Opinión
Objetivo, taurinizar a la infancia

Periodista y Doctor en Historia Contemporánea y autor de ‘Pan y toros’ y ‘Antitauropedia’
Durante siglos, la tauromaquia ha tenido un objetivo muy claro: taurinizar a la infancia. La cosa es muy básica, pero efectiva. Así como la Iglesia adoctrina a los menores desde edades muy tempranas para asegurarse de que sus fantasiosas historietas llenas de incongruencias penetren en las mentes infantiles como un cuchillo en la mantequilla, la tauromaquia, siguiendo esta misma estrategia, lleva siglos adoctrinando, taurinizando, a los menores, inoculando el veneno taurino en mentes que, estando todavía en formación, apenas tienen capacidad para criticar el bárbaro espectáculo. Y, al acudir a las plazas de la mano de abuelos y padres, se integran rápidamente en la violencia taurina, normalizándola, aunque sólo sea para no sentir el rechazo de sus mayores.
Esto es así desde hace cientos de años. Y, en la actualidad, la taurinización de la infancia continúa. El lobby taurino sabe que, adoctrinando a niños y niñas desde edades muy tempranas, se asegura la pervivencia de los espectáculos taurinos. Recientemente el Govern balear, con el PP al frente y apoyado por VOX, ha legislado para permitir el acceso de menores a las plazas de toros. Y otro tanto sucede en numerosas comunidades. La infancia, que debe ser protegida, es expuesta a la vileza de la tauromaquia por puro egoísmo, sin caer en la cuenta del daño que las bárbaras escenas de la tauromaquia pueden causar en mentes todavía en proceso de maduración.
Pero, como digo, esto viene de muy atrás. Analicemos, pues, la perspectiva histórica. Desde hace siglos grandes personajes de nuestra cultura ya criticaron, cada uno en su tiempo, la taurinización de la infancia. Por ejemplo, en el siglo XVIII, el escritor y periodista ilustrado canario Clavijo y Fajardo denuncia que, desde muy pequeños, los españoles se acostumbran a las violentas escenas de las corridas con los caballos desangrados, los toros muertos y los toreros heridos: «Familiarizados nuestros ojos y oídos desde la infancia, recibimos con indiferencia, y aun con risa estas impresiones, y no llegamos a internarnos en el justo horror […]» que supone la tauromaquia.
A los menores se les introduce cuanto antes en la crudeza de la tauromaquia para que asuman como normal la muerte de un animal o la cogida de un torero, e incluso para que, con el tiempo, se puedan llegar a reír con ello, como denuncia Fajardo. Esta es la mejor definición que existe para hablar de la taurinización de la infancia.
Otro ilustrado, el jurista granadino Francisco de Bruna y Ahumada, opina de una manera muy similar. Para este catedrático, las corridas de toros suponen una «ciega inclinación de los españoles, [que se transmite] de padres e hijos». Asimismo, considera que si los espectáculos taurinos persisten es, precisamente, porque los menores, desde muy niños, «no oyen hablar de otra cosa; sus padres los llevan siempre a verlos; el primer juego que aprenden es el de los toros […]; y estas impresiones jamás se les borraban».
Y otro gran representante de la Ilustración española del XVIII, José Cadalso, en sus Cartas marruecas se pregunta: ¿Qué se puede esperar de personas que «pagan dinero por ver derramar sangre»? ¿Y de un país que “educa” a su infancia asistiendo a este tipo de diversiones?, ¿qué se puede esperar? El espectáculo taurino, que —sostiene este autor— «suele causar desmayos a hombres de mucho valor la primera vez que asisten a él», es presentado como algo normal ante la vulnerable mente de un niño. He ahí el problema: se adoctrina a los niños y niñas en la barbarie inoculándoles el virus tauromáquico con la intención de que, cuanto antes, normalicen la violencia de estas costumbres.
Por su parte, ya en el siglo XIX, el escritor y periodista José Carlos Bruna (nada que ver con el anteriormente citado Francisco de Bruna), que nació en Cádiz en 1840 y que, entre otros méritos, llegó a ser cónsul de Italia en Málaga, reclamó abiertamente que se impidiera el acceso a los menores a las corridas porque, sostiene, «ya que no a las personas mayores, porque en ellas el criterio, malo o bueno, está formado, prohíbase, al menos, que a las corridas de toros concurran niños y niñas. ¿No se ha conceptuado un bien la enseñanza obligatoria? Pues impóngase la ausencia obligatoria de los niños a ese inculto espectáculo». Frente a educar a la infancia en la violencia y en la cosificación de los animales, ¿no sería mejor formarla en valores humanísticos? Bruna lo tiene muy claro, y cualquier persona con dos dedos de frente también.
Un último ejemplo más. El escritor y político valenciano Vicente Blasco Ibáñez, a este mismo respecto, denuncia: «Nos enseñaron de pequeños que [las corridas de toros] son muy divertidas, y lo repetimos como una verdad indiscutible, para que lo repitan luego nuestros hijos. Ningún español ha podido formarse un concepto propio y racional de esta fiesta. Muy pocos recuerdan cuándo vieron la primera corrida. Nos llevan a los toros muchas veces antes de saber hablar». El autor de Cañas y barro o Sangre y arena denuncia que la estrategia de la tauromaquia consiste en llevar a los niños y niñas a las plazas de toros a muy temprana edad para que se habitúen cuanto antes a las crueles escenas que se dan en el coso de modo que, cuando estos niños y niñas tengan una edad suficiente como para desarrollar un pensamiento crítico, la tauromaquia, extendida ya en sus mentes y en sus corazones como una toxina, queda a salvo de todo cuestionamiento.
