Opinión
El mundo ante el vacío estratégico: el fin del START III

Por José Luis Centella Gómez
Presidente Partido Comunista de España
-Actualizado a
La expiración del tratado START III ha abierto una grieta profunda en la arquitectura internacional de seguridad. Esta expiración no es un mero trámite diplomático, ni un episodio técnico reservado a especialistas, es la desaparición del último dique que contenía, con mayor o menor eficacia, la expansión de los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia.
Con su final, el mundo se adentra, aún más, en una fase marcada por la incertidumbre, la erosión de las reglas en las relaciones internacionales y la reaparición de dinámicas que recuerdan a los momentos más tensos de los años treinta del S. XX, con el fracaso de la Sociedad de Naciones y el avance agresivo del nazifascismo, aunque en este momento con un escenario mucho más fragmentado y con más actores en juego.
Durante décadas, el control de armas nucleares funcionó como un mecanismo de estabilización. No eliminaba el riesgo, pero lo gestionaba. No garantizaba la paz, pero hacía menos probable la catástrofe. Hoy, sin embargo, ese andamiaje se ha desmoronado. Y lo ha hecho en un contexto en el que las tecnologías militares avanzan a un ritmo vertiginoso y la lógica de bloques vuelve a insinuarse en el horizonte.
El START III, firmado en 2010, limitaba el número de ojivas desplegadas y establecía mecanismos de verificación que permitían a Washington y Moscú saber qué hacía el otro.
Ese conocimiento mutuo, era la base de la estabilidad estratégica. Sin ella, el riesgo de malentendidos, errores de cálculo o interpretaciones erróneas se multiplica. La desaparición del tratado deja a las dos mayores potencias nucleares sin un marco que regule sus arsenales, justo en el momento en que ambas están inmersas en procesos de modernización que incluyen armas hipersónicas, vehículos de reentrada maniobrables y sistemas de mando y control cada vez más automatizados.
La desaparición del START III abre la puerta a varios escenarios inquietantes. El primero es una carrera armamentística acelerada. Sin límites verificables, las potencias pueden verse tentadas a expandir sus arsenales para garantizar su disuasión.
El segundo es un aumento del riesgo de errores de cálculo. La ausencia de mecanismos de verificación incrementa la probabilidad de malinterpretar movimientos militares o pruebas tecnológicas. El tercero es que terceros países pueden interpreten la situación como una señal de que el régimen de no proliferación ha desaparecido.
A todo ello se suma un factor nuevo, la integración de tecnologías emergentes, inteligencia artificial, sistemas autónomos, capacidades cibernéticas, en los sistemas de mando y control. Estas tecnologías introducen riesgos inéditos, desde fallos algorítmicos hasta ciberataques que podrían desencadenar respuestas no deseadas. El mundo se adentra así en una fase de incertidumbre estratégica que exige una reflexión profunda sobre los mecanismos de gobernanza global.
Dicho esta, hay que señalar que este vacío normativo no es un accidente. Es el resultado de una cadena de decisiones que se acelera con la presidencia de Donald Trump. Su retirada del Tratado INF, su salida del acuerdo nuclear con Irán y su falta de voluntad para renovar el START III responden a una visión del mundo en la que los acuerdos internacionales son vistos como obstáculos para imponer la ley de la fuerza.
Esta lógica, que prioriza la presión e incluso la agresión unilateral sobre cualquier otra norma, debilita los mecanismos que habían evitado crisis mayores durante décadas, dejando a la comunidad internacional sin un marco de referencia para gestionar el riesgo nuclear.
La política exterior de Donald Trump caracterizada, entre otras cuestiones, por tratar de romper con todas las reglas internacionales, con el objetivo de tener las manos libres para aplicar la presión unilateral, y tratar de imponer la ley del más fuerte, ha sido determinante para desmantelar este acuerdo de control de armas nucleares.
Esta situación provocada por Donald Trump está teniendo respuestas desde otras grandes potencias. Rusia, por su parte, ha combinado gestos de mano abierta a la negociación, con acelerar el desarrollo de sistemas estratégicos avanzados que alteran el equilibrio
Rusia ha reaccionado a la expiración del START III con un discurso que mezcla disposición al diálogo y afirmación de fuerza. Por un lado, el Kremlin insiste en que está dispuesto a negociar un nuevo acuerdo que tenga en cuenta las transformaciones tecnológicas y la aparición de nuevos actores. Por otro, continúa desarrollando sistemas avanzados que complican cualquier intento de establecer límites verificables.
