Opinión
Kubrick con los ojos cerrados
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Una de las teorías más fascinantes que vuelve a circular estos días es que Stanley Kubrick murió asesinado por haber revelado en su última película, Eyes Wide Shut, ciertas claves del funcionamiento de una todopoderosa sociedad secreta. En realidad, la teoría empezó a sonar poco después del repentino fallecimiento del director, ocurrido en marzo de 1999, dos días después de una proyección privada en su residencia de Childwickbury Manor, en Hertfordshire. Era demasiado vulgar atribuir el infarto de Kubrick al azar (más bien al agotamiento después de poner punto final a una película que le costó una persecución de un cuarto de siglo y varios años de trabajo) cuando con tanta facilidad podía establecerse una correlación entre lo sucedido dentro y fuera de la pantalla. Su muerte era el castigo ante la temeridad de haber mostrado al gran público el sancta sanctorum de una secta de millonarios depravados.
Tras la publicación del grueso de los archivos de Epstein, la teoría ha cobrado nuevos ímpetus después de localizar un fotograma donde, en una de las primeras tomas de la fiesta inicial, tras Nicole Kidman, aparecen la figura de un magnate canoso y una acompañante que bien podrían representar a Jeffrey Epstein y a su repulsiva ayudante, Ghislaine Maxwell. Puesto que Kubrick controlaba hasta el último detalle de sus películas con obsesión enfermiza, forzosamente el parecido entre esos dos figurantes y los dos criminales de altos vuelos no podía ser casual. Además, el hecho de que Tom Cruise, seguidor acérrimo de la Cienciología, fuese el protagonista de la cinta, no hace más que añadir leña al fuego.
Por fascinante que sea, me cuesta bastante tragarme esta teoría, no porque no crea que existan élites tan despiadas y omnipotentes como para cargarse a quien sea de la manera que sea, sino porque imagino que lo último que busca esa gente es publicidad. La muerte de Kubrick poco antes del estreno mundial de Eyes Wide Shut no hizo otra cosa que aumentar hasta el paroxismo la expectación mundial ante una película que no sólo era el testamento de un genio del cine sino una especie de estriptís espiritual de la pareja de estrellas del momento: Kidman y Cruise. Después de una larga serie de tanteos y proyectos fallidos, Kubrick había tardado once años en regresar a la gran pantalla, había muerto poco antes de darle los últimos retoques y todos esperaban una obra maestra definitiva. Algunos esperaban incluso pornografía de alto nivel.
Sin embargo, la decepción fue bastante grande al encontrarse con una obra hermética, casi gélida en su perfección, con un tratamiento cerebral del sexo y una trama de extrema ambigüedad. Eyes Wide Shut no fue el gran éxito de taquilla que la productora anhelaba, pese al reclamo de la pareja protagonista, y la crítica tampoco supo bien qué decir. A quienes sospechan que Kubrick pretendía cifrar una denuncia artística ante la impunidad de una élite degenerada (hay quienes afirman que, en la secuencia final, el matrimonio entrega a la niña en la juguetería como ofrenda para una bacanal) olvidan el sacrosanto horror que el director sentía ante los mensajes, las explicaciones y los significados obvios.
No, él prefería ofrecer sus películas como enigmas perfectos, repletos de sugerencias y contradicciones, hasta el punto de amputar una secuencia completa de El resplandor donde se subraya la lectura de que el personaje de Jack Nicholson es un padre maltratador. No dejó nunca de reírse ante la insistencia de Arthur C. Clarke (y de buena parte del público) al intentar desembrollar el simbolismo del monolito en 2001: una odisea del espacio. Podía haber respondido lo mismo que Buñuel cuando le preguntaban qué diablos había en la cajita que llevaba el cliente asiático en Belle de Jour: "Lo que usted quiera". Al igual que Mallarmé, creía que nombrar un objeto es suprimir tres cuartas partes del gozo de un poema. Para Kubrick, una explicación es sólo una forma estúpida y banal de destruir el embrujo del arte.
En su delicioso libro, Eyes Wide Open, Frederic Raphael narra la mezcla de angustia, placer, orgullo y frustración que suponía trabajar como guionista para un cineasta tan perfeccionista como Kubrick, una privilegiada tortura que compartieron, entre otros, Michael Herr, Gustav Hasford o Diane Johnson. A Raphael lo contrató para que adaptara al Nueva York de los noventa la Traumnovelle de Arthur Schintzler, un libro que le obsesionaba desde décadas atrás y cuyos derechos de adaptación había comprado en 1970. Cuando le pidió que investigara sobre cómo podían afrontar la secuencia de la orgía, Raphael le entregó un informe de varias páginas que relataba la formación de una sociedad secreta, los Libres, un grupo de políticos, magnates y millonarios pervertidos que se dedican a satisfacer toda clase de deseos inconfesables desde las atalayas de la impunidad y el poder. Kubrick, que pensaba que lo había sacado de algún contacto secreto en el FBI, se sorprendió bastante cuando Raphael confesó que se lo había inventado de cabo a rabo.
Resulta mucho más sugestiva, más plausible y más terrorífica la teoría de que Epstein, en realidad, era un peón del Mossad, que los miles de fotos y videos que guardaba con los repugnantes abusos a menores por parte de importantes líderes del mundo occidental, no eran más que un instrumento de chantaje a nivel internacional. De hecho, Robert Maxwell, el padre de Ghislaine, era un agente del Mossad que robó los fondos de pensiones de trabajadores de sus empresas para tapar un enorme agujero financiero y que murió en extrañas circunstancias al caer de un yate en aguas españolas. He ahí una historia que parece una película, aunque no precisamente de Stanley Kubrick.
Tampoco acabo de creérmela, pero la lectura que más me gusta de Eyes Wide Shut me la regaló un viejo amigo al que no veo desde hace muchos años. Para exponerla, hay que revisar el extraordinario documental de Jan Harlan, Stanley Kubrick: una vida en imágenes, donde, entre las manías y rarezas del gran director, aparecen dos detalles insólitos. Por un lado, las delirantes instrucciones que Kubrick entregaba a sus hijas cuando las dejaba solas: por ejemplo, más de veinte páginas consagradas sólo al cuidado de los gatos, con pormenorizadas indicaciones de qué había qué hacer si dos de ellos se peleaban. Por otro lado, su incomprensión y su tristeza al descubrir que un matrimonio de amigos íntimos se había separado: no dejaba de preguntarle a su mujer, Christiane, por qué lo habían hecho, si parecían hechos el uno para el otro y estaban tan bien juntos. Decía mi amigo que Eyes Wide Shut, con su tortuosa exploración de los celos, la culpa, la fantasía y el deseo, era, de algún modo, el manual de instrucciones de Kubrick para mantener viva la llama del amor en una pareja. "Hay algo muy importante que debemos hacer lo antes posible" dice Kidman al final de la película. "¿Qué?" pregunta Cruise. "Follar". Puede que a Kubrick le sirviera con los gatos, pero el matrimonio de Cruise y Kidman se rompió poco después.
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