Opinión
¿Ya puedo ser euroescéptico?

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Menuda turrita os hemos dado en la temporada 2024/25 con los chavales y la ola reaccionaria, ¿eh? Si recopilásemos material, llenaríamos un libro gordo no con todos los sesudos y sofisticados textos al respecto, sino solo con los enlaces a las noticias— La bibliografía del reaccionario, titularía yo—. Lo más gracioso, si es que el adjetivo "gracioso" es apropiado aquí, es que la mayor parte de todos estos artículos no versaban sobre los profundos motivos por lo que muchos chicos, en su mayoría blancos y heteros, de entre 16 y 27 años se estaba volviendo profundamente reaccionarios, sino que servían como banderolas cutres de la alerta y el asustaviejismo: "Tú, tú, pavo; que el niño rata de tu hijo se está volviendo falangista, ¡pero no tengo ni puta idea de por qué!"
Todos estos meses, el asunto se ha tratado como un hecho aislado y ajeno a las corrientes políticas, económicas e incluso religiosas que peinaban el mundo; los niños pillaban el reaccionarismo no como quien coge un virus, sino como el desafortunado que pilla cáncer: no conocemos exactamente las causas, diría Rajoy, pero pasa. Hemos malgastado mucho tiempo en culpar al TikTok, a los influencers e incluso al lijamiento cognitivo de las inteligencias artificiales, pero muy poco en hacer autocrítica: igual es que les estamos arrojando a un futuro anunciado de neblina y mierda; igual es que les hemos segado con hechos la fe y los otros se la han resembrado con palabras. Pensadlo.
Uno de los puntos sobre los que más han alertado todos estos expertos en juventud es el especial euroescepticismo que se empezaba a notar entre los jóvenes; un euroescepticismo, he leído, que no estaba directamente relacionado con la ultraderecha, aunque esta lo capitalizara mejor que nadie, y que solo era un síntoma del profundo desconocimiento que existe sobre los procesos en la Unión y los enormes beneficios que nos trae ser de ella parte.
Claro, esta teoría del euroescepticismo como mal absoluto e incuestionable empieza a desmigajarse cuando observamos que la bicha protestante y quintacolumnista que nos preside, Von der Leyen, acaba de firmar un acuerdo con el bufón histriónico de Washington —a ver si no era tan tonto como nos pensábamos, ojo aquí —que convierte a casi quinientos millones de europeos en los puteros de cartera sin velcro que pagarán —pagaremos— las reestructuraciones económicas de los iueseis. Arancelazo general del quince por ciento, miles de millones para comprar su energía y otra talegada importante más para jincharnos a pillarles armas: joder, si esto era la autonomía estratégica, no quiero ni imaginar qué entienden los calvinistas alemanes por felonía.
Ahora, claro, yo me pregunto si los chavales tenemos derecho ya a ser euroescépticos o si seguiremos siendo unos narcisistas e irresponsables por arquear las cejas ante los improperios políticos de La Bicha; ¿seguimos sin entender la Unión Europea?, ¿seguimos siendo unos viciados a la propaganda reaccionaria, incapaces de comprender la grandeza del proyecto común? Porque empiezo a sospechar que el mayor generador de euroescépticos es la propia Europa.
Yo nunca lo había sido, pero cada día me cuesta más digerir los sapos. Aunque quizá todo se arreglaría con más influencers de izquierdas, sí.
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