Opinión

¿Por qué fracasan los “Feminismos” religiosos?

Nazanin Armanian

Por Nazanin Armanian

Analista política y traductora persa y dari

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Las conservadoras. Las de “Cásate y sé sumisa” y las de las que la mujer decente sólo existe en términos de madre y esposa, con deberes que están por encima de ser mujer y libre. Consideran que su naturaleza débil y emocional es incompatible con las tareas asignadas a los hombres creados fuertes y racionales, y de allí su rol y la defensa de la separación entre los géneros en los centros educativos y laborales. Acusan a otros grupos feministas de ser transmisoras de la corrupción moral y causante del aumento espectacular de divorcios y de violencia machista, sin dejar de pedir la restricción legal de la poligamia.

Sus propuestas pertenecían a los pueblos semitas y de un pasado lejano: pedían literalmente que la Ley de Talión, extraída del código Hammurabi, del siglo XVIII a.C., respete la igualdad de la mujer: que el valor de un “ojo” del hombre no sea equivalente a dos ojos de mujer o que en la lapidación, ella también sea enterrada hasta la cintura como el hombre que no hasta los pechos, para poder disfrutar de la enmienda que indulta al condenado que consiga liberarse por sus propios medios. ¿Liberarse ella con las manos atadas y enteradas? ¡Aterrador el castigo y mezquina la propuesta de reforma, teniendo en cuenta que los iraníes del siglo XX desconocían este castigo, por lo que podían exigir directamente la abolición de la pena de muerte.

Ignoraron la pluralidad de la población femenina, excluyendo a millones de mujeres iraníes y del mundo, que no fuesen practicantes de su credo.

Apoyaban la teocracia, que no el sistema del gobierno por y para el pueblo.

Que pidiesen los mismos derechos que el hombre en unos sistemas dirigidos por una élite (como en Arabia Saudi) donde los derechos de los varones como ciudadanos tampoco son respetados tiene poca gracia.

El enfoque anticientífico de su doctrina creacionista justifica la razón de la existencia de la mujer al servicio de la “quietud del hombre” (Corán, 30:21) o “para que Adán no esté solo” (Génesis II: 18 y 22). Principio para justificar la supeditación sagrada de ella a él.

Sus tesis no eran debatibles por irracionales en unos momentos que el feminismo discute la teoría de Judith Butler de que hasta el sexo y la sexualidad pueden ser construcciones sociales que no naturales. Aun hoy, ellas siguen se oponen a que una niña, a partir de los 7-8 años haga lo mismo que los niños de su edad: bailar, cantar, soltar una carcajada, hacer el tonto, etc. impidiendo que teja su identidad; le fuerzan para que empiece a vigilar su sexualidad, centrada además en su virginidad, su principal tesoro. Su cuerpo, al igual que su alma, dejará de cobijar sus propias ilusiones y deseos para ser rellenado con los deseos de sus vigilantes. Esta lucha contra su cuerpo, para que desde esta sutil alienación guste a otros, le perseguirá toda su vida, como la culminación de una sumisión glorificada de los dominados.

Al no dar la importancia la velo (por “no ser problema de la mujer”), ocultaron la profunda relación simbólica que existe entre el poder y la vestimenta ¿Quién lleva los pantalones en tu casa, en tu país? es una pregunta sabia y reveladora.

No criticaron las religiones como sistemas totalitarios que no deja ningún espacio a la libertad de la persona, ni siquiera del pensamiento; guardaron el silencio ante ideas que considera a la mujer botín de la guerra (en una zona azoada por conflictos bélicos), mantienen el concepto de “esclavo” y también “la escala sexual” (concubina) a quienes se puede vender y comprar.

No tratan los derechos de las personas a la sexualidad libre, ni por ende, se posicionan frente al asesinato de mujeres y hombres por tener relaciones homosexuales o fuera del matrimonio.

Portavoces de las clases media y alta, nunca trataron con la pobreza y la exclusión económica de decenas de millones de mujeres en los países musulmanes. ¿Repartir limosna es lo mismo que la justicia social? La “feminización de la pobreza” significa que el 75%  de los 1.300 millones de personas del mundo que viven bajo la umbral de la pobreza sean mujeres, y eso no se debe a una nefasta distribución de los recursos, sino a la propiedad privada sobre las principales fuentes de producción: solo el 1% de las mujeres de África es propietaria de la tierra, y mientras producen el 80% de los alimentos, sufren hambre.

Nazanin Armanian

Analista política y traductora persa y dari

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