Opinión
Cucarachas y flores somos

Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
Hoy ha bajado la lluvia a Córdoba como un milagro tierno entreverado en el cabello y los geranios. Ha caído en forma de chirimiri –el orvalho portugués– que, me ha dicho Mariana Enríquez hace un momento, en Argentina se llama garúa. Se trata de las primeras reverberaciones de un otoño que inaugura el festival Cosmopoética en el mismo enclave cuya mezquita ardió este verano y ahora parece resplandecer bajo la pátina húmeda de la poesía. Sholeh Wolpé, la poeta iraní-estadounidense, afirmó ayer frente a un público entregado que la literatura era como el agua: podrán intentar silenciar sus voces, pero ella se cuela por las rendijas, penetra las superficies más duras hacia los acuíferos, causa goteras imposibles de suturar. Su compañero de mesa, Kamel Daoud –último premio Goncourt, exiliado en Francia sobre el que pesa una fetua, amenazado de muerte– me preguntó cuán lejos quedaba el mar (la mer) sorprendido ante los boquerones de la cena servidos de manera similar en su Argelia natal: el Mediterráneo es tan poderoso que hasta aquí alcanza su amplitud, aunque nos atraviese un río, el Guadalquivir, trenza licuada de peces y aves desembocada en el Caribe –según el escritor Antonio Manuel–, cordón migratorio y colonial de nuestra historia.
Del Caribe arribaron el Premio Pulitzer Junot Diaz y el torbellino de luz Mayra Santos Febres, ambos residentes dentro de las fronteras de EE.UU., quienes contaron a la prensa y luego en un teatro abarrotado las dificultades de crear arte, belleza y discurso en la patria del “innombrable”. El riesgo es tan palpable, el miedo tan atroz, que yo me pregunto si España no podría convertirse en un refugio para el pensamiento que alumbre estos tiempos oscuros. Cosmopoética, en la vigésimo segunda edición, está logrando justo eso y yo, como su primera Directora literaria mujer, me siento partícipe de la humilde magnitud que un encuentro así puede ofrecer al mundo, clavadito en la grieta. Simbólica y literal, hay una grieta enmarcando nuestros cuerpos, alta en la sala que alberga la mayoría de las conversaciones (Orive). La engendró el terremoto de Lisboa (1755) y la poeta María Ángeles Pérez López nos narró el efecto que el mismo seísmo había causado en su ciudad, Salamanca: repicaron las campanas por la vibración tectónica, pero no murió nadie, acontecimiento que todavía se conmemora. Llegamos tarde a superar descalabros humanitarios sin fallecidos (ella se fotografió con el pañuelo palestino), pero el ejemplo de la hendidura quizá nos sirva de inspiración. Recuerden: por los entresijos de los destrozos se filtra el agua, y puede ocurrir que “una flor abrió el asfalto”, el lema de este año, basado en un poema del brasileño Carlos Drummond de Andrade.
Para Junot Díaz, los escritores también nos asemejamos peligrosamente a las cucarachas, porque no desfallece esa especie ni en las peores circunstancias. Gregorio Samsa amaneció un día convertido en el bicho asqueroso ante la estupefacción de los demás y, siguiendo la senda kafkiana, Clarice Lispector concentró en el insecto el delirio filosófico de la protagonista de La pasión según G.H. Incomodamos, aunque se nos pueda aplastar de un zapatillazo (¿a cuántos?); la guerra química de los pesticidas que a través del lirismo y la ciencia relató Rachel Carson no ha conseguido aniquilar la resistencia de sus patas ligeras; en las pesadillas de la hegemonía que censura y criminaliza reluce el pozo negro de su caparazón crujiente capaz de volar para salvarse e introducirse, de nuevo, en las grietas. Más pequeña que un ratón y más repulsiva que una hormiga, es curioso que la esperanza radique en esa criatura que brota de la alcantarilla, análoga a la planta saxífraga rompiente de cualquier superficie pétrea sin perder la delicadeza.
Luego Manuel Rivas, Ángela Segovia, Chantal Maillard, Lara Moreno, David Uclés… Luego, un ejército de cucarachas y flores subterráneas coserán la tierra a puntadas de palabras para que no arrastre sus grumos ningún vendaval y, en la manta o el mantillo tejidos, un poquito de lo enunciado nos arropará entre el frescor repentino del calabobos. Nueve días de festival hilan fino y sitúan la periferia en el núcleo de las cosas sensibles. Cuando se haya acabado y los autores internacionales hayan vuelto a sus rumbos, y los de casa persigan con los ojos el corazón de la rutina, en Córdoba perdurará la memoria de un verso depositado en cualquier piedra de su patrimonio, en las cabecitas de la gente. A veces, mientras pienso que me dedico a una magia obsoleta y asediada por las pantallas (escribir, siempre escribir); al vaticinar que las historias del futuro las contará una inteligencia artificial poseída por malignos propósitos; o al augurar el mutismo de la neolengua o las bocas amordazadas que ya existen, me entran sudores, quiero tirar la toalla empapada, pero entonces caigo en la cuenta de que ahí también habita el agua y una legión de valientes.
Como aseguró Mayra Santos Febres: “yo no voy a Madrid, voy a Córdoba”. Ustedes no lo sabéis, pero puede ocurrir que los milagros se den en las afueras y merezcan la escucha demorada del centro, como el piar de un pájaro, como el rumor fluvial que lo alimenta.
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