites y conflictos actuales de su modelo, (para algunos, socialismo de mercado y para otros, capitalismo de Estado), y, en particular, el desinterés por la implantación de modelos de gestión participativos propios de la democracia económica. Aunque eso no signifique que existan casos reseñables que es conveniente conocer.
Empecemos asumiendo una evidencia. El Estado chino establece marcos regulatorios claros y está representado por grandes empresas públicas con gran peso en los sectores estratégicos (finanzas, energía, infraestructuras, telecomunicaciones) pero tolera la gestión independiente en las grandes corporaciones privadas, priorizando la creación de excedentes y que estos se destinen al I+D+i y a la inversión productiva siguiendo las prioridades sectoriales marcadas.
Este objetivo está en el centro del modelo económico. El resultado es que, con datos del Banco Mundial, la capacidad de inversión china, expresada en “formación bruta de capital fijo” se mantiene en un promedio del 40% de su PIB, (41,1% en 2023) mientras EEUU se sitúa en el entorno del 22% de su PIB, lo que supone que no solo le casi duplica en términos relativos, sino que también le supera en términos absolutos.
EEUU y China están confrontando, además, dos conceptos de innovación. En EEUU se asocia a pequeñas startup, luego convertidas en líderes globales, destinadas a crear nuevas dinámicas en servicios de interacción ciudadana… pero desconectada de los procesos productivos. En cambio, la innovación de procesos, en la que China sobresale, se ha demostrado determinante para impulsar y modernizar su amplia base manufacturera. Las llamadas “tres nuevas industrias”, (vehículos eléctricos, baterías y energía renovable), ya contribuyen con un 40% estimado al crecimiento del PIB de China.
Su éxito confirma que el progreso tecnológico depende, en última instancia, de la capacidad de sincronizar los esfuerzos de una nación o una comunidad territorial, para difundir y diseminar la innovación a fin de escalar e impulsar la productividad agregada y el crecimiento potencial. Los programas de subvenciones del Gobierno chino afectan a todas las fases de los procesos productivos. En la industria de los semiconductores, se los conceden a las empresas de las fases iniciales de la producción, a los proveedores de productos y componentes intermedios y a los compradores de los productos finales. Ese esquema busca “desarrollar un nuevo ecosistema tecnológico desde cero” a una velocidad y escala sin precedentes que ya estaba testado en sus exitosas experiencias en productos de fabricación de gama baja y media.
En paralelo, China está implementando un programa de infraestructuras públicas que integran redes de alta velocidad con puentes, puertos y canales con el fin de vertebrar el territorio y revolucionar la logística. El resultado es que los tiempos de respuesta de las transacciones y los intercambios, variable fundamental de la productividad agregada, se reducen, año a año.
Gobernanza económica y ausencia de cambios en las relaciones de producción
El cambio en el modo de producción, es decir, la capacidad de decidir qué producir y cómo producir, es, según la filosofía marxista, la clave de bóveda que define el socialismo. Las expresiones diversas de democracia económica (planificación que garantice el principio del interés general, autogestión en centros, cogestión en las cúpulas) serían su prolongación natural.
En la China actual, el control “por arriba” de los grandes actores económicos determina los ejes de desarrollo y el “qué producir”, objetivo que se prioriza y antepone a cualquier intento de modificar el “cómo producir”. Es decir, se prioriza propiciar cambios en las relaciones entre capital y trabajo o a impulsar sistemas participativos de cogestión o de participación de los trabajadores en el capital. La verticalidad empresarial se impone a la voluntad por imponer un modelo de buen gobierno corporativo o de relaciones laborales participativas.
Esa jerarquía de objetivos significa asumir las tensiones derivadas de la competencia creciente entre empresas, además de dosis de desigualdad creciente y, como consecuencia, la existencia de conflictividad laboral y social. No solo como algo latente sino como una realidad que ya se ha manifestado en diversos momentos, por ejemplo, en los primeros meses de 2025, con protestas que se han extendido desde las provincias industriales del sur hasta regiones del noreste chino. Motivadas por ajustes de plantilla e impagos de salarios en las empresas más afectadas por las políticas arancelarias de Trump, los conflictos laborales han afectado a diversos sectores, desde el sector del automóvil como BYD, a tecnológicas como Shengdi Optoelectronics, y Shangda Electronics, a empresas de bienes de consumo, como Guangxin Sports Goods y a muchas pequeñas empresas del textil.
Resiliencia empresarial. Huawei, como prototipo de “empresa de trabajadores”
Ya se ha reseñado que la innovación y el crecimiento agregado se anteponen al reequilibrio del poder en las empresas. Pero el contexto internacional y la lucha por la hegemonía global sitúan en un nuevo marco la competitividad empresarial. Las prohibiciones establecidas desde EEUU a algunas compañías, y más recientemente, los aranceles impuestos por la administración Trump, están obligando a desarrollar estructuras flexibles basadas en el concepto de resiliencia entendido como capacidad de soportar las crisis y de resurgir a partir de la innovación.