La lógica rusa es comprensible solamente desde su perspectiva estratégica. El arsenal nuclear es uno de los pocos ámbitos en los que Moscú mantiene paridad con Washington. Su modernización no es solo una cuestión militar, sino también simbólica, un recordatorio de que Rusia sigue siendo una gran potencia, incluso si su peso económico y demográfico es menor que el de otras grandes potencias. Además, Moscú considera que la expansión de la OTAN y el desarrollo de sistemas antimisiles estadounidenses alteran el equilibrio estratégico, lo que refuerza su convicción de que necesita capacidades avanzadas para garantizar su seguridad.
Esta estrategia, aunque sea entendible, no deja de mantener la lógica de incrementar la tensión global propia de un estado de Guerra Fría. La combinación de gestos diplomáticos y avances tecnológicos genera una ambivalencia que dificulta la construcción de un nuevo marco de seguridad. Rusia quiere negociar, pero quiere negociar desde una posición de fuerza, lo que reactiva la carrera armamentista.
Por otra parte, en este sombrío panorama internacional, China, desde su creciente peso internacional, aparece como un actor dispuesto a promover un diálogo efectivo que supere la mentalidad de Guerra Fría y frene la carrera armamentística, antes de que sea demasiado tarde.
Aun cuando el arsenal nuclear de China es mucho menor que el de Estados Unidos o Rusia y Pekín podría tener interés en incrementar su capacidad militar hasta equipararse con las otras grandes potencias nucleares, la verdad es que China insiste en que su objetivo no es entrar en una carrera armamentística, sino evitarla.
El presidente chino ha reiterado en múltiples Foros Internacionales que la humanidad no puede permitirse un retorno a la lógica de bloques, ni una escalada nuclear que ponga en riesgo la estabilidad global. China propone un diálogo entre las grandes potencias, un compromiso para frenar la expansión de los arsenales militares y una revisión profunda de los mecanismos de verificación que permitan reconstruir la confianza.
Pekín ha planteado en las Naciones Unidas que enfrentar los problemas de hambre y miseria que sufren millones de personas, depende en gran medida de conseguir un entorno internacional estable, frenando una carrera armamentística que desvía recursos y genera tensiones, para poder construir un nuevo marco de seguridad que incluya a toda la comunidad internacional.
Desde esta perspectiva, la pregunta que debería plantearse hoy es simple y brutal: ¿Asumimos, sin dar una respuesta, que estamos entrando en una nueva etapa sin reglas en las relaciones internacionales, también en lo referente al armamento nuclear? Porque si no se frena esta dinámica y se revierte el actual estado de cosas, nos surge otra pregunta ¿Hasta donde puede llevarnos esta situación?
Preguntas que hoy no tienen respuesta clara, aunque podría servirnos de base, para su contestación, recordar hasta donde nos llevó la política de apaciguamiento que se siguió con Hitler y de mirar hacia otro lado, mientras no nos tocase la agresión a nosotros.
Lo que si está claro es que la humanidad necesita reconstruir un marco de seguridad que frene la escalada militarista.
En la persecución de este objetivo, es imprescindible conformar un bloque político y social que acumule fuerza suficiente para presionar de manera que las grandes potencias recuperen la voluntad política de cooperar, pero para ello tenemos que ser conscientes de que es imprescindible ganar la batalla frente al nazifascismo que hoy representan Trump y sus aliados.
Solamente, ganando esta batalla se podrá abrir camino la posibilidad de establecer mecanismos de verificación robustos que generen confianza y frenen ese modelo de relaciones internacionales sin reglas que trata de aplicar Trump.
Al mismo tiempo, es necesario ampliar la participación en cualquier negociación a potencias emergentes, sobre todo a China, cuyo papel será decisivo en cualquier acuerdo futuro y es fundamental revisar el impacto de las nuevas tecnologías en la estabilidad estratégica.
En definitiva, la finalización del START III nos acerca a un punto crítico de la historia y debe provocar una reacción que no repita los errores del pasado, también en este ámbito hay que frenar el avance agresivo del fascismo antes de que sea demasiado tarde.


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