Opinión
La imaginación en el poder
Por David Torres
Escritor
Por el tiempo en que descubrí el bonito slogan de “la imaginación al poder”, yo ya había leído a Lovecraft y a Poe, y barruntaba que la imaginación, así en crudo, no tenía por qué ser garantía de nada bueno. De América a Asia, pasando por África y Europa, el siglo XX presenta una asombrosa galería de dictadores omnímodos a quienes se les puede tachar de cualquier cosa excepto de poco imaginativos. Al lado de las mejores ocurrencias de algunos de ellos (Idi Amin, Pol Pot, Rafael Leónidas Trujillo), palidecen cualquier fantasía literaria y cualquier tenebrosa pesadilla.
Por ejemplo, el repelente tirano de El otoño del patriarca (una amalgama de diversos dictadores latinoamericanos) le pidió prestada a Trujillo la anécdota de declarar persona non grata al huracán que puso el país patas arriba. Pero cuando, inspirado en Duvalier, escribió sobre la furia perricida que le llevó a ordenar el exterminio de todos los chuchos de color negro (ante la creencia de que su principal enemigo se había reencarnado en uno), García Márquez no podía sospechar que unos años después Pol Pot iba a batir ampliamente aquella marca paranoica al decretar el arresto y posterior ejecución de cualquier camboyano que usara gafas.
Las revelaciones de Kenji Fujimoto, pseudónimo del ayudante, cocinero personal, edecán y correveidile de Kim Jong il forman una novela excesiva, delirante, apoteósica, que convierten el 1984 de Orwell en un manual de autoayuda. Una piscina subterránea forrada de oro, una videoteca pornográfica con más de 20.000 títulos, un ejército de jóvenes esclavas dispuestas a satisfacer cualquier capricho del amado líder, una brigada de expertos que supervisaba grano a grano el arroz que se comía. Si una décima parte de lo que cuenta Fujimoto es verdad, Kim Jong il era, en efecto, la imaginación misma sentada en su trono. Si es todo mentira, habría que darle, como mínimo, el premio Nobel de literatura.
En realidad, las extravagancias del líder coreano no van mucho más allá de las de algunos de sus colegas. Fujimoto cuenta que una vez su amo le envió a un Mac Donald’s de Pekín para probar el sabor de un Big Mac, pero el sha de Persia tenía un avión que todas las mañanas le traía los croasanes calentitos de su cafetería parisina favorita. En su alucinante libro sobre Reza Pahlevi, Kapuscinski relata, entre otras muchas barbaridades, que una vez compró una flota de cazabombarderos supersónicos a Estados Unidos pero, como carecía de pilotos adiestrados para manejarlos, se fueron pudriendo bajo el polvo y el sol en algún lugar del desierto iraní: una imagen que deja pequeña las mejores hipérboles de García Márquez. Antes de que se herrumbraran del todo, el sha usó los aviones de combate dispuestos en perfecta formación para hacerse fotos que luego circularon en postales y sellos.
Al igual que Kin Jong il, Saparmuarat Niyázov, dictador de Turkmenistán tras la caída del muro, todavía está esperando al novelista capaz de echarse su leyenda a hombros. Pobló el país de enormes estatuas de oro ataviadas con su chaqueta, su jeta de bestia parda y su rutilante flequillo, decretó un día nacional del melón, clausuró todos los hospitales fuera de la capital y escribió un libro sagrado, el Ruhnama, que además de explicar absolutamente todo, los niños turcomanos debían aprender en los colegios y los funcionarios saberse de carrerilla. Para no privar al resto del cosmos de tanta sabiduría, enviaron una copia del libro en un satélite espacial.
Con todo, tal vez el detalle más extravagante de cuantos he leído sobre sátrapas absurdos es el encaprichamiento de Gadaffi con Condoleezza Rice, de quien coleccionaba fotos y a la que se declaró varias veces por televisión, que ya hay que tener imaginación y ganas. La realidad no es que imite al arte, es que a veces se le va mucho la mano.
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