Opinión
Ciberverano
Por Anibal Malvar
Periodista
Jugar al fútbol con un balón desinflado, deslumbrar gamusinos con linternas sin pila, burlar tus miedos en las ruinas de un castillo, contar meteoritos de la mano de una niña cuyo nombre nunca olvidarás, urdir cuentos de terror bajo la cruz tormentosa de la era, desollarse las rodillas, odiar los pantalones cortos, fumar tomillo, bañarse en ríos prohibidos inventando leyendas de niños lejanamente ahogados: así eran los veranos de mi infancia.
Julio de 2011. Una generación más tarde. Contemplo algo aturdido el ciberverano de mis sobrinos, un Verano 3.0 pedaleado sobre la PSP, el Xbox, la Play3, el iphone y la Wii. Un estudio de la Agencia Antidroga nos advertía, ya en 2006, que el 14% de los adolescentes son adictos a los videojuegos. Ciberadictos huérfanos de bicicleta, río y atardeceres.
No quiero sucumbir al tópico de que todo tiempo pasado fue mejor, pero sucumbo. Los niños de hoy me parecen una grey de solitarios, porque no hay mayor soledad que la del niño frente a la máquina. Lejos ya la Revolución Industrial, al fin la máquina ha vencido. Ha derrotado al hombre desde la sumisión del niño, que cree que la máquina ofrece compañía cuando solo inflige esclavitud adicta y soledades.
Una generación atrás, la única pantalla que nos hipnotizaba era la del atardecer del 31 de agosto, último crepúsculo irremediable y cruel que clausuraba el verano, y venía siempre nublado de adioses que yo todavía lloro. Cualquier día, ese último atardecer de agosto ni siquiera sucederá. Y ningún niño, amigo Hugo, lo echará en falta.
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