Opinión
Memorias de un rey con loro rojigualda

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Los libros de memorias son un género muy difícil, ya que, salvo excepciones, se publican a una edad en que la memoria anda agujereada, desperdigada y cojitranca. Por esas razones -y por otras menos fisiológicas- los temas más apasionantes suelen quedarse en el tintero, en el cajón o en la papelera. En el caso de un personaje tan ilustre como el rey Juan Carlos I, también acaban en los archivos de los servicios secretos, en los chistes de taberna y en la punta de la lengua. Me imagino al periodista de Le Figaro, Charles Jaigu, mordiéndose la lengua, los labios, el cerebelo y los ganglios basales, todo con el fin de no preguntarle al ex monarca por esos asuntos comprometidos que han hecho de su vida unos puntos suspensivos, una moneda de dos caras, uno de esos euros fastuosos en los que decidimos estampar su perfil como símbolo mismo de España. No una moneda de dos caras, sino una tradicional, al estilo de las pesetas de Franco. La cara la lleva él y la cruz la llevamos nosotros.
Escritas junto a su biógrafa, la escritora Laurence Debray, el libro va a ver la luz en francés, quizá para hacer juego con el origen de la dinastía borbónica. Tampoco se esperan muchas sorpresas, empezando desde el mismo título, Reconciliación, un término muy bonito y muy español que alude a las guerras civiles entre hermanos; a que hay que perdonar incluso cuando no se pide perdón; a que me he equivocado, no volverá a ocurrir; y a que aquí paz y después gloria. La entrevista en Le Figaro resulta un excelente aperitivo de todo lo que no vamos a encontrar en el volumen y de todo lo que sí vamos a encontrar: el enésimo lavado y enjabonado de un jubilado de la corona que en las últimas décadas ha pasado de superhéroe democrático a ancianito achacoso que da mucha pena. Para que se hagan una idea, Juan Carlos dice que es el único español que no cobra pensión después de cuarenta años de servicio a su país. Y parece que lo dice completamente en serio, con dos borbones.
No es la única confesión que produce vergüenza ajena, ya que también se queja de que él regaló la libertad a los españoles instaurando la democracia, pero que, ahora que sus fieles le han dado la espalda, comprende que nunca ha sido libre. Joder, llega a serlo un poco más y tienen que resucitar a Nino Bravo. El bajo continuo de esta entrevista higiénica y palanganera (la hicieron en francés por algo) es el tono plañidero y quejica, atravesado por la nostalgia de España, un país al que echa tanto de menos que en su mansión de Abu Dabi mandó plantar unos olivos y hasta tiene un loro con una cresta roja y amarilla que le recuerda los colores de la bandera española. Vete a saber los tacos que dirá el loro y en qué idioma, pero lo de la cresta rojigualda es una metáfora que no se le ocurre ni a Larra.
Uno de los propósitos del libro, dice, es explicarles a los hijos y nietos de sus amigos -que no tienen la menor idea de Historia- quién era en realidad Franco y qué fue la Transición, para que tengan otras versiones aparte de las de Pío Moa, Santiago Abascal y Dani Desokupa. También les contará que durante el 23-F hubo tres golpes de Estado simultáneos, el de Tejero, el de Armada y el de varios cargos electos al franquismo, y que él no se enteró de ninguno, pese a que el general Alfonso Armada fue su preceptor desde 1954, su instructor militar, secretario general en la Casa Real y amigo íntimo hasta el día 24. La de veces que no habrá explicado el rey Juan Carlos cómo ocurrió exactamente la entrada de los guardias civiles armados en el Congreso y el paseo de las tanques por Valencia a las órdenes de Milans del Bosch, pese a que él no sabía nada de nada.
Entre las muchas hagiografías dedicadas a la figura del monarca, yo me leí entera la de José Luis de Vilallonga (El rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de España, 1993), más que nada por ver si el autor era capaz de aplicar el mismo método despiadado y la prosa extraordinaria que convierten sus cuatro tomos de memorias en uno de los mayores monumentos autobiográficos de la literatura española. Allí Vilallonga no tiene el menor pudor en relatar las burradas que decía su abuela sobre los pobres, el horror que sintió cuando su padre lo envió a fusilar vascos en plena guerra civil para que se hiciera un hombre o el fenomenal gatillazo que sufrió la primera noche que se acostó con Jeanne Moreau.
Por desgracia, ante el rey, Vilallonga cambia el papel de escritor por el de aristócrata, y el grande de España repite una y otra vez, como buen cortesano, todos los tópicos del juancarlismo. Hay muy pocos detalles que delatan al plumífero de raza: uno de ellos es el ratón que merodeaba entre las patas del sillón donde se sentaba Franco durante la primera entrevista con el dictador, cuando Juan Carlos todavía era un muchacho. Más que con un águila enhiesta, la historia reciente de España se entiende mucho mejor con un ratón y un loro. Sin embargo, Vilallonga no le pregunta ni una sola vez por el hermano al que pegó un tiro, las amantes de quita y pon, la joven actriz embarazada que se cayó de un balcón, los amigos banqueros que frecuentaban la Zarzuela y acabaron entre rejas. Con los secretos a voces del rey Juan Carlos podrían escribirse otros cuatro tomo de memorias desmemoriadas. Pero en qué estaría yo pensando.
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