Opinión
Figaredo mon amour

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
En el Congreso hay diputados que hablan bien, diputados que hablan mal, diputados que no hablan, diputados que se duermen, diputados que roncan, diputados que se confunden de botón en las votaciones, diputados que prefieren ir al bar a quedarse escuchando el coñazo de turno, diputados que hacen el ridículo los miércoles y luego está Figaredo. Yo soy muy fan de Figaredo porque, según se levanta del escaño, la tele pasa directamente al blanco y negro, el calendario a 1951 y las radios empiezan a transmitir en código Morse. Casi dan ganas de que Garci vuelva al cine para rodar una película con niños que jueguen a la peonza y vuelen cometas, y entonces aparezca Figaredo montado en un automóvil a pedales y les pregunte, niños, niños, por dónde se va a la Edad Media. Cuidado, mozalbetes, no vayáis a haceros daño, que las peonzas las afila el Diablo.
La primera vez que vi a Figaredo por televisión pensé que me había equivocado y que en lugar del telediario estaba viendo el programa de José Mota. En seguida comprendí que no podía ser, ya que, al lado de Figaredo, Bartolo -el entrañable personaje de José Mota- parece el protagonista de una de Christopher Nolan. Sin embargo, en Vox funciona una especie de imán a pilas por el cual estos ejemplares de la fauna ibérica triunfan a lo largo y a lo ancho de la geografía patria: Jorge Buxadé aquejado de un repentino calambre de brazo ante una multitud o Hermann Tertsch alentando el asalto a La Moncloa desde un campo de olivos y arrastrando una resaca cantábrica. Buxadé dijo que Elon Musk en realidad no hizo el saludo nazi y pocos traumatólogos habrá más expertos que él en la especialidad de brazos tiesos. En cuanto al video de Terstch en bata a cuadros y tropezando con su paladar, hubo redundantes que le añadieron una petaca de whisky cuando no hacía ninguna falta.
A Figaredo lo han fichado en Vox, entre otras cosas, como experto en el cambio climático, lo que da una idea de lo que piensan en Vox del cambio climático y de lo que piensa Figaredo, así, en general. En una de sus intervenciones magistrales en el Congreso de los Diputados, el pasado miércoles Figaredo explicó que a Galileo Galilei lo quisieron quemar en la hoguera por defender que la Tierra es redonda, una historia alternativa que coincide con la versión de la prosperidad franquista defendida por Vox, del regreso a la Inquisición como modelo de progreso y de la agenda 1492 frente a la 2030. Lo mismo podía haber dicho que a Galileo quería quemarlo Stalin en la Plaza Roja, puesto que los datos que maneja Figaredo vienen más o menos de la misma biblioteca de la que saca los suyos Miguel Ángel Rodríguez: los ha oído por ahí en una taberna o directamente se los inventa.
Que en Vox no hayan llegado todavía a comprender la teoría heliocéntrica no debe sorprendernos: es una formación que abandera a la España que madruga levantándose a las once de la mañana. Como especialista mundial en bulos certificados, Figaredo asegura que el cambio climático es una patraña y que riadas mortales ha habido desde siempre, aunque quizá no ha caído en la cuenta de que las novedades, en el caso de la tragedia de Valencia, son la existencia de una Agencia Estatal de Meteorología, de una Confederación Hidrográfica del Júcar y de un presidente autonómico que no podía atender los mensajes de urgencia en su teléfono porque estaba muy ocupado en El Ventorro y decidió alargar la comida hasta la cena. Figaredo también habla, más o menos con el mismo conocimiento, de que el aborto es terrorismo o de la dictadura feminista que impera hoy día en España sin comprender que él mismo es el mejor contraejemplo. Después del gazapo de Galileo, todavía está estudiando si la Tierra gira alrededor de Hermann Tertsch o si la cabeza de Abascal será plana o extraplana.
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