Opinión
Mis flores son más bonitas

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Avenida Portugal, casi frente al Óskar Burger de Móstoles; brillos de carnaval en las calles del fondo, un viento que corta labios con la precisión de un vendimiador viejo. Sesenta personas esperan junto a la marquesina, son las ocho de la tarde y se impacientan; quieren llegar pronto a casa para besar al marido, enseñar al crío el fajo chico del día trabajado, fumarse un porrito en el cerramiento de la terraza antes de irse a dormir. Es carnaval y San Valentín, menuda coincidencia; los niños pasean cerca con trajes vistosos mientras los viajeros sujetan ramos de rosas o flores sueltas; las han cogido en Madrid, en los Madriles, y las llevan a sus pueblos de fuera del área metropolitana, lejos de aquel caos espantoso no mucho peor que su caos espantoso. Llevan las flores a Valmojado, Santa Cruz del Retamar, Portillo de Toledo, Fuensalida o Alcabón, donde sus amores los esperan con las cabezas cansaditas apoyadas en las marquesinas blancas de la Junta de Castilla La Mancha. Aquel día parece diferente, pero es igual: no saben si habrá plazas suficientes en el bus, desconocen si se quedarán en tierra o podrán volver a aquellos pueblos en los que viven a desgana.
Un hombre no espera al cerramiento y se enciende ya el porrito; dice que la cosa está jodida, que es un día especial en el que se juntan los trabajadores con los domingueros que han venido a Madrid a pasar el día, a pasear por el Retiro, a comer en el Ginos o incluso a follar, ja, ja, añade mientras vacila con su risilla temerosa por si mamá le escucha la guarrada. Que él ha comprado el billete por adelantado gracias a Dios y está tranquilo, pero menudo asco el bus al pueblo, no puedes fiarte ya de llevar el dinero justo o el bono recargado; que más de una vez se ha quedado en tierra por ir lleno y ha tenido que pillar uno de los de la Sepulvedana, que hacen una parada rápida en Santa Cruz antes de seguir hacia Talavera, y allí ha tenido que recorrer a las dos de la mañana diez kilómetros plagados de fincas con mastines de boca sucia hasta llegar a Fuensalida. Que si le pillaba un perro de esos no lo contaba.
Un chico joven tras él se caga, es la primera vez que va a Fuensalida – se ha mudado ahí su exmujer con su hijo – y pensaba que no habría problemas para montar en el bus de línea; lleva un ramo rojo protegido por un plastiquito transparente mitad para su hija y mitad para la madre, le leo en la mente. Dice que no lo entiende, que si el bus va lleno deberían poner más, pero el del porrillo le dice que no es así, que nunca lo ha sido, y que mucha gente se queda en tierra cuando hace el recorrido inverso a las seis de la mañana: todos trabajadores, dice, todos currelas que viven por obligación en pueblos colapsados y van a echar horas en el soterramiento del Paseo de Extremadura que multiplicará el precio de todos esos pisos de Campamento o Aluche en los que ya no podrán vivir.
Unas señoras que también llevan rosas rojas revolucionan el gallinero y dicen que aquello no puede ser, que en el bus montamos todos o no monta nadie; plantean una revolución, un enfrentamiento, y proponen que, si se llena y queda gente en tierra, los viajeros se planten frente al coche de línea y le impidan arrancar hasta que la empresa dé una solución, como poner un segundo coche. El chavalito joven del ramo protegido asiente con entusiasmo y coge la batuta de la revolución; dice que así se hará, que sabe de leyes y la empresa concesionaria tiene obligación de dar el servicio; está llenísimo de razón, de repente le salen michelines hasta en el pecho y agarra con mucha fuerza el ramo: sabe que su hija estará orgullosísimo de él, cree incluso que podrá reconquistar a su exmujer.
A las ocho y cuarto, el autobús aparece el fondo y el chaval recuerda el plan: o subimos todos o no arranca, aquí nadie se queda en tierra. El autobús para en la marquesina y la larga fila se inquieta; el conductor pide paso a los del billete anticipado, que llenan peligrosamente dos tercios de las localidades. Hay temblores y miradas en busca del chaval, que asiente firmemente con la cabeza. La cola sigue avanzando, están subiendo ya los del abono; el del porrillo anticipado mira con curiosidad por una de las ventanas. Suena el tintineo peligroso de los billetes electrónicos en la máquina de picar, hay cada vez menos localidades y el sudor de los apretujados viajeros empaña la luna delantera.
El chaval sube, es su turno. Plin, pica su billete. Y se acabó. El conductor informa lastimoso que no quedan plazas. El chaval mira hacia atrás: las señoras de los ramos le devuelven la mirada con esperanza y fe, como a los huevos de San Cucafato, pero el muchachillo solo hace un movimiento leve con sus hombros y camina hacia su asiento, el último libre, sin girarse ni una sola vez hacia las mujeres ni mirar la cola desde la ventana, donde están tan sorprendidos que nadie se atreve a ponerse frente al vehículo.
El chico busca con los ojos al del porrillo, que está en primera fila; necesita una excusa, un perdón. Y la tiene: Con el frío que hace, mi ramo no iba a aguantar así de bonito hasta mañana, dice.
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