Opinión
Más allá de la finalísima

Por Marta Nebot
Periodista
Cuando estés leyendo esto todo se habrá ganado o perdido. De hecho, se dirá que estaba cantado con argumentos o pálpitos.
Los que no tenemos ni lo uno ni lo otro rezamos. Los ateos también lo hacemos. Porque rezar puede ser pedirle cosas a la vida, juntar ganas y deseos, enfocarlos, apretarlos y amasarlos hasta coger carrerilla para meternos en el horno donde se harán realidad o se quemarán sin remedio, en ese fuego en el que se juega todo, en esos instantes en los que todo cuadra o no.
Parece mentira que esté escribiendo esto una simple futbolera social, una que no ha visto el Mundial, ni siquiera todos los partidos de los suyos, ni todos los minutos de los que sí vio; alguien que solo ve deportes para emocionarse con otros, en ambientes de risas en los que su emoción nunca queda desubicada.
El fútbol no me importa, no lo entiendo, en el fondo lo desdeño -con perdón-. Su universo de talonarios me da asco, sus estrellas millonarias vacías me dan rabia, sus seguidores pena y más pena por ellos y por el futuro.
Sin embargo, la patria tira. La patria tira incluso de los que no creemos en las patrias ni en el fútbol. Pertenecer, sentir en grupo, ser más grande que uno mismo es más fuerte que la teoría y esta vez hay tanto que sentir juntos, tanto que nos trasciende a nosotros mismos.
Ganar de la manera que está jugando España, haciendo equipo, demostrando obviedades discutidas, como que el bien común está por encima, como que la unión hace la fuerza, como que este país es de todos los españoles por igual, como que podemos ser ejemplo global de multilateralismo, de convivencia y de defensa de la paz y de la justicia en todo el mundo, es mucho más que ganar una finalísima.
Ganar al equipo del país que gobierna Milei -con perdón de los argentinos que no le votan-, ganar al protegido de Trump, que tendrá que entregar la copa, ver brillar nuestro juego limpio, ganar o perder bien para conservar lo más valioso, para seguir dando la lección más importante en este momento, tanto en suelo patrio como en el resto, es mucho más que fútbol.
¡Madre mía cuántos iban a celebrar nuestra victoria desde Gaza hasta en el propio Estados Unidos!
Pedro Sánchez va a asistir a esta final histórica junto a la Casa Real, los reyes y las infantas. Supongo que a él también le hubiera gustado ir con su familia. Vaya con quien vaya, se arriesgará a ser aplaudido o abucheado. Milei no va a ir, no asume ese riesgo. Trump tendrá que estar, al menos a la hora de la entrega de premios. Mamdani, el alcalde que anima a Nueva York a enfrentar al ICE, es probable que también esté en el palco de autoridades.
No sabemos si se verán o saludarán ni cuánto ni cómo. No sabemos si lo harán ante los focos, ni si esos saludos serán retransmitidos. No sabemos si las cámaras norteamericanas nos mostrarán su estoicismo o sus ¡oh!, sus ¡casi!, sus celebraciones de gol o sus lamentos por los goles del otro.
Lo único que sabemos es que, de la ensalada de emociones y poderes enfrentados en este neocirco romano del siglo XXI, en el Coliseum del Occidente contemporáneo, en este momento histórico tan concreto, podríamos decir que se juega a vida o muerte y que nosotros no representamos lo segundo, podríamos decir que es solo fútbol, podríamos, pero solo lo diremos si perdemos.
¡Que no perdamos, por favor!
Aunque, cuando leas esto ya habremos ganado o perdido, dejo este deseo en el horno, lanzo esta plegaria al viento, para que se haga a fuego muy lento, para que vuele muy lejos, para que sobrevuele este partido, para que ganemos en lo trascendental que va mucho más allá de este encuentro.
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