Opinión
Ya no hay redes sociales

Por Guillermo Zapata
Escritor y guionista
Esta semana descubrí un video en Instagram en el que el filosofo Leo Spluga explica con sencillez y claridad por qué no tiene demasiado sentido seguir llamando "Redes sociales" a eso que tenemos a nuestro alrededor en este momento.
Plantea Spluga que en 2004 podría tener sentido hablar de algo así porque Internet era una herramienta colectiva, o en 2012, pero que en 2025 hablamos de plataformas de contenido. No de redes sociales. Literalmente dice "no estamos conectados a una red social, estamos pasando tiempo mirando la tele a través del teléfono".
El sitúa el momento de ruptura con la aparición del algoritmo "Para ti", que desplaza la atención de ti mismo a elemento exterior organizado por una plataforma que busca sacar rentabilidad económica de nuestra atención. Señala también la profesionalización de las redes y la dinámica económica en torno a ella.
Creo que es una reflexión muy acertada a la que se le pueden añadir otros elementos que, creo, son también determinantes. Uno de ellos es el paso de las plataformas basadas en texto a las plataformas basadas en imagen. No tanto la pelea entre X y Bluesky, cómo el desplazamiento de la centralidad de este tipo de red por TikTok o Instagram.
Esto tiene unas consecuencias de un calado enorme. Desaparece la dimensión colectiva que permiten las redes de texto, porque lo que se rompe fundamentalmente es el anonimato. Dónde hay anonimato hay multitud, hay alteridad y juego. Dónde hay imagen hay iconicidad, unicidad y representación. De esta forma, la atención se jerarquiza de una manera muy distinta y se sitúa sobre cuerpos. Lo saben muy bien las mujeres que crean contenido digital, que a la vez que hacen aparecer sus cuerpos, sufren una violencia descomunal en torno a los mismos.
Lo saben también los millones y millones de jóvenes que han pasado de jugar a videojuegos a ver jugar a videojuegos a streamers que son hoy una categoría propia, quizás la más fulgurante en el mercado de la fama.
Lo saben también los estudios que están investigando el progresivo retraimiento de una parte de la sociedad abrumada por la cascada constante de estímulos e imágenes que vienen de las plataformas digitales.
El modelo de plataforma digital es el de una micro televisión distribuida y conectada. En el libro del investigador del MIT Henry Jenkins en torno a la cultura digital Cultura Convergente escrito hace casi 20 años, plantea que ninguna tecnología de la comunicación ha terminado con las anteriores, sino que las ha transformado radicalmente. Así, el cine no acabó con el teatro, la televisión no acabó con el cine e internet no acabó con la televisión. En todas esas tecnologías hay un juego de idea y vuelta en el que la tecnología anterior termina por adoptar elementos de la siguiente y la siguiente nace con algunos elementos incorporados de la anterior.
Los periodistas y críticos culturales John Tones y Javi Sanchez han dedicado una parte enorme de su carrera hablando de videojuegos y defendiendo que lo más interesante de los mismos son aquellos elementos que no podrían funcionar en ningún otro dispositivo cultural. Más que demandar unos videojuegos cada vez más realista y cinematográficos reivindican la abstracción pura de un comecocos, dónde todos los elementos son incomprensibles fuera de los códigos lúdico narrativos de los videojuegos.
Por eso es interesante identificar cómo el camino de las redes sociales, basadas en el intercambio, el encuentro, la experimentación lingüística, etc. Se han ido modificando a golpe de inversión millonaria y economía de la atención en un dispositivo que se parece más a una tecnología anterior a ellas mismas como es la televisión, que a un desarrollo propio a partir de su propia especificidad.
Se ha señalado en ocasiones lo curioso que es que muchos de los jóvenes influencers jóvenes que producen contenido y que tienen un enorme impacto lo que reproduzcan en sus espacios son versiones digitales de los formatos televisivos más tradicionales, de la retransmisión deportiva al talk show, el reality o el programa de cita y cotilleo.
A la vez, se está produciendo una alfabetización digital de tipo técnico en el que cientos de miles de jóvenes comprender y desarrollan narrativas digitales basadas en el montaje acelerado, el meme, la ruptura de la cuarta pared, el comentario de texto digital y la remezcla y esos "nuevos famosos" se enfrentan a crisis reputacionales propias del Star System sin los medios de los que disponen las estrellas. Una forma especialmente precaria de la fama en la que se le entrega todo al algoritmo y él devuelve muy muy poco, apenas hate y ansiedad.
Esta semana saltaba la noticia de que Australia iba a prohibir a los menores de 16 años el acceso a redes sociales. Cabe preguntarse si negarle a los jóvenes el ecosistema mismo en el que van a vivir el resto de su vida es la mejor idea posible o tendría más sentido que las viejas instituciones de socialización como son la familia o la escuela hicieran un esfuerzo por dotar de sentido y normas esos espacios y la política y sus instituciones dotara de una regulación que permitiera abordar problemas específicos derivados de la vida digital y la competición por la atención.
Concentrarse, jugar o leer son elementos absolutamente claves en nuestro desarrollo. Recuperar esas necesidades básicas no necesita prohibiciones, sino investigación, formación, tiempo de desconexión y acompañamiento.

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