En ese contexto, es donde adquieren valor los modelos que incorporan formas de participación del trabajo en la medida que facilitan la integración de objetivos y una cultura empresarial que fortalece lazos de pertenencia.
Una referencia obligada es Huawei, líder global en 5G, una de las más castigadas desde EEUU, en donde el 99% de las acciones son propiedad de sus 131.000 empleados (incluye activos y jubilados) a través de un programa de acciones iniciado en 1990. La empresa no cotiza en bolsa lo que, sin la presión de accionistas externos, le permite enfocarse en inversiones a largo plazo y en I+D, a las que ha destinado hasta una cuarta parte de sus ingresos.
Ello le permitió sortear la prohibición de usar Android y de adquirir tecnologías estadounidenses cuando fue acusada de espionaje en 2019, a lo que respondió inmediatamente desarrollando su propio sistema operativo, HarmonyOS, fortaleciendo su negocio de infraestructura y de otros servicios. Dos años más tarde, en 2021, Huawei repartió dividendos que supusieron, en promedio, 73.000 dólares por empleado. Su fundador, Ren Zhengfei, que posee poco más del 1%, ha desarrollado una fuerte cultura corporativa con gran sentido de pertenencia y gran agresividad comercial orientada al cliente.
Propuestas participativas mucho más modestas, centradas en integrar en la gestión a trabajadores clave de alto rendimiento, se están implantando en otras corporaciones como Lenovo, Xiaomi o BYD, todas afectadas por los aranceles de EEUU. También empresas semipúblicas como la tecnológica ZTE o la petrolera CNOOC.
El modelo HAIER como red de microempresas autogestionadas
La misma crisis de los electrodomésticos que hizo quebrar a Fagor y provocó una gran crisis en el grupo cooperativo de Mondragón permitió el resurgir de Haier.
En este caso, el cambio consistió en dinamitar la estructura tradicional de una empresa típica de un sector maduro y en declive, eliminando la burocracia y los muros organizativos para fomentar el emprendimiento interno y adaptarla a la revolución que traía consigo la IoT (el internet de las cosas). El objetivo era liderar la domótica y la provisión de bienes y servicios para la ciudad inteligente del futuro, que es ya un presente en China.
HAIER, hoy con más de 120.000 empleados en todo el mundo, eliminó en 2005 a 12.000 gerentes intermedios y reemplazó la estructura piramidal por otra en forma de malla con más de 4.000 microempresas autónomas, unidades independientes que interactúan directamente con los usuarios y stakeholders, tomando decisiones sin depender de una jerarquía central, que, sin embargo, se muestra muy presente. HAIER ha registrado un crecimiento anual de más del 20% durante los últimos 15 años.
Las microempresas, en cuyos beneficios participan los empleados, se agrupan en Ecosistemas de Microcomunidades donde forman alianzas temporales para satisfacer necesidades específicas de los clientes. La flexibilidad y la autogestión operativa, en la que cada empresa elige a sus líderes, exige una coordinación que se garantiza mediante plataformas colaborativas basadas en tecnología blockchain.
Esa flexibilidad le ha permitido diseñar productos adaptados a necesidades muy específicas, como refrigeradores para climas tropicales o lavadoras para zonas rurales con suministro eléctrico irregular. También facilitó una adaptación ágil durante la pandemia, desarrollando webinars sobre transformación digital que le permitió captar a miles de profesionales del sector de climatización y el medioambiente.
La propiedad de la empresa se configura en capas: arriba, se sitúa Haier Group Corporatión, una entidad colectiva dominada por el gobierno de la provincia de Qingdao, que fue su impulsor. Debajo, Haier Smart Group, una sociedad que cotiza en las bolsas de Shanghái y de Frankfurt con equipos de dirección muy profesionales. Zhang Ruimin, CEO de Haier durante 30 años, es el actor principal del cambio, que popularizó lo que denomina “modelo de gestión RenDanHeYi” que hoy se estudia en las escuelas de negocio de Occidente.
La democracia, en su más amplia acepción, sigue siendo el debate pendiente.
Ambas experiencias son excepciones, pero sirven de ejemplo y anticipan el próximo reto.
China está cambiando el modo de producción capitalista y desarrollando una economía “verde” sin, todavía, salirse del esquema del beneficio privado, pero disciplinando a las grandes corporaciones, priorizando la creación de excedentes y la inversión innovadora. La competencia creciente en automóviles o placas solares empieza a dañar los márgenes empresariales mientras genera tensiones, privilegios, desigualdades sociales y conflictos laborales.
Del mismo modo que en Europa la sanidad o la enseñanza públicas pueden considerarse “moléculas socialistas”, o de interés general, en una sociedad capitalista, el camino de China asume la existencia de un espacio en el que el mercado tiene un rol, hasta ahora sometido a controles pero que evidencia conflictos de clase. Y que, en algún momento, situará el debate democrático, en su más amplia acepción, en el centro de todo.


Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.