Quizás ahora se entienda un poco mejor por qué estas costumbres están tan arraigadas en el pueblo español, si lo que están haciendo es adoctrinar, generación tras generación, a niños y a niñas. Los menores no eligen, la tauromaquia se les implanta como un maligno chip en el cerebro. Y así se perpetúa la 'fiesta'.
Además de los ya citados, podríamos hablar de José Gutiérrez Solana, Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), José de Navarrete o Alejandro Oliván y Borruel. Todos y todas criticaron el adoctrinamiento taurino de nuestros hijos e hijas. De hecho, la cosa era tan grave que en diciembre de 1929 se aprobó un Real Decreto mediante el cual se prohibía la asistencia de los menores de catorce años a las corridas de toros y a los combates de boxeo. El tenor literal de aquella ley advertía de que, con esta medida, se trataba de impedir que, en las mentes todavía en formación de niños y niñas de muy corta edad, las violentas escenas taurinas dejaran una impronta indeleble y tan terrible que podría llegar a tener graves consecuencias en los menores a medida que estos fueran desarrollándose, suponiendo una amenaza no solo para ellos mismos, sino también para el conjunto de la sociedad.
Pero hay más. La intrahistoria de esta ley evidencia la fuerza del lobby taurino en España. Aquel Real Decreto de 1929 estuvo vigente hasta 1992, cuando el entonces ministro del Interior socialista, José Luis Corcuera (sí, del PSOE), lo derogó de la noche a la mañana sin dar ninguna explicación, permitiendo que los menores de edad pudieran acceder a los espectáculos tauromáquicos. Años después, Corcuera recibió un importante galardón taurino «Como personaje destacado por su defensa de la Fiesta de los toros». Qué casualidad ¿no? Pues no. De casualidad nada. La tauromaquia ha recibido y sigue recibiendo un trato de favor desde las instituciones públicas españolas. Y yo me pregunto hasta cuándo lo vamos a permitir.
Como digo, hoy en día en algunas Comunidades Autónomas los menores no solo son llevados legalmente y con total libertad a las corridas de toros, sino que son los propios gobiernos autonómicos, las diputaciones o los municipios (con dinero público, con nuestro dinero) los que, directamente, introducen la tauromaquia en las aulas. Se organizan corridas, tientas y capeas para la infancia, se llevan a cabo talleres para confeccionar banderillas, se celebran encierros con toros hinchables... La tauromaquia es vendida a la infancia como un juego inocente, cuando no tiene absolutamente nada de juego, ni mucho menos de inocencia.
Uno de los "argumentos" que desde la derecha y la extrema derecha utilizan para defender que los niños puedan acceder a la tauromaquia desde edades muy tempranas se basa, dicen, en que estamos sobreprotegiendo a los menores y en que vivimos en una sociedad infantilizada. Lo que más llama la atención es que, mientras a los niños y niñas se les dice, entre otras muchas cosas, que los Reyes Magos existen, o que Papá Noel existe, con el ánimo de preservar su ilusión, su infancia y su inocencia, al mismo tiempo se les inyecte sin ningún pudor la ponzoña de la tauromaquia, que es una aberración social y cultural.
Además, si se trata de no "infantilizar" a la infancia, ¿por qué no ponemos a los menores a trabajar en las fábricas?, ¿por qué no recuperamos aquellas bellas tradiciones espartanas, que aniquilaban de un plumazo la infancia como si fuera una enfermedad? Es de locos. La infancia debe preservarse a toda costa. Pero la España Negra a lo suyo: mientras las películas o series son catalogadas por edades, mientras se preserva la inocencia y la ilusión de los menores (sobre todo desde sectores conservadores) por ejemplo con el tema de los Reyes Magos, y mientras se protege a las vulnerables mentes de la infancia frente a determinados estímulos, ellos los llevan a los espectáculos taurinos. ¿Qué puede salir mal? Es una aberración. Una vergüenza que consolida la triste imagen internacional de nuestro país como una nación de bárbaros. Como decía Cadalso, ¿qué se puede esperar de un país que educa a sus hijos e hijas en la violencia?
La infancia debe ser protegida frente a estímulos violentos y sanguinarios. Esto lo dice la Ciencia, la ONU y hasta el Papa de Roma pero, sobre todo, lo dicta el sentido común. ¿No sería mejor educar a niños y niñas en valores humanos, de solidaridad, de empatía, de civismo o de compasión? Ah no, calla, que eso provocaría sociedades humanizadas o "infantilizadas", como dicen los de PP y VOX (y algunos y algunas del PSOE), quienes, al parecer, preferirían una sociedad de bárbaros, tal vez a imagen y semejanza de ellos mismos. No tenemos remedio o, mejor dicho, ellos no tienen remedio.
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