Opinión
Europa en la encrucijada

Escritora y doctora en estudios culturales
Hace poco contemplé un reportaje televisivo que narraba la labor de algunas mujeres ucranianas alistadas en el ejército. Lejos del frente, sus rostros sonrientes reflejaban el patriotismo de quien no tiene la obligación de ver la sangre: dirigían drones, y con esta simple tarea, descrita como si se tratase de volar una cometa en la playa, se pintaba una suerte de feminismo para la guerra, tan inclusiva que no requería de sus habituales connotaciones viriles. La noticia me causó estupor, no sólo porque ningún feminismo se moviliza en función de la muerte, sino también como síntoma de una normalización de la violencia presente asimismo en el restablecimiento de los servicios militares en muchos países de Europa, vendido como "oportunidad" ante amenazas preocupantes. Días más tarde, EEUU publicaba en abierto su nueva estrategia de seguridad nacional, donde se afirmaba claramente la necesidad de acabar con la percepción y con la realidad "de que la OTAN es una alianza en perpetua expansión". El documento, bien recibido por Putin, enfatizaba también el deber de que Europa asumiese "la responsabilidad por su propia defensa", y priorizaba el Estado-nación frente a cualquier organismo internacional, aludiendo a una supuesta soberanía. Poco después, Elon Musk escribió en X que debía abolirse la Unión Europea.
Los mensajes, analizados juntos, no dejan lugar a dudas: el continente (sus instituciones, población, e integridad territorial) se encuentra en uno de los momentos más difíciles de las últimas décadas, a lo cual se suma la incompetencia de unos gobernantes que continúan balbuceando frente al peligro y, sobre todo, que no han sabido prevenirlo a tiempo. Europa, con Biden aún en la Casa Blanca, apostó por unas sanciones a Rusia dañinas asimismo para la economía europea. Dependiente de la industria militar estadounidense, amplió también su dependencia de combustibles fósiles, cuya prueba más gráfica quizá fuese la opacidad frente a la voladura del gasoducto NordStream, sin olvidar la exigua repercusión que tuvieron los anunciados planes de ahorro enérgico. Ahora, comprobada la hostilidad norteamericana, y la mermada influencia europea en la deriva de la contienda en Ucrania, quizá el poco poder remanente resida en la gestión de su propio espectro informativo, asediado por un entorno digital dominado especialmente por el oligopolio de Silicon Valley. Reducir la ubicuidad de la toxicidad en redes constituye una de las acciones soberanas más potentes; de nuevo, tardía: parece que nadie se enteró del caso Cambridge Analytica.
En esa dirección, la Comisión Europea ha impuesto a X una multa de 120 millones, sirviéndose del reglamento de servicios digitales, y argumentando que incumple la transparencia en torno a los anuncios, la información accesible a investigadores y el famoso blue check, antes mecanismo de verificación de cuentas y ahora simple marca de pago. Esta decisión, criticada por Trump, supone un adelanto en cuanto al reconocimiento de las amenazas, pero sigue siendo incomprensible que Europa decidiera en algún momento delegar su comunicación política en tecnología foránea, y por qué no cuenta con redes sociales propias sabiendo de la posible injerencia en asuntos internos, y teniendo el conocimiento suficiente para fabricarlas. No hay que ser un genio, además, para percibir que el auge de la ultraderecha se encuentra relacionado con su actividad apenas regulada en internet, lo cual incluye la compra de bots y el propio diseño del algoritmo. Y tampoco hay que serlo para comprender la acérrima renuencia de Estados Unidos a cualquier mecanismo de control, como ha expresado en varias ocasiones el vicepresidente JD Vance, quien, bajo el paraguas falaz de la libertad de expresión, ha mostrado su preferencia por un "mercado abierto de las ideas" –cita de la Cumbre de IA, el pasado febrero en París.
Pero las ideas no son un mercado; responden a una historia labrada de consensos ciudadanos, muchos de ellos alcanzados democráticamente. En un mercado, domina el rico sobre el pobre; se someten los bienes a especulación; el lucro se alza sobre el bienestar; y la falta de poder adquisitivo suprime la subjetividad o la somete a deudas, es decir, la constriñe. Es justo eso lo que está ocurriendo cuando vemos romperse acuerdos como el derecho internacional, el mantenimiento de los servicios públicos, la paz o la justicia climática, todas ellas cuestiones sometidas a intereses empresariales. En este sentido, la teoría de la Ilustración Oscura propone sustituir las actuales democracias por un mundo regido como una gran corporación: el trabajo entendido como acatamiento servil de las jerarquías para el beneficio de una élite. Habría que destacar entonces que, en el "mercado abierto de las ideas", que es restringido y tramposo, donde muere la inteligencia, Europa tiene las de perder, al igual que en un potencial escenario bélico, al este y al oeste. ¿Cómo no lo viste antes, Europa? Tu encrucijada desprotege a las personas, a la vida y su futuro.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.