Opinión
Solo una cruzada derrota otra cruzada

Por Pablo Batalla
Periodista
Los fascistas saben perfectamente que el cambio climático existe. Lo saben, desde luego, sus dirigentes, que instrumentalizan el negacionismo en público mientras, en privado, trazan planes minuciosos para cuando el Ártico se deshiele. Por ejemplo, invadir Groenlandia. El deshielo permitirá abrir nuevas vías comerciales, explotar nuevas minas, abrir nuevos resorts en nuevas Costas del Sol. Cuando se trata de ganar dinero, abandonamos el terraplanismo cagando hostias. Pero incluso a nivel popular prospera entre los antiguos negacionistas la conciencia de que el planeta se recalienta, hecho ya tan evidente que no puede negarse. Lo que hacen es buscar explicaciones acordes a su cosmovisión y que les permitan seguir odiando a los mismos: el cambio climático, propalan ahora, es un hecho, pero el culpable no es el capitalismo, ni los combustibles fósiles, sino la geoingeniería, los chemtrails, la conjura de un puñado de Sabios de Sion que con ignotas maquinarias del profesor Bacterio regulan el clima a voluntad y han decidido achicharrarnos o ahogarnos en tifones y danas.
Ha podido haber entre las fuerzas de la razón y la justicia social la esperanza, que ahora vemos frustrada, de que, cuando el calentamiento global se hiciera completamente innegable, aquellos que se habían negado a reconocerlo se caerían del paulino caballo y pasarían a engrosar en masa nuestras filas. La historia nos enseñaba que era una ilusión infundada: en sus páginas sobran los ejemplos de cómo ocurre siempre que el animal imaginativo que somos invente la manera de seguir creyendo en sus religiones, sus sectas, sus supercherías, mucho después de que queden no importa cuán desacreditadas; de hacer incluso más firme esa creencia. ¿El ovni no vino? Malinterpretamos las profecías, olvidamos llevarnos una, no rezamos lo suficiente, recemos más, encerrémonos más en la nave industrial en la que veneramos a los marcianos salvíficos. A nosotros mismos nos pasa, y me refiero a los progresistas: no importa cuántas veces se haya desacreditado eso que César Rendueles llama en alguna parte la utopía educativa, nuestra típica creencia de que todos los problemas se arreglan con más educación: el Perico progre sigue dándole a ese torno. «Abrid escuelas y cerraréis cárceles», decía Concepción Arenal y nos gusta repetir, por más que veamos que, si acaso, la mayor educación nos hace cuentacuentos más sofisticados, pergeñadores más finos de fábulas supercheras. Es un cliché recordarlo, pero hagámoslo una vez más: los campos de exterminio nazis tenían responsables la mar de educados. Y en una época caracterizada por una vasta crisis de la autoridad tradicional en todas sus formas, todo lo que advenga como un sermón profesoral puede ser, de hecho, contraproducente para la causa que pretenda reforzarse de ese modo. Instituir una asignatura contra las teorías de la conspiración bien podrá incrementarlas.
¿No hay nada que hacer, entonces? Sí, claro que lo hay. «Venceréis, pero no convenceréis», decía Unamuno a los golpistas de 1936, y los golpistas de 1936 no convencieron jamás, pero vencieron y no han dejado de hacerlo hasta hoy. Nosotros debemos encontrar la manera de que no importe si convencemos o no, mientras venzamos; y en primer lugar de entender que no se convence y entonces se vence, sino que el proceso es el inverso: se vence, y como se ha vencido se convence. En una guerra —y nosotros estamos inmersos en una, aunque de momento sea solo cultural—, no gana aquel a quien asiste la razón, sino la fuerza del mito, el poderoso arranque unificador de la Cruzada. Al otro lado de ese conflicto en el que ya estamos metidos nos ven de ese modo: no como gentes benévolamente equivocadas, a las que pueda convencerse con comprensión y paciencia de maestro socrático, sino como enemigos de una guerra santa, que tal vez puedan, si acaso, convertirse, que no es lo mismo que convencerse. Nosotros estaremos en disposición de derrotarlos si empezamos a verlos a ellos del mismo modo. Como tuitea el siempre dolorosamente lúcido Jónatham F. Moriche, «no hay modo de que derrotemos a esta derecha demente, apasionada y prometeica si nos seguimos aferrando a las imaginarias coordenadas, personales y colectivas, de una normalidad que ya no existe. Este fuego solo se le combate con el fuego; solo una cruzada derrota a otra cruzada».